Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1985/08/19 00:00

UNA CIERTA SONRISA

Murió Heinrich Boll, el Nobel que fustigó con humor negro todos los fanatismos de Alemania.

UNA CIERTA SONRISA

Durante su vida, 68 años el escritor alemán Heinrich Boll luchó contra todas las categorías, todos los disfraces, todas las insinuaciones del fanatismo. Sus cuentos, sus novelas, sus programas de televisión y radio, sus artículos periodísticos, sus conferencias y sus intervenciones políticas estuvieron siempre dirigidos a desmontar el profundo fanatismo en que habían caido los alemanes: fanatismo por la religión católica, fanatismo por el trabajo, fanatismo por la reconstrucción de su país, fanatismo por borrar los pecados nazistas, fanatismo por realizar juicios contra fantasmas, fanatismo por copiar los modelos de vida de los norteamericanos, fanatismo por los muertos que ya no podían regresar a la tierra.
Por eso se convirtió junto a escritores como Gunter Grass, Peter Weiss y Giselle Elsner, entre otros, en esa conciencia despierta de una nación que miraba absorta las cenizas de la guerra como una maldición, mientras seguia dándose golpes de pecho. Y para fustigar a los alemanes utilizó el arma más peligrosa que un hombre de su imaginación y talento podia esgrimir, el humor negro pero sin el cinismo de Grass ni la imaginación alucinante de la Elsner, más bien un humor negro lleno de ternura, compasión, solidaridad humana y ese toque de magia que convertía cualquier acto cotidiano en un momento decisivo aun para la más oscura de las existencias.
Católico profundo, socialdemocrata y luego partidario de los Verdes alemanes, ganador del Premio Nobel en 1972, presidente mundial del Pen Club, defensor de los terroristas que eran inducidos al suicidio en las prisiones alemanas, Boll se convirtió en los últimos veinte años en una de las figuras más populares de la política, la literatura y la vida cotidiana de los alemanes y sus libros se mantuvieron siempre entre los más vendidos, dentro y fuera de su país. En castellano se consiguen, editados por Bruguera y Seix Barral títulos como "El tren llegó puntual", "Caminante, si vienes a Spa", "Dónde estamos, Adán", "Casa sin amo", "Billar a las nueve y media", "Acto de servicio", "El honor perdido de Katherine Blum", "Retrato de grupo con señora" y uno de los más recientes, "Asedio preventivo".
Nacido en la ciudad de Colonia en 1917, estudio bibliotecología, entre 1938 y 1939 trabajó forzado dentro de las Juventudes Nazis, estuvo en la II Guerra Mundial, fue prisionero de los aliados y después de la guerra se refugió durante unos años en Colonia
donde inició su carrera literaria con la novela "El tren llegó a tiempo" en 1949.
Lo que más atrajo en principio la atención de los alemanes fue el deseo explícito de Boll por reflejar humorística y causticamente la situación en que se encontraba el país, la desesperación del pueblo por hacerse perdonar los años anteriores, el deseo de reconstruir el país como fuera y sobre todo, la obsesión de millones de personas con la obligación de borrar toda huella de un pasado que acaban de compartir gustosamente.
A través de novelas y cuentos que reconstruían situaciones cotidianas, el escritor fue armando pieza a pieza, todo ese pasado lleno de horrores e infamias y convenció a millones de lectores de que el infierno tan temido no era tan espantoso, que había que vivir con esos recuerdos y la única salvación estaba en no aceptar el fanatismo que por todos los costados sacudía al país.
Por eso uno de sus primeros cuentos, "Algo pasará", publicado en 1954, donde se burla de la mecanización de Alemania, de su desesperación de adquirir la eficiencia norteamericana causó una conmoción tan grande. Es la historia de un personaje que es admitido a una fábrica dominada por un fanático de la acción, del trabajo y la productividad, una fábrica toda limpia, pintada de colores alegres, donde proporcionan alimentos vitaminizados, donde el lema de cada hora era "Tiene que pasar algo" y la prontitud de todos los empleados para que, en efecto, algo pase, lo que sea, pero que pase. Los alemanes se vieron retratados en ese empleado que responde así algunas de las preguntas del formulario de ingreso:
-"¿Le parece bien que el ser humano sólo tenga dos brazos, dos piernas, dos ojos y dos orejas?"
-"Aunque tuviésemos cuatro brazos, cuatro piernas y cuatro oídos, no bastarían a mis ansias de acción. El equipamiento del ser humano es raquítico".
-"¿Cuántos teléfonos puede atender al mismo tiempo?"
-"Cuando no hay más que siete teléfonos, me impaciento, sólo con nueve me siento completo".
-"¿ Qué hace usted después del trabajo?"
-"No conozco la expresión "después del trabajo". A los quince años la borré de mi vocabulario, pues en el principio existía la acción".
Es una de las obras más populares de Boll y ese humor cáustico es una constante de sus escritos, especialmente en "Opiniones de un payaso", reeditada incansablemente desde 1963, con ese personaje que tiene un oficio execrable para algunos, abandonado por la mujer, católico que pone en duda la eficacia de sus convicciones, cínico de tiempo completo que no respeta a nadie, especialmente a los críticos contra quienes tiene palabras durísimas, mientras es testigo de la reconstrucción alemana.
Para algunos criticos la mejor novela de Boll está en "Retrato de grupo con señora" en la que con el personaje de Leni Pfeiffer (de soltera Grutyen), de 48 años, con 1.71 de estatura, con un peso de 69 kilos y con un hijo, en plena era nazi mantiene relaciones con un ruso que ha sido llevado a territorio alemán para trabajos forzados, o sea, esclavo laboral. Con una técnica que utiliza testimonios, declaraciones, frases aisladas, monólogos, confesiones, el escritor va reconstruyendo la azarosa vida de la mujer, o sea, la vida alemana de esos años convulsionados, incluyendo dos guerras, incluyendo también el desmoronamiento moral y físico de todo un pueblo. La mujer es alegre, rubia, sensual, adora la comida, se muere por el acto sexual y sus relaciones con ese enemigo la van convirtiendo en objeto de curiosidades y repudio para todos hasta cuando llega la desgracia total, Boll arma un tejido vastísimo y profundo, con numerosas voces que van alimentando esa especie de revelado que dará poco a poco ese retrato de un grupo de personas que representan un país vuelto cenizas.
Hasta 1983, el novelista apoyó a los socialdemócratas y siempre había participado activamente en las campañas de Willy Brandt. A partir de esa fecha se acercó a los Verdes en quienes reconoció una actitud "refrescante y heterodoxa, más flexible", más alegre y juvenil que los tradicionales líderes de su antiguo grupo. Sin embargo, lo mismo que Grass, repudió públicamente la actitud de algunos de los Verdes en el Parlamento, especialmente cuando uno de ellos arrojó sangre sobre un ministro, escena que le restó seriedad a esos activistas.
Aunque la mayoría de los críticos quiere encontrar en el catolicismo de Boll una de las principales raices de su literatura, el escritor tomaba esa posición religiosa como algo muy personal, que no se proyectaba al exterior, ni siquiera a su oficio y siempre mantuvo profundas contradicciones con las jerarquías alemanas y en una ocasión afirmó: "Yo no sé ser religioso más que en el sentido místico. En este sentido no sufro por mi alejamiento de la Iglesia en cuanto corporación, organización: en cambio me sientó cerquísima de las formas más anticuadas de la piedad".
Siempre combatió la violencia, sobre todo en "Asedio preventivo", en todas sus formas y sostenía, con preocupación que "hay que dar a los oprimidos un modelo de liberarse sin recurrir a la violencia".
Por eso denunció la forma como eran tratados los terroristas en prisión y el grupo Baader-Meinhoff fue citado en numerosas ocasiones como víctima de la violencia policíaca. El suicidio de algunos jóvenes en las prisiones alemanas provocó todo un escándalo, Boll atacó a la policía y en 1977 su casa fue inundada de llamadas y panfletos que lo amenazaban como cómplice de los terroristas.
Su catolicismo se parecía al de Graham Greene, lleno de dudas, poniendo contra la pared algunas de las prácticas externas de la Iglesia. Severo con su país, exigente con los líderes políticos, siempre se burló de las clases arribistas alemanas que no pensaban sino en la productividad. Siempre fue la otra conciencia de esa nación despedazada y cuando muchos se sintieron salvados, entonces reconocieron el profundo papel desempeñado por el novelista durante esos años angustiosos.
Bajo la influencia, según él, de escritores como Kleist, Dostoievski, Bernanos y Chesterton, adoraba la música y la pintura, enloquecía con el cine del neorrealismo y esta frase puede resumir mejor lo que era este escritor alemán que se ha muerto a los 68 años: "¿Saben lo que más odio? Odio la coacción, cualquier tipo de coacción, es algo patológico".

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