Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1983/04/18 00:00

UN PODER CASI OLVIDADO

Los cuentos de Maupassant a pesar de las críticas, le dieron un lugar en la literatura universal.

UN PODER CASI OLVIDADO

Guy de Maupassant, El Cordel y otros cuentos. De la gran literatura, Siglo XXI, 183 páginas.
De una fecundidad abrumadora, Guy de Maupassant (1850-1893), dejó después de once años de trabajo y antes de quedar minado por completo por la locura, una obra que además de un tomo de poesía, consta de varias comedias, tres libros de viaje, siete novelas y más de doscientos cincuenta cuentos. Aunque escribía desde muy joven malos versos, su verdadera carrera literaria se inició tardíamente, en 1880, con la publicación de "Bola de Sebo", mordaz relato sobre la guerra.
Este relato constituyó su contribución para el volumen antológico "Les soirées de Médan' en el cual participaron, también, Zolá, Céard, Huysmans y otros. Amigo y protegido de Flaubert, en casa de éste conoció a los que fueron sus contemporáneos: Zolá, Turgueniev, Daudet, los hermanos Goncourt, Henry James, entre otros. En algunos, como en James, conquistó la admiración; en los hermanos Goncourt sólo resentimiento.
Curiosamente, Maupassant se vanagloriaba de algunas de sus novelas. Pero fueron sus cuentos, los relatos que visiblemente desdeñaba, los que le aseguraron un prominente lugar en el panorama de la literatura universal, no sólo francesa. Y son también esos cuentos, a pesar de las críticas y reparos que pueda suscitar la repetición de anécdotas, la utilización descuidada del lenguaje, el abuso de ciertas anécdotas, los que conforman un variado y ejemplar modelo para los cultivadores del género.
"El cordel y otros cuentos", el volumen que Siglo XXI ha incorporado a su colección De la gran literatura, consta de dieciseis relatos, quince de ellos breves, concisos, apretados . El otro, a pesar de ser uno de los más famosos, "La casa Tellier", disuelve la anécdota en una prolongación innecesaria de sus páginas.
Pero los quince restantes, indudablemente se encuentran entre lo mejor de Maupassant. En ellos se revela el escritor que con su maestria y su talento hizo del cuento un género excepcional.
Maupassant, eso no se discute, no fue un estilista; pero no es esa tampoco condición indispensable para ser un artista. El es ante todo un narrador, un contador de historias que, como lo señala Silvina Bullrich, domina como ninguno el tiempo del relato: "Una de las grandes cualidades de este cuentista es el tiempo del relato. No se demora ni se apresura; su marcha es la del lector". Y esto último es particularmente cierto. En sus cuentos cortos, en aquellos relatos que poseen una brevedad casi sobrecogedora, la narración está perfectamente ajustada a la anécdota, en una forma tal que el lector, una vez transcurridas las primeras líneas, está totalmente imbuido del acontecer. Al punto que ambos tiempos, el del lector y el de la anécdota, son uno solo.
Otro aspecto llamativo de sus cuentos son sus comienzos. Casi nunca sus relatos se inician con preámbulos que pretenden allanar la actitud del lector, preocupado por la verosimilitud de la anécdota. Esa duda, que tanto asalta a otros narradores y los obliga a dedicar palabras persuasivas al incrédulo lector, aquí está desterrada. Sus cuentos son tan realistas, tan descarnados y brutales --a veces-- que la narración se inicia de lleno en la anécdota misma.
Decididamente, releer a Maupassant o descubrirlo en estos relatos constituye un placer casi olvidado. Un placer que reconcilia al lector con un género tan profesado pero, al mismo tiempo, tan esquivo para cualquier escritor.
Basta con leer relatos como "De viaje", "Dos amigos", "Una vendetta", "En el agua" o "Naufragio", para quedar convencido de lo anterior.
Conrado Zuluaga 0.

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