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| 7/7/1997 12:00:00 AM

UN POLACO EN AMERICA

'Trasatlántico', la célebre novela de Witold Gombrowicz,se estrena ahora en una acertada versión teatral.

El 29 de agosto de 1939 un joven escritor polaco llegó a Buenos Aires (Argentina) en un crucero turístico al que fue invitado. Eran tiempos en los que el mundo entero estaba detenido en un paréntesis de silencios cargados que no tardarían en estallar en la guerra. Pero el escritor no huía ni perseguía la imagen de una América idílica para aplacar las oscuridades de la historia. Sin embargo decidió anclar en el nuevo continente, tal vez sólo para quitarse de sus hombros la fatalidad de un nombre propio, de unas fronteras impuestas, de una gramática cuadrada, de un Dios único y verdadero. El joven era Witold Gombrowicz, el gran escritor polaco. Partiendo de estas experiencias personales Gombrowicz escribió la novela Trasatlántico, que acaba de ser adaptada al teatro por el director polaco Pavel Nowicki y estará en el Camarín del Carmen hasta el 21 de junio.Esta versión plantea una experiencia interesante: es la visión de un polaco sobre un país latinoamericano retomada por un director también polaco que, sin embargo, trabaja con actores colombianos. El resultado es un montaje sobrio, minimalista y elegante en el que la palpitante prosa de Gombrowicz tiene su traducción en un febril ritmo corporal que atraviesa la pieza de punta punta. El protagonista, llamado Witold G., sin ser el mismo escritor sí se presenta como un alter ego suyo en el que se pueden reconocer su pasión y su deseo de despojarse de Dios, patria y religión.La obra comienza con el arribo del joven a Argentina, la llegada a la embajada de su país, el reconocimiento de la colonia polaca, pero esta anécdota termina diluyéndose en un universo grotesco alejado de referentes reales. El espacio de acción es un ring en el que el protagonista (interpretado por Robinson Díaz) se coloca a un lado, mientras del otro está un contrincante de varias cabezas compuesto por personajes altos, pequeños, bajitos, pervertidos, absurdos o inocentes. Entre ellos las palabras funcionarán sólo como golpes físicos pero nunca como monedas de intercambio. Así Witold G. se erige como un antihéroe posmoderno enfrentado al vacío de las formas sociales, intelectuales, afectivas; en medio de la multitud, la palabrería, las leyes y los buenos modales. Witold G. empieza y termina hablando solo sin lograr nunca establecer algún tipo de diálogo con un entorno que absurdamente sigue fabricando códigos de honor en un mundo harapiento lleno de alcohólicos, homosexuales y burócratas que hace mucho olvidaron en dónde estaban y para dónde iban. Esta tragedia nunca se trata en un tono grandilocuente sino con un corrosivo humor negro que rompe cualquier ilusión de moraleja. No es un tema original, al contrario, es casi que el leit motiv del teatro del absurdo con el que Gombrowicz odiaba ser comparado, pero sí lo es la visión de este autor que se nutrió del mismo mundo ciego, sordo y mudo de Ionesco, Beckett e incluso Kafka. Nowicki traduce con tacto los colores y ritmos de la novela a la versión teatral, logrando además que las actuaciones de las figuras de la televisión de este montaje se reconcilien con la escena en propuestas verdaderamente teatrales. Pero lo más destacable es la fineza de la puesta en escena, en la cual la mano del director vuelve a reconocerse en su austeridad y precisión. Es una obra inteligente para ver, pensar y disfrutar que demuestra una vez más el vigor del teatro contemporáneo colombiano.
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