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| 8/30/1982 12:00:00 AM

UNA CRITICA QUE SE VOLVIO TIMIDA

La autopublicidad de los artistas influye más en el público que la opinión de los críticos.

Mucho menos fuerte que la de los demás sistemas de divulgación del arte ha resultado en Colombia la influencia de la crítica sobre el mercado, aun cuando también a través suyo se ha llegado en ocasiones a incrementar el precio y la demanda de algunos trabajos, a niveles que no guardan proporción con su valor artístico. Pero la crítica se confunde con frecuencia con la información, generalmente rimbombante, ("joven maestro", "gran creador", etc.) que sobre la plástica se ofrece en los medios de comunicación, y es claro que estos últimos sí tienen una influencia bien definida en el comercio, puesto que contribuyen con su cubrimiento extenso y permanente a la fama exagerada de buen número de nombres en el arte del país.
Por lo anterior es necesario precisar que el espacio concedido a la crítica de arte en los periódicos es bastante escaso y el ortorgado en la televisión ninguno. Todas esas notas estereotipadas que, además de comparar el trabajo de un artista actual con el de los grandes maestros del Renacimiento, se empeñan en narrar con cursis referencias su amor por la naturaleza, su lealtad patriótica, su comprensión filial y su angustia ante la realidad, tienen que ver tan poco con la crítica de arte como tienen que ver esos reportajes descaradamente autoelogiosos (que a menudo tienen cabida en ambos medios), en los que jamás se expresa nada nuevo o básico sobre arte, pero en los cuales se discute como asunto pertinente y relevante, por ejemplo, el ancestro del artista, sus amigos más famosos, sus aficiones favoritas, y hasta el lujo de su alcoba y de su estudio.
Son igualmente los sistemas de información masiva y no las críticas, quienes a menudo tergiversan el sentido y la importancia de los acontecimientos en el arte, hasta el punto, por ejemplo, que aún se desconocen en Colombia los aportes de un Salón como el de Kassel (Documenta), mientras se toma en serio un Salón tan insignificante y despistado que todavía concede premios, como el de Cagnes Sur Mer. Dicho en otros términos, los medios de comunicación de gran alcance cumplen cabalmente con su labor de "promover" el arte nacional (no de evaluarlo y discutirlo); pero precisamente por tratarse de una promoción publicitaria sin control de calidad y sin una visión clara y profunda del panorama artístico contemporáneo, la acción de dichos medios redunda con frecuencia en incrementos en los precios y demanda de trabajos, que, como logro creativo y expresivo de esta época, francamente, bien podrían no haberse realizado.
La crítica en Colombia, en cambio, es tan temerosa y tan discreta y por lo mismo tan gris y complaciente, que su influencia no afecta con el ímpetu debido a los precios de las obras. Es una crítica, invariablemente, de elogios y alabanzas, que prefiere pasar por ignorante antes que impugnar las apreciaciones y trabajos de un artista nacional (a menos que se trate de algún joven sin poder retaliatorio). En consecuencia, las voces de la crítica, ni pueden detener las especulaciones que a menudo suscitan ciertas obras, ni pueden imponer nuevos valores en los mercados del país. Y por ello es preferible, en cuanto a ventas se refiere, que el artista se eche un viajecito por París (y que afirme, como alguno no hace mucho, que Francia entera trepida con su obra), a que alguien la discuta y se exprese francamente sobre sus implicaciones y objetivos, así ese alguien la considere y la confronte con imaginación y seriedad.
Pero no todo son extremos en el arte y así como la critica con su tímido silencio ha permitido que el público se engañe con la publicidad de muchas obras, la acumulación de sus elogios, a la larga, también tiene un impacto aunque no definitivo, en el mercado. En consecuencia, la sobrevaloración de algunas obras, ademas de detectarse en la autopublicidad de los artistas, en las pretensiones del catálogo y en el público que asiste a la inauguración puede igualmente ser medida en las opiniones que la crítica haya expresado sobre ellas. Después de todo, para nadie es un secreto que en Colombia la crítica de arte se halla radicalmente dividida en dos grandes sectores: uno empecinado en demostrar que la vanguardia y el experimento dejaron de ser moda, que todo arte pasado fue mejor, que el arte nuevo tiene antecesores internacionales, que el objeto comercial resume toda posibilidad creativa; y otro que sostiene que el arte no es cuestión de modas, que los lenguajes de antes no son aptos para la expresión actual, que el convencionalismo artístico tiene aún más antecesores extranjeros, y que aunque la presentación mediante objetos sea indispensable en muchos casos, es el concepto que respalda su realización, y no el objeto en sí, el depositario y la razón de su valor creativo.
Cada uno de estos dos sectores tiene como vocero oficial una revista de circulación muy limitada y de esporádica publicación, en cuyas páginas, entre apología y apología, se minimizan, cuando no se callan, los eventos y noticias que puedan favorecer al bando opuesto. En "Arte en Colombia", por ejemplo, las escasas referencias que se han hecho sobre el experimento y la vanguardia han sido regularmente negativas, mientras es notorio su incondicional apoyo a la academia y a los moldes del arte más tradicional; en tanto que en "Re-Vista del Arte y la Arquitectura en América Latina" se cubre con frecuencia el arte de avanzada, se favorece al arte conceptual que generalmente es invendible, y se nota su desgano en las contadas alusiones que permite sobre trabajos de tendencias largamente establecidas en la escena nacional.
En la primera de las revistas mencionadas tiene cabida toda crítica que favorezca el bodegón, el interior, el paisaje, y la literatura en la temática, y en la segunda todo artículo que aliente el arte de materiales y técnicas inesperadas (como pueden ser la sangre y el video), aunque las dos publicaciones hacen uno que otro intento por demostrar neutralidad. Ambas revistas, sin embargo, según sus directores, pasan por penurias incontables en lo que se refiere a su sostenimiento, y en consecuencia, ni su periodicidad permite un seguimiento coherente, ni su alcance ha podido trascender el diminuto círculo de críticos y artistas que aparecen en sus páginas, reduciendo aún más la poca influencia que pudieran ejercer en el mercado los escritos especializados sobre arte.
En conclusión, aunque su ingerencia sea pequeña, cuando se trata de avaluar certeramente algún trabajo artístico, es saludable comprender ese papel un tanto triste de la crítica en cuanto se refiere a la oferta y la demanda, como es conveniente conocer la intervención de los artistas, los museos, las galerías y el público (la cual fue discutida en notas anteriores), en relación con el establecimiento de los precios. Pero en arte, como se dijo previamente, no hay reglas fijas que permitan, sin riesgo, traducir a pesos un valor que en primer término es espiritual, y en consecuencia, tampoco hay un sistema a toda prueba para determinar la justicia o injusticia de los precios de una obra.
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