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| 1/31/2000 12:00:00 AM

Un pintor versátil

Alvaro Medina, curador del Museo de Arte Moderno de Bogotá, hace una semblanza del pintor Sergio Trujillo Magnenat, un artista polifacético recientemente fallecido.

Cordialidad, sentido del goce y elegancia podrían ser tres de los muchos atributos que distinguieron a Sergio Trujillo Magnenat, el pintor nacido en Manzanares, Caldas, que acaba de fallecer en Bogotá a los 88 años de edad. Compañero de Germán Arciniegas en más de una aventura intelectual de alto vuelo, la desaparición de estas dos personalidades en cuestión de pocos días es significativa ya que los dos participaron, cada uno en su terreno, en el vuelco que sacó a Colombia de un ochocentismo empecinado que de muchas maneras sobrevive para llevarnos a una dinámica de orientación y sabor novecentistas.

Los colombianos no somos fuertes en historia porque preferimos suspirar alegres en la tierra del olvido, así que me parece necesario recordar ahora que en los años 20 se incubó un movimiento cultural renovador que ya en los años 30 dio frutos bastante magros, pero frutos al fin y al cabo.

Entonces accedió al poder con el Partido Liberal una juventud untada de modernidad que despertó agudos celos y recelos, entre otros del jefe de la oposición política, el conservador Laureano Gómez. Si Germán Arciniegas fue el escritor que, guiado al principio por el pensamiento de José Carlos Mariátegui, templó la idea de un continente con muchas cosas en común a pesar de las diferencias regionales, Sergio Trujillo Magnenat fue el responsable de convertir la idea en vibrantes imágenes.

Ambos trabajaron juntos en dos ocasiones memorables. La primera hacia finales de los años 30, cuando Arciniegas dirigió ‘Lecturas Dominicales’ de El Tiempo, cuyas páginas fueron ilustradas por Trujillo Magnenat y por sus contemporáneos Ignacio Gómez Jaramillo y Gonzalo Ariza. La segunda experiencia se produjo en los años 40, cuando Eduardo Santos fundó esa revista formidable que fue América, dirigida también por Arciniegas, cuyo título era una declaración de fe en nosotros mismos. Por decenas, las carátulas de América estuvieron a cargo del recién desaparecido pintor.

Realizados entre 1934 y 1940, los mejores cuadros de Trujillo Magnenat son ilustrativos en el mejor sentido del término. De figuras alargadas y acentuados contrastes de luces y sombras, dos características del art deco que el artista asimiló y manejó con sofisticación, hay pinturas como la titulada Muerte y doncella (1936) que pueden ser consideradas entre las obras más interesantes de la pintura colombiana de todo el siglo XX. De conmovedora y dramática belleza, este óleo sobre lienzo revela al dibujante preciso y espontáneo que críticos e historiadores han reconocido como uno de los más puros de nuestra historia.

Fue la asidua práctica del dibujo la que le dio su sello personal a este versátil artista, dedicado por igual al diseño de muebles que a la fotografía, al grabado que a la cerámica escultórica, al mural que al diseño gráfico. En esta última disciplina dejó huella perdurable. Las mejores páginas de la famosa Revista de las Indias fueron concebidas y realizadas por él con ojo certero, así como las de la revista infantil Rin Rin, dos publicaciones que el Ministerio de Educación Nacional patrocinó entre 1936 y 1938.

El aéreo trazo de Trujillo Magnenat le dio carácter visual a libros de León de Greiff y Eduardo Carranza que hoy buscan con avidez los bibliómanos, así como a la primera serie de carteles realmente profesionales que se imprimieron entre nosotros, dibujados con motivo de los Juegos Bolivarianos realizados en Bogotá en 1938. La dispersión minó la producción del pintor pero alimentó la fértil imaginación de quien tal vez será recordado como el padre del diseño gráfico colombiano.

Sergio Trujillo Magnenat era lector de poesía, bebedor de buen whisky y un magnífico ejemplar de eso que en su juventud denominaban “un gentleman”. Su pasión por la literatura francesa, idioma que heredó de su madre, era proverbial. En los altos de Chapinero construyó una casa art deco que resumía con sus muebles y cuadros el temperamento de quien se entregó de lleno al culto de esa diosa cambiante y fugaz que llamamos Belleza.
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