Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1995/05/01 00:00

¿UN PROBLEMA DE ALCOBA?

En artìculo exclusivo para SEMANA, la escritora Marìa Mercedes Carranza tercia en la discusiòn sobre el Ministerio de Cultura y pide que el debate gane màs altura

¿UN PROBLEMA DE ALCOBA?

COLOMBIA ES UN PAIS DE ciegos y de sordos, pero de mudos, nada. Aquí la gente opina sin oír ni enterarse de los argumentos de los otros. Por eso tengo el atrevimiento de iniciar esta crónica informando que, en el debate que se ha suscitado en el último año en torno al ministerio de la Cultura, fui yo la primera persona en advertir públicamente que, en caso de que se creara un nuevo ente estatal del sector, era absolutamente necesario que éste tuviera un espíritu descentralista, de acuerdo con la Constitución del 91, y que debía evitarse a toda costa la injerencia en su gestión de los imperativos políticos y partidistas. Lo hice en la ponencia que leí en el foro que la campaña del candidato Ernesto Samper realizó en Barranquilla en mayo de 1994, ponencia que fue publicada en 'Lecturas Dominicales' de El Tiempo, el día 22 de ese mismo mes.
De ahí en adelante no me he pronunciado sobre el tema. Y no lo he hecho porque me resulta imposible opinar sobre algo que no conozco. En efecto, sòlo podrà decirse si el ministerio de la Cultura va a ser un organismo positivo o nefasto para el sector, cuando se sepa cuáles son su estructura, su organización, sus competencias y las políticas y propuestas culturales que lo fundamentan. Porque este tipo de entes no son buenos o malos en sí o porque sí, lo son según su concepción.
Si lo que va a salir del Congreso es una colcha de retazos para contentar aquí y allá, o un monstruo burocrático de 10.000 tentáculos, sin fórmulas que distribuyan las competencias entre el poder central y el poder regional y sin políticas que permitan la descentralización en la toma de decisiones y en la distribución de recursos, será una verguenza y un fracaso total. Ahora bien, si el Congreso es capaz de dar forma en una ley a la cuestión de fondo que gira en torno a todo este asunto, bienvenido sea el ministerio. Esa cuestión de fondo se resume en un planteamiento muy complejo, pero simple de enunciar: la manera como debe intervenir el Estado en el campo cultural en un régimen democrático

TODO NOS LLEGA TARDE...
La verdad es que la discursión sobre este tema se inició en América Latina hace ya dos décadas. Sociólogos, intelectuales, artistas, gestores culturales, políticos y científicos sociales de los distintos países de la región, han venido estudiando y debatiendo los fundamentos conceptuales de la acción cultural pública. Sobre ello existe ya una abundante bibliografía, la cual esperamos que esté siendo examinada exhaustivamente por los encargados de trabajar y dar forma al proyecto que cursa en el Congreso.
En Colombia, siempre a la zaga en todo, ese debate comenzó hace menos de un año, a raíz de la propuesta del candidato Samper de crear el ministerio. Era algo que tarde o temprano debía darse: se ha dado tarde y por eso es mucha la ventaja que nos llevan en los otros países de América Latina. Esa ventaja se advierte en la índole y en la calidad de las discusiones públicas.
En esas otras latitudes ya se ha entendido que el desarrollo cultural debe tomarse como un todo, al lado de los desarrollos económico y social; que la cultura no puede reducirse a una tarea marginal de las elites o a la iniciativa caótica de la empresa privada; que por ello debe existir una política pública que propicie el acceso democrático al conocimiento, creación y goce de los bienes culturales; que, en fin, una política cultural es aquella que integra y armoniza la acción estatal con las acciones de las instituciones privadas y comunitarias para satisfacer las necesidades culturales de la mayoría, con miras a una transformación social.

DEBATE LAMENTABLE
Como en Colombia estamos todavía en pañales, el debate se da en los niveles más lamentables. Se salva Gabriel García Márquez y sólo en sus declaraciones recientes a SEMANA, donde hace planteamientos serios, con los cuales se puede discrepar o estar de acuerdo. Porque, como es apenas obvio, está bien que haya quienes defiendan la creación del ministerio y está bien que haya quienes la ataquen; está aún mejor que se argumente en contra y a favor. Lo que sorprende es la forma como se ha hecho. En primer lugar, no hemos sido capaces de distinguir la diferencia entre políticas culturales y ordenamiento burocrático: creemos todavía que todo se reduce a esto último y de ahí la vacuidad de tantos pronunciamientos.
En segundo lugar, ha sido claro que quienes se han cerrado a la banda contra cualquier acción diferente a dejar las cosas como están, son personajes de la elite económica (Enrique Santos Calderón, por ejemplo), la cual siempre por principio es conservadora en el sentido más amplio del término; y, en este caso, también la elite cultural (Rafael Puyana, por ejemplo), la cual considera que, como ella tiene acceso a las editoriales, a las salas de conciertos, a los medios de estudio y, en suma, el usufructo de los bienes culturales y a los centros de poder para la difusión de sus propias obras y trabajos, el resto de la población, si quiere, también puede tenerlo.
De ahí la falacia, la ignorancia o la ingenuidad de los argumentos que se han sacado a relucir. Se ha aseverado que la existencia de un García Márquez, un Botero o un Puyana prueba que para que aparezcan los creadores, no se necesita ministerio. Ello equivale a decir que como existen un Patarroyo, un Llinás y un Hakim no se necesita Ministerio de Salud. ¿Acaso las políticas de salud y de cultura consisten en 'crear' creadores y científicos? Una política cultural, ya lo dije atrás, debe buscar ante todo corregir las desigualdades en el conocimiento, apropiación y disfrute de los bienes culturales, eliminando la elitización de las prácticas culturales y armonizando las iniciativas estatales, privadas y comunitarias.

CHISMOGRAFIA A LA LATA
Se ha alegado que como en el país el 25 por ciento de la población es analfabeta, para qué pensar en cultura: ya hablé también de las actuales concepciones de la cultura como una totalidad al lado de los desarrollos sociales y económicos. Pero agrego una anécdota que prueba la tontería de tales argumentos: cuando el señor Gutenberg inventó la imprenta abundaron los pronósticos acerca del fracaso seguro de esa máquina... porque muy pocos sabían leer. Pregunto ademàs: si esa es su posiciòn, ¿para quién y para qué escribe y publica versos y cuentos Nicolás Suescún, responsable de la peregrina objeción?
Hay que decir también que, entre esa elite cultural que se ha opuesto a que se planteen nuevas alternativas para el desarrollo cultural, han influido en forma decisiva las consejas y los chismes sobre los posibles futuros ministros, al punto de que, sobre tema tan importante, muchos han tenido en consideración para opinar el hecho de si les gusta o no el candidato que suena. Y ha habido casos en que las opiniones de algunos -como Oscar Collazos- han cambiado, porque el sonajero del momento pone a circular un candidato amigo o favorecedor de sus intereses.
Pero no me he referido aún a lo más lamentable. Enrique Santos Calderón, en su columna de El Tiempo publicada el pasado 26 de marzo, respalda su oposición al ministerio trayendo a cuento "demoledores paralelos.. con los ministerios culturales de Franco, Stalin o Hitler". No creo que se trate de un caso de mala fe, sino de ignorancia, pues como se sabe bien ni Franco ni Hitler ni Stalin tuvieron ministerios de Cultura. Sin embargo, pregunto: ¿por qué se limitó a citar tres ministerios que no existieron y se olvidó de tantos que existen, como los de Holanda, Dinamarca, Italia, Francia, España, Honduras, Cuba, Indonesia, Bulgaria, Austria, para enumerar sólo unos pocos? ¡Ah! y olvidaba a Alemania, donde existen tantos ministerios como regiones hay, pues no cuenta con un único ente central. Sobre el tema del dirigismo cultural, como argumento para que no se establezca una política pública, vale la pena anotar que, en ese sentido, el trabajo de un ministerio es impulsar la voluntad gubernamental hacia la cultura y mal podría darse el dirigismo en un règimen que se considera democrático. Tan es así, que la dictadura de Fidel Castro, que ha tenido políticas culturales tan ricas y ha propiciado en forma radical una redistribución equitativa de los bienes culturales, no ha eludido en ese terreno la injerencia de los intereses y dictados políticos del régimen.

¿PROBLEMA DE ALCOBA?
El debate se ha rebajado a niveles tan ordinarios, que el mismo Santos Calderón descalificó la iniciativa gubernamental, achacándola a un problema de alcoba entre el Presidente de la República y la Primera Dama, con los siguientes términos: "... la iniciativa naciò de la Primera Dama. Y ningun jefe de Estado quiere sumarle a la de por sì polémica tarea de gobernar a esta Locombia la nuestra, el ingrediente -este si desgastador- de la disidencia en el frente doméstico". Hay que agregar que la propia ponente del proyecto, la representante María Isabel Mejía, también ha contribuido de manera lamentable a situar la discusión en un terreno de muy baja envergadura intelectual, al responder a los argumentos de García Márquez con una aseveración ridícula y destemplada. Esperamos que esto no sea un indicio de la clase de ministerio que nos van a entregar.
Para terminar, quiero dejar dos constancias. La primera es que no defiendo a ultranza la creación del ministerio. Defiendo sí, que se adopte, a través de éste o de cualquier otro sistema, una política pública que posibilite el crecimiento cultural en la forma que he explicado atrás. Porque el desarrollo cultural del país no puede continuar al vaivén de las iniciativas de las elites, ni al arbitrio caprichoso y nunca desinteresado de las empresas comerciales patrocinadoras; tampoco se la puede adscribir a los dictados de la tecnocracia monetarista neoconservadora, de los cuales ya están hoy de regreso en la materia los países desarrollados.
La segunda constancia es que ni aspiro ni soy candidata a ministra, como tanto se ha dicho en los medios de comunicación: desempeño hoy un trabajo más interesante que el de cualquier ministerio: la dirección de la Casa de Poesía Silva.

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