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| 8/13/2011 12:00:00 AM

Un robo para la posteridad

Se cumplen cien años del día en que 'La Mona Lisa' desapareció del Louvre para regresar convertida en un ícono mundial del arte.

El 21 de agosto de 1911 era lunes de zapatero en París. La noche anterior, como todas las de esa época en la Ciudad Luz, había sido agitada, y de la calma que reinaba al comenzar la semana se aprovecharon Vincenzo y Michele Lancellotti y Vicenzo Peruggia. Los tres italianos habían pasado la noche en una bodega del Museo del Louvre, y tan pronto amaneció, vestidos con delantales blancos, ingresaron al salón Carré, sustrajeron La Mona Lisa y huyeron. Los tres conocían bien el terreno: un año antes habían instalado las cajas de vidrio que protegían las piezas más valiosas del museo.

El primero en notar que algo faltaba en el salón fue un pintor, Louis Beroud, que se dedicaba a retratar las escenas que se veían en los pasillos del museo, género apetecido entre los coleccionistas de la época. Al instalar su caballete el martes en la mañana, Beroud se percató de la ausencia del cuadro y le avisó al guardia de turno.

El museo se tardó en dar la noticia, por lo que algunos creen que intentaron hacer pasar desa-percibido el suceso. El caso es que el robo generó un gran revuelo en París. La Policía distribuyó seis mil fotografías de la obra y destinó sesenta detectives a la tarea de encontrarla. El hecho llegó a la primera página de los principales diarios del mundo y cuando se reabrió el museo, una semana después, miles -entre ellos Franz Kafka- acudieron a ver los cuatro clavos que sostenían La Gioconda.

La obra, entre tanto, había quedado en manos de Peruggia, un obrero, pintor y carpintero con pretensiones de ascenso social: era autodidacta y se presentaba a sí mismo como "artista". El ladrón ya registraba dos pasos por la cárcel: uno por un intento de robo a una prostituta y otro por portar una pistola en una riña callejera. Era también un obstinado nacionalista: creía que muchas de las piezas que se exhibían en el Louvre habían sido saqueadas por Napoleón, en su paso por Italia. Por lo pronto, escondió el lienzo en un baúl de doble fondo.

Los franceses en esa época temían que las piezas más valiosas que se conservaban en sus museos fueran a terminar tarde o temprano en colecciones privadas. A tal punto llegó la paranoia que uno de los primeros sospechosos fue el multimillonario coleccionista norteamericano J.P. Morgan. También hubo miradas que apuntaron al káiser Guillermo II, pues para entonces las tensiones entre Francia y Alemania iban en aumento. Ni Pablo Picasso ni el poeta Guillaume Apollinaire se salvaron de entrar a esta selecta lista de sospechosos. Al fin y al cabo, hacía poco le habían comprado a un amigo común unas estatuas que resultaron ser robadas del Louvre. Fueron detenidos para ser interrogados y luego salieron en libertad.

Los investigadores indagaron a todos aquellos que trabajaban o habían trabajado en el museo en años recientes. Y en esa lista estaba, por supuesto, Peruggia. El personaje supo mantener la calma ante las preguntas y no despertó la más mínima sospecha. Tenía, además, la suerte de su lado: la única huella que dejó en la escena del crimen era de su pulgar izquierdo, en tiempos en que las autoridades solo conservaban registros de la mano derecha.

Al tiempo que las autoridades daban tumbos, el robo se convertía en un tema popular: se imprimieron postales, se compusieron canciones de cabaré e incluso se rodó un cortometraje, todos en tono de burla. El museo, entre tanto, seguía recibiendo visitantes ansiosos de ver el espacio dejado por el cuadro.

Dos años y cuatro meses después, Peruggia se fue con su valioso baúl a Florencia, donde contactó al comerciante de arte italiano Alfred Geri, con la intención de venderle el cuadro a la Galería Uffizi. Quedaron de verse en un cuarto de un hotel de esta ciudad, a donde se desplazó con la obra. Allí llegó Geri con el director de la Galería, Giovanni Poggi, quienes, pese a que sabían que se trataba La Gioconda, simularon tener dudas sobre la autenticidad de la pintura. Con este argumento le pidieron que les permitiera llevarla donde un perito, y así la pusieron en manos de la Policía, que no tardó en arrestar a Peruggia.

Italia se negó a extraditarlo, y tras el juicio, fue condenado apenas a siete meses y nueve días de prisión. En la cárcel, recibía numerosas cartas, cigarrillos y regalos de sus compatriotas convencidos de su versión de que actuó movido por el fin patriótico de regresar La Mona Lisa a su tierra natal. Desconocía, o no le importaba, que cuando Da Vinci terminó la obra ya vivía en París.

Sobre los móviles del robo no hay total claridad. Era frecuente en esa época -como hoy- que las obras de arte robadas fueran moneda de cambio en el mercado negro de armas y drogas. Por los contactos con los que contaba Peruggia en el bajo mundo, muchos creen que su destino era este, pero no esperaba que su robo tuviera tanta repercusión. Por eso la habría conservado por más de dos años, sin los cuidados que demanda una lienzo de tanta antigüedad.

Veinte años después, en 1931, apareció una nueva hipótesis. Ese año, el periodista estadounidense Karl Decker publicó una entrevista que le hizo en 1914 a un argentino, Eduardo de Valfierno, de quien se dice era un redomado timador. Según Decker, solo estaba autorizado a publicar el material tras la muerte del personaje. En ella, Valfierno habló de un plan para robar la obra, encargarle a un falsificador seis reproducciones y venderlas todas como si fueran la original. En caso de que apareciera y volviera a su lugar, se les diría a los compradores que la del museo era una copia que puso el museo para evitar el escándalo.

De esta entrevista surgió la novela Valfierno, de Martín Caparrós, y también la leyenda según la cual el lienzo que hoy se exhibe es una copia. No obstante, el craquelado de la pintura que se puede apreciar de cerca, prácticamente imposible de copiar, deja sin piso esta versión acogida por los aficionados a las teorías conspirativas.

Pero lo que más llama la atención de esta historia es que, no obstante la conmoción que produjo el hurto, La Mona Lisa estaba lejos de ser en ese entonces el ícono que es hoy. Apenas desde 1860 los críticos la calificaron como una obra maestra del Renacimiento, mientras que para comienzos del siglo XX solo los expertos reconocían su valor. De hecho, otras dos piezas del Louvre, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia, merecían más espacio en las guías para viajeros. Hoy hay consenso acerca de que el escándalo de su robo tuvo mucho que ver con la fama actual de la obra de Da Vinci. La misma que es visitada por al menos seis millones de personas cada año, a muchas de las cuales les interesa, más que apreciarla, poder contar que la vieron.
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