Viernes, 20 de enero de 2017

| 2002/02/19 00:00

Un violín y tres pasiones

La historia de un constructor de violines en la Italia del siglo XVIII., 49331

Un violín y tres pasiones

Rodrigo Brunori
Me manda Stradivarius
Norma, 2001
157 paginas

Todas las artes han sido tentadas por la música y la literatura no es la excepción. El Doktor Faustus, de Thomas Mann, se basa en la estética del compositor Arnold Shönberg y sus complejas estructuras dodecafónicas. El acoso, de Alejo Carpentier, trata de imitar en cada uno de sus cuatro capítulos los movimientos de la sinfonía Eroica de Beethoven. El perseguidor, de Julio Cortázar tiene como telón de fondo la música de Charlie Parker y todas las posibilidades expresivas del free jazz. Las obvias alusiones de El otoño del patriarca a la música popular caribeña han ocultado su inmensa deuda —reconocida por el propio García Márquez en una entrevista— con los cuartetos de Bela Bartók. Felisberto Hernández y sus solos de piano: la lista podría llegar a cansar.

Todas las artes aspiran a la condición de la música, creía Jorge Luis Borges. “Sólo la música es”, dijo León de Greiff quien ante ese equilibrio sutil entre sonido y sentido que es el poema nunca vaciló en sacrificar al segundo. Porque sin duda sabía que si el arte es forma —lo que interesa no es lo que se dice sino cómo se dice—, la música es la única que consigue ser plenamente forma pura, arte puro. Para las demás artes —que trabajan con lenguajes contaminados de significación, de los rezagos y las impurezas del “tener que decir”— dicho estado es la excepción. Por eso, no estaba errado Claude Lévi-Strauss cuando sostenía que si un día logramos desentrañar el significado de la música habremos descubierto, ni más ni menos, el misterio supremo del arte.

Los escritores, entonces, se acercan a la música, intentan recrearla con palabras. Pero tal acercamiento, por logrado y lúcido que resulte, no deja de ser una metáfora. Aunque resulte a veces una hermosa metáfora, como en las obras mencionadas; como ocurre en esta novela.

Me manda Stradivarius es la historia de tres personajes alrededor de la música. Antonio Silverius es un famoso fabricante de violines, un luthier, que vive con su hijo Homobono en las afueras de Varenza, alejado del mundo. Estamos en el año de 1726 y Silverius se dispone a emprender su obra maestra. Le muestra a su hijo —bastante lunático y desinteresado del oficio del padre— el trozo de madera que ha conservado durante 17 años. No hay, piensa, entre Cremona y Venecia, un mejor arce que aquel: “Esto es agua Homobono —le decía—. Intenta oírla ahora, antes de que estas manos se pongan a trabajar y transformen el torrente que hay aquí metido en un sonido dulce, como el de las fuentes de la Piazza dei Signore”.

El tercer personaje es Cecco Maderatti, un joven y brillante aprendiz que llega intempestivamente al taller para unirse al proyecto y que cambiará sus vidas para siempre. “Me manda Stradivarius”, es el inapelable argumento que va a esgrimir Maderatti para vencer la desconfianza del maestro y lograr ser aceptado. Y la frase da título al libro porque ahí se encierran todos sus enigmas. Al final sabremos de la tormentosa relación que tuvo Silverius con el gran Stradivarius y entenderemos muchas cosas.

Aunque lo mejor, como todo lo que vale la pena, no es el final sino el entretanto. Que aquí consiste en asistir de cerca a la creación de un violín. Un trabajo físico, al igual que muchos. Y sin embargo distinto en la medida en que será capaz de producir algo intangible: la magia de la música. Cecco Maderatti, quien además es violinista, cumple la función en el relato de mostrar esta alquimia. El alumno de Silverius se convertirá en el maestro de su hijo —el maestro que él nunca pudo ser— porque consigue hacerle ver la dimensión espiritual de su oficio. Se trata de un viaje desde “la madera salvaje” hasta el “sonido insuperable”. Que a pesar de las precisas y eruditas descripciones técnicas no dejará de apasionarnos gracias a la calidad de su prosa, que se parece mucho a la música. Es otra metáfora, desde luego, porque se trata de una obra literaria que en el fondo lo que quiere es hablar de la soledad del artista, de su necesidad desesperada de trascender en los otros.

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