Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1985/12/23 00:00

UNA FORTALEZA EN LA PLAZA

Desde sus orígenes, el Palacio de Justicia fue objeto de controversia.

UNA FORTALEZA EN LA PLAZA

Los recientes sucesos violentos que tomaron lugar en el Palacio de Justicia de Bogotá, encontraron en aquel edificio no sólo el escenario inerte, sino un verdadero participante activo, como recinto cerrado con única abertura sobre la Plaza y sus muros como de fortaleza. El edificio, casi tanto como la guerrilla que allí se encerró, opuso resistencia a los embates de helicópteros, soldados, policías y tanques. Y ahora, con sus marcas de incendio y cañonazos, con sus vidrios rotos, constituye la ruina más vistosa de la ciudad de Bogotá, consecuentemente visitada por cientos de curiosos, quienes le dan la vuelta y comentan azorados los detalles de la batalla campal que vimos por las pantallas de T.V.; esa especie de "magníficos" a la colombiana, que detuvo el pulso del país durante 28 horas. Asi, marcado por la historia que le llegó de sorpresa, el Palacio de Justicia es, ciertamente, más interesante y, por qué no decirlo, más hermoso que cuando sin cicatrices campeaba por sus fueros en la Plaza de Bolívar y amedrentaba con su "nuevismo" a las otras construcciones allí existentes.
Ganador de un polémico concurso arquitectónico a comienzos de los sesenta, y original de la firma Cruz y Londoño, siempre fue objeto de consideraciones negativas por parte de los conocedores de la materia. Y si bien es cierto que "podría haber sido peor", según el decir de quienes se proyectaban, masoquísticamente, desde luego, hacia la posibilidad imaginaria de algún cuerpo edilicio con ladrillo a la vista y configuraciones retorcidas, a la manera paisaje-expresionista de reputados maestros locales, lo cierto es que el Palacio de Justicia siempre desentonó en aquel contexto. En primer lugar, porque es el único edificio de dicho entorno que no cuenta con un elemento de remate superior a manera de cubierta significativa, o cornisa que termine su supuesta composición de fachada. A su vez esto trae como consecuencia que los espolones con que se señala la zona de ventanas se fuguen hacia un vago espacio superior, desfondando la Plaza hacia arriba por aquel costado. En segundo término, también es difícil de entender por qué su falta de simetría sobre la Plaza y su descace con la centralidad del Capitolio, al cual enfrenta directamente. Pero lo más grave es el carácter introvertido del edificio, que precisamente lo convirtió en tan buena fortaleza. A este respecto es bueno anotar que es realmente incomprensible que un edificio público, situado sobre un espacio público, se cierre de manera tan insistente al exterior. Con una sola puerta de entrada, no muy generosa proporcionalmente hablando, y a la cual hay que acceder a través de unas rampas bastante complicadas, el edificio no sólo antagoniza la Plaza, sino que con sus muros ciegos, cerrados, alienantes, mata la actividad de la Carrera Séptima. Muro obsesivo que sólo sirve para que sobre él se escriban consignas de diversa índole. Por la misma razón, el muro cerrado el edificio también tiene un impacto negativo, desvitalizador, sobre la Carrera Octava y sobre la Calle Doce. Para colmo de incoherencia, todo ello ocurre en contraste con el amable contexto creado por las sociables galerías del Palacio Liévano, por las bellas y cívicas transparencias de las columnatas capitolinas, y por las amplias terrazas de la Catedral, la Capilla del Sagrario y el Palacio Cardenalicio, así como por el patio esquinero abierto a la calle del Colegio de San Bartolomé.
En resumen, lo único que hizo el Palacio de Justicia para contemporizar con su plaza y vecinos fue vestirse de piedra bogotana, que siempre le lució demasiado nueva, casi que rechinante, hasta ahora cuando, historizado por las balas y el incendio, por el drama tremendo que en él se vivió, logra mimetizarse, finalmente, con las piedras más antiguas que lo acompañan. Por eso sera un error restaurarlo. Es mil veces preferible que lo dejen así, como ruina urbana y escarnio de los violentos, o que lo tumben y se llame a concurso que provea una nueva discusión sobre el uso de la arquitectura en el espacio de la ciudad.

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