Sábado, 25 de febrero de 2017

| 2009/05/23 00:00

Una dulce vida

Poppy, una alegre profesora de primaria, hace todo que está a su alcance para no convertirse en una adulta. ***1/2

La protagonista (interpretada por Sally Hawkins) va por la vida como si todo fuera un juego

Título original: Happy-Go-Lucky.
Año de estreno: 2008.
Dirección: Mike Leigh.
Actores: Sally Hawkins, Eddie Marsan, Alexis Zegerman, Nonso Anozie, Samuel Roukin, Karina Fernández.

La historia del hombre que se niega a crecer se ha contado muchas veces, pero en muy pocas ocasiones se ha observado la vida de aquel que en verdad logra eludir la vida adulta (evadir los planes, las responsabilidades, los compromisos) hasta llegar a la vejez. El gran director inglés Mike Leigh, que fue capaz de inventarse los personajes memorables de Secretos y mentiras (1996), Todo o nada (2002) y Vera Drake (2004), era el hombre compasivo para hacerlo. Su heroína en Una dulce vida, una profesora de primaria llamada Poppy, va por el mundo (desde esa maravillosa primera secuencia) como si la realidad no pudiera tocarla, como si todo fuera un juego de niños. Su sentido del humor es francamente agotador. Su alegría, que jamás baja la guardia, puede ser enervante. Pero, como cada escena nos deja rastros de su humanidad, la queremos igual que a una amiga de toda la vida. Y nos duele que, a sus treinta y tantos años, tenga que pasar por los dramas que enfrentamos todos.

En fin. A la amable Poppy le acaban de robar la bicicleta. Y ha aprovechado semejante coyuntura para irse de juerga con sus amigas, para meterse a clases de flamenco y tomar lecciones de conducción con un personaje inolvidable: un tipo ensimismado que bordea la locura, el gordito Scott, que repite el vocablo 'enraha' como solución a todos los problemas. La verdad es que, a diferencia del triste Antonio Ricci de El ladrón de bicicletas (1948), para quien el robo de ese medio de transporte es una verdadera tragedia, la hostigante Poppy no tiene problemas reales. Y en un mundo que ha conseguido desmontar tantas costumbres que torturan (que ha conseguido, por ejemplo, que no les toque a todos ser heterosexuales blancos que se casan para tener hijos) pero que ha defendido el pragmatismo como el mayor de los valores, existe la posibilidad de que ella no logre despertar.

No voy a contar los episodios estremecedores por los que pasa. Pero sí que al final, aunque tengamos la impresión de que le ha sucedido muy poco, nos da tristeza no poder acompañar a Poppy en lo que viene. Y que esa solidaridad que sentimos también se le debe al estupendo trabajo de la actriz londinense Sally Hawkins. Hawkins, que ha aparecido en las tres últimas películas de Leigh y ha recibido una decena de premios por esta interpretación, se convierte por completo en aquella mujer que no sabe ni quiere saber a dónde ir. La inmadurez que la posee cada vez que trata de hacer los pasos de flamenco, el temblor risueño que le produce la seriedad de su profesor de conducción, el nerviosismo que se la come viva cuando aparece aquel atractivo representante del ministerio de educación: todo es verdadero en su actuación.

Y todo es verdadero en Una dulce vida: por la pantalla pasa una serie de gestos humanos que nadie más -sólo Mike Leigh- podría haber captado.

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