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| 5/29/2000 12:00:00 AM

Una feria a la colombiana

Luis Fernando Afanador escribe para los lectores de SEMANA.COM un analisis sobre la Feria del Libro y ofrece una guia de recomendados.

Todavía tengo fresca la impresión que me dejó la feria internacional del libro de Guadalajara, celebrada el pasado mes de noviembre: el primer acto fue la entrega de un prestigioso premio de literatura, el Juan Rulfo, concedido en esa ocasión al gran escritor mexicano Sergio Pitol, quien fue presentado magistralmente por el ensayista Carlos Monsivaís. Inauguración con emotiva conferencia del premio Nobel de literatura 1998, José Saramago. La delegación de Chile -país invitado de honor- la encabezaba nada menos que la esposa del presidente Frei y la viuda de Salvador Allende e incluía a los mas importantes escritores chilenos desde el legendario Nicanor Parra hasta el reciente Alberto Fuguet. Además, asistían a la feria los más importantes editores de habla hispana. Me emocinó de manera especial ver a los míticos Jorge Herralde de Anagrama y a Beatriz de Moura de Tusquets: dos editoriales pequeñas que han sobrevivido -en esta época de grandes consorcios- apostándole a la calidad. Un público entusiasta pero a la vez exigente y crítico. En fin, para qué seguir. Claro, se dirá, México es un país donde la cultura es valorada y los intelectuales gozan de prestigio social. Un prestigio nada gratuito: el PRI los halaga y los consiente para acallarlos. De cualquier manera el sólo hecho de que quiera acallarlos hace pensar que se les teme, que tienen un peso específico dentro de la sociedad, a diferencia de Colombia donde valen menos que nada, aunque últimamente los violentos de derecha e izquierda les han hecho "el honor" de acordarse de ellos. Pero esto son arandelas. Las ferias del libro se inventaron para hacer negocios editoriales y no para realizar actividades culturales. La feria de Frankfurt -la feria del libro más importante del mundo- mide su importancia es por el monto de las transacciones realizadas y no por el número de asistentes ni de escritores invitados, aun cuando siempre es inaugurada por una personalidad de renombre internacional. Pensando en negocios, los mexicanos se dieron cuenta de la gran ventaja que implicaba su cercanía a los Estados Unidos. Podían atraer al suculento mercado editorial norteamericano ofreciéndoles en un lugar no muy lejano del río Bravo un punto donde pudieran mirar en su conjunto el mercado hispánico. Carambola a tres bandas: como moscas atrajeron al poderoso mercado editorial español y de paso al argentino y a todo el latinoamericano que valiera la pena. Porque no se negociaban derechos importantes, la feria del libro de Bogotá tenía muy poca trascendencia a nivel internacional. Parece que los organizadores de la feria por fin entendieron este punto y se han dedicado a cautivar un modesto pero real mercado andino y centroamericano. De 30 invitados comerciales se pasó este año a 60 y ya ha habido exportaciones de libros colombianos hacia esos mercados, que en muchos casos se constituyó en la salvación de algunas editoriales. Si esa es la dirección correcta, no tiene mucho sentido que Italia sea el país invitado de honor este año. Por eso, tal vez, hubo que rogarle para que nos aceptara dicho "honor".Gracias a los buenos oficios y a la insistencia de su embajador en Colombia, finalmente los italianos aceptaron "el honor". Y lo triste es que los editores de ese país, que son serios, tenían razón: ¿a qué venir a Colombia? Afortunadamente para el público el pabellón de Italia supera la pobreza que caracterizó al de los Estados Unidos y El Reino Unido en versiones anteriores. Lo que sí sigue siendo absurdo-y bastante parroquial- es la profusión de actos culturales: cerca de 400. Y aunque parezca increíble, en ésto también se ha mejorado si tenemos en cuenta que en la época de Jorge Valencia Jaramillo ascendían a 900. Todos quieren estar en la feria y dar su conferencia o lanzar su libro. O no hay suficiente actividad cultural durante el año -o hay demasiada- pero la puja que se da por este espacio es un hecho sintomático que debería analizar el Ministerio de Cultura. Entiendo que el proceso de escogencia es una complicadísima negociación donde la Cámara del libro no puede dejar por fuera a sus afiliados, ni a las universidades, ni a la instituciones oficiales que le hacen aportes económicos, pero se impone una selección más rigurosa si pretendemos hablar de una "feria internacional". Y no nos digamos mentiras: pueden ser contados con los dedos de una mano las personalidades de talla que nos han visitado. Por ejemplo, los escritores italianos de este año son unos ilustres desconocidos. La excepción es Valerio Massimo Manfredi, en realidad más conocido por ser el autor de un best-seller mundial, Alexandros, de dudosa calidad literaria. Cuando se hacen estos cuestionamientos sobre la importancia de la feria, la respuesta de los editores y de los organizadores es contundente: en un país donde poco se lee, es una semana en la que el libro es el protagonista, es una oportunidad, un espacio que no debe desaprovecharse. Y no debe ser nada despreciable para ellos el lugar donde se realiza la mayor venta al detal de libros en Colombia. "Entre la pena y la nada, elijo la pena", decía un personaje de Faulkner. Desde luego que es mejor que exista la feria a que no exista, nadie lo pone en duda. Pero es necesario seguirla depurando. No es difícil que llegue a ser un evento comercial de importancia regional, y no es utópico aspirar a convertirla en un acontecimiento cultural de magnitud. Creo que nos está haciendo falta una Fanny Mickey para la feria del libro. Por lo pronto, para no sucumbir en ese alud de eventos, les sugiero mirar con detenimiento el folleto de Programación cultural -siempre hay interesantes actividades culturales- y me permito recomendarles, por temas, algunas novedades en libros:
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