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| 6/25/2001 12:00:00 AM

Una magnífica despedida

Al cumplirse un año de la muerte de Tito Puente, su más reciente grabación se sostiene como un documento que hermana a la salsa con el ‘latin jazz’.

Algo estremeció los corazones de miles de personas cuando, hace un año, se supo que el de Tito Puente ya no marcaba su compás. Incluso The New York Times, que como cualquier periódico relega la información cultural a las últimas páginas, publicó ese día su foto en primera plana y no tuvo ningún reparo en llamarlo “el músico latino más importante de la segunda mitad del siglo XX”.

Tito Puente seguía vital a la hora de tocar sus timbales, pero ciertos gestos daban la impresión de que se estaba despidiendo. Horas antes de entrar al hospital llamó a la casa de su amiga Celia Cruz para dejar sus últimas palabras en el contestador automático. Y supervisó hasta el último minuto la grabación de un álbum final que hoy nos recuerda, a manera de testamento, lo que es la buena salsa.

Masterpiece es un álbum especial por donde se le mire. Como documento histórico registra la única colaboración de Tito Puente con el pianista Eddie Palmieri. Como despedida de un gran percusionista es, sencillamente, inmejorable. Y como aporte al lenguaje de la salsa, bien puede ser la tabla de salvación que necesitaba el género.

Tanto Puente como Palmieri venían de trabajar, en los últimos años, melodías y arreglos mucho más cercanos al latin jazz. Entre tanto, por obra y gracia de artistas petimetres, la salsa que ellos habían ayudado a consolidar se transformaba en un amanerado canto al amor carnal. Claramente, los intérpretes jóvenes no habían entendido de qué se trataba la cosa porque, como bien lo ha explicado el veterano comentarista Felipe Luciano, “un cha-cha-chá bien tocado evoca sensualidad en vez de sexualidad”.

Entonces, en medio de ese panorama desolador, Tito Puente y Eddie Palmieri decidieron que tenían algo que decir al respecto. Masterpiece es como un manifiesto donde se nos hace saber que, para reencauzar la salsa, hay que volver a tener en cuenta esa hermandad con el jazz que tuvo en un comienzo.

Las clásicas orquestas latinas que hace medio siglo amenizaban la vida nocturna de Nueva York (la de Tito Rodríguez, la de Machito, incluso el mismo Tito Puente) no asociaban el éxtasis con la narración explícita de aventuras eróticas, sino con la espontaneidad y la energía de sus instrumentaciones. El disco de Puente y Palmieri es, quizás, el único disco de salsa que uno pueda escuchar hoy donde los solos de piano, timbal y vibráfono tienen más peso que las letras.

La música tropical de estos tiempos ha olvidado ese elemento de improvisación que era el sabroso núcleo de lo que se llamaba “descarga”. En ese sentido, uno agradece que Tito Puente haya dado cierre a su carrera musical hermanando los dos géneros que cultivó toda su vida. Ha tomado lo bueno del latin jazz para enriquecer la salsa: una magnífica despedida porque, en el contexto de su discografía completa (que supera la centena de títulos), hace las veces de epílogo a tiempo que reflexiona sobre el futuro de la música latina.

¿Qué deben hacer, ahora, las nuevas generaciones? Ante todo, entender que la salsa es mucho más que una excusa musical para la pornografía. Y eso se hace adquiriendo conciencia histórica, que es el ejemplo que nos dan Puente y Palmieri en este álbum. Habiendo crecido en Nueva York, en ese sector latino del oriente de Harlem que se conoce como ‘El Barrio’, cierran su disco interpretando un canto de santería, explorando esa hermandad que tiene la salsa, ya no con el jazz, sino con Africa.
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