Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/11/03 00:00

Un tigre de papel

Este documental paródico sobre el artista Pedro Manrique Figueroa prueba que a Colombia la ha salvado la risa.

El documental de Ospina pertenece a un género en el cual realidad y ficción se cruzan. ‘La coca de los Santos’, uno de los ‘collages’ atribuídos a Manrique Figueroa

Título original: Un tigre de papel.
Año de estreno: 2007.
Dirección: Luis Ospina.
Entrevistados: Jaime Osorio, Joe Broderick, Vicky Hernández, Carlos Mayolo, Arturo Álape, Jotamario Arbeláez, Carolina Sanín, Juan José Vejarano, Santiago García.

Yo me niego a contar el secreto que guarda esta película estupenda. Aunque sé que enterarse de la verdad despertará en el espectador aun más admiración por Un tigre de papel. Que es un divertidísimo documental, quizás un poco reiterativo, que retrata a aquel artista malogrado de nuestro siglo XX, el hasta hoy célebre Pedro Manrique Figueroa, que daba la impresión de estar en todas partes, que introdujo el collage en Colombia y que entregó la vida por una revolución socialista que se quedó sin aire mucho antes de llegar a su meta. Nació en Choachí (que en chino significa “el viento vital que destruye”) hacia 1934. Y desapareció sin avisarle a nadie, ni siquiera a las pocas mujeres que amó, algún día de 1981.

De su vida quedó una suma de cuadros que parodian las imágenes religiosas y políticas que nos han hecho lo que somos. Y quedó este documental que narra sus años agitados en el campus de la Universidad Nacional, sus viajes por la Europa que se le enfrentaba al modelo capitalista y sus extraños recorridos por Transilvania, Varanasi (el nombre hindí de Benares, al ciudad santa a orillas del Ganges) y Bogotá.

Gracias a este largo, otra marca en el revólver del brillante Luis Ospina, director de La desazón suprema, sabemos que Manrique Figueroa vio morir a Gaitán, le ayudó a empacar al cura Camilo Torres la noche antes de que se fuera a luchar en la guerrilla y proclamó la revolución socialista hasta el agotamiento. Sabemos que escribió poemas malos. Que pasó varias semanas en una comuna hippie. Se dejó envolver por la droga en honor a aquel poema de José Martí que termina con el verso “¡haschisch de mi dolor, ven a mi boca!” Vivió un tiempo en Nueva York. Y allí, en “las entrañas de la bestia”, se empeñó en arruinar a ese imperio malévolo que Mao Tsetung llamó “un tigre de papel”: su ingenioso plan, ponerles un sello de “falso” a los dólares verdaderos que se encontrara por ahí, fracasó mucho más temprano que tarde.

Manrique daba miedo. Y se iba de las vidas de los demás como si hubiera venido el mundo a no dejar huella.

El genial Carlos Mayolo, en su último papel antes de morir, lo llama el “alter vago” de su generación. Jaime Osorio, también desaparecido, dice que “lo encarcelaron por hacer cine, pero lo soltaron por falta de pruebas”. Y los demás parodiadores, la actriz Vicky Hernández, el poeta Jotamario Arbeláez y la narradora Carolina Sanín, entre ellos, lo definen como un artista a medias que se extravió dentro de sí mismo. Pero es el despierto Joe Broderick, biógrafo de otros rebeldes con causas, quien nos lleva a la conclusión de que el tal Manrique vino al mundo porque de otra manera no habríamos captado que la risa salvó del fracaso a esa generación que perteneció a una época como a una religión. Ni habríamos entendido que la revolución, en Colombia, ha sido el humor. Y ningún gobierno ha podido frenarla.

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