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| 2/18/2012 12:00:00 AM

Un techo después de llover

Con una mezcla de pintura, escultura e instalación, la bogotana Adriana Cuéllar recrea el techo de una casa en una galería y lo convierte en un espacio de juego y de reflexión.

Mis obras surgen de la casualidad y la observación", dice Adriana Cuéllar. Así nació Paisajes sobre un recuerdo, una serie de fotografías que hizo en 2005 sobre la muerte de su abuela. Al fijarse que la enfermera que la cuidaba la hacía feliz mostrándole los muñequitos que iba a utilizar en el pesebre, decidió comprar más y esparcirlos sobre su cama. El resultado fue una reflexión sobre la fragilidad de la vida y el tiempo detenido -donde no pasa nada- en el que viven las personas ancianas. Y también de la observación y el azar nació Un techo después de llover, la obra que expone desde el 16 de febrero en la galería del Colombo Americano en el centro de Bogotá.

Esta vez el motivo fue el techo de una casa. Luego de tomarle varias fotografías, empezó a descubrir un lugar muy bello en el que había formas, figuras, dibujos, como si fuera la pintura de un artista anónimo. Efectivamente, en ese lugar olvidado que nadie ve y al que nadie quiere ir, salvo cuando es obligado por una gotera, Adriana Cuéllar empezó a encontrar una estética. "Arriba, en el techo, quedan algunos objetos luego de tapar las goteras. Tres claraboyas, una encendida insinuando la vida que transcurre en la casa de abajo. Se oye el graznido de una mirla que pasa. Es muy importante la presencia de los charcos de agua y una iluminación tenue".

Su idea inicial era reproducir ese espacio -significativo en sí mismo-, pero la opción de montarlo en una galería hizo que su propuesta fuera cambiando. Del realismo pasó a la ficción. De los colores grises a los colores brillantes. Pájaros de un intenso azul y amarillo aparecen ahora en su techo. La lluvia y las nubes son una simulación. Poco a poco se fue convirtiendo en un espacio más simbólico: "Empecé a jugar con los elementos del techo, a construir una poética más amable, menos melancólica". Los trapos, las claraboyas, los tarros de pintura hacen referencia a un mundo imaginario, lleno de sentido, como lo recalca la crítica Karina Maddonni: "Somos testigos intrusos de ese ecosistema artificial y testigos de los restos que dan cuenta del 'abajo'. Caminamos la superficie intransitable de un 'arriba' simulado, donde lo real y sus fantasmas se encuentran en un diálogo imposible. Buscar señales de esa vida imaginada es inútil. Y añoramos la vida inalcanzable de un 'abajo' que nos es negado". La artista ha conseguido que un simple techo se convierta en todos los techos, y un espacio marginal, en una prometedora frontera: "Caminar por encima es renunciar al techo. O elegir el cielo como límite".

Para la curadora Natalia Gutiérrez, el trabajo de Adriana Cuéllar siempre se ha caracterizado por ser independiente de las modas pero muy conectado con el presente y con lo autobiográfico, por lo cual consigue establecer un vínculo con la naturaleza de las cosas y de los seres humanos. Ella misma define su oficio de la siguiente manera: "Ahora que lo pienso, para mí un artista es alguien que invierte tiempo; es alguien que logra hacer un azar válido. Alguien que trabaja con cosas que no importan o que no importan tanto. Que son importantes precisamente porque no importan. ¡El mundo se da tanta importancia! Me interesa lo que no importa, lo que nadie quiere".
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