Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/04/04 00:00

Una agradable rareza

Por fin en Colombia se consiguen los discos del dúo Lulacruza, un experimento colombo-argentino de sonidos milenarios en clave electrónica.

Tejiendo el sonido de Lulacruza: Alejandra toca el cuatro, mientras Luis procesa los sonidos en su computador

Dicen que una vez el compositor Paul Dukas caminaba por el bosque con uno de sus alumnos, cuando el canto de unos pájaros robó toda su atención. "Escúchelos", le dijo, "ellos son los grandes maestros". Hoy no es usual que un músico prefiera la imitación de la naturaleza a la composición más formal, pero de vez en cuando aparecen trabajos en que las melodías se entremezclan exquisitamente con silbos de viento, cantos de agua y, por supuesto, pájaros.

Cuando salió el primer disco del dúo Lulacruza a mediados de 2006, un inspirado reseñista argentino lo definió como "texturas acuáticas, plegarias hipnóticas y paisajes contemplativos". Acá, entre tanto, teníamos que contentarnos con un par de canciones que podían bajarse de Internet e imaginar el resto del álbum. Era una joya imposible de conseguir, a pesar de que la cantante es colombiana y de que parte de la grabación se llevó a cabo en las playas de Ladrilleros y el valle de Sibundoy.

Pero en las últimas semanas se han reivindicado. No sólo hicieron arreglos para distribuir localmente ese primer disco, sino que lo empataron con el lanzamiento del segundo, permitiéndonos en un solo atisbo contemplar una carrera de cuatro años de ejercicio sonoro. Tal vez las carátulas nos brindan más información de lo aparente: en el primer álbum vemos la fotografía casi abstracta del borde de una hoja; en el segundo hay una selva completa diseñada por el pintor indígena Benjamín Jacanamijoy. Es una perfecta alegoría de su sonido, que se ha hecho más denso pero también más vital.

"Nos gusta la plasticidad del sonido", explica la cantante Alejandra Ortiz, "que no tenga uno que reconocer una melodía y seguirla, sino que cada vez que oiga note cosas diferentes. Y cuando estábamos buscando una imagen para el nuevo disco, como era una cosa de texturas y de colores y de paisajes, se nos ocurrió lo de Benjamín". La otra mitad del dúo, el músico electrónico Luis Maurette, está en Buenos Aires pero Alejandra habla por ambos, contesta las preguntas en plural, se nota que están musicalmente conectados desde hace tiempo.

El nuevo disco se llama Soloina en honor a una deidad de la luna, y las sesiones de grabación se llevaron a cabo en una especie de trance inducido por la música misma: tambores, cascabeles, cantos que parecen ancestrales pero que en realidad fueron improvisados, iban siendo procesados por Luis en su computador a tiempo que agregaba efectos de eco, registros de lluvias selváticas... y, una vez más, pájaros.

La grabación les tomó apenas tres días, pero es el resultado de años buscando un lenguaje que conecte al oyente con un sentido primigenio del sonido y con un tiempo en que, como dice Alejandra, "la música existía por razones distintas al entretenimiento".

Sin pretenderlo, la aparición simultánea de estos dos discos nos ha ofrecido un retrato completo de un grupo inusual: electrónico pero no futurista, sino más bien estudioso de los ritos milenarios construidos alrededor del sonido, rayando en la musicoterapia y el chamanismo, convencido de que ciertas frecuencias tienen propiedades sanadoras. Y con una evidente evolución en un tiempo relativamente breve: "En el primer disco cada canción era artesanal, la hacíamos juntando músicas de aquí y de allá, como manufacturando el sonido. Ya para este segundo disco llevábamos tres años tocando en vivo y simplemente queríamos que fuera algo fluido, queríamos tocar y no pensar".

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