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| 3/6/2000 12:00:00 AM

Una muerte anunciada

A los 69 años murió Friedrich Gulda, uno de los grandes del piano y una especie de adelantado del ‘crossover’.

El 28 de marzo del año pasado una agencia de prensa austríaca recibió la noticia de la muerte del pianista vienés Friedrich Gulda. Por tratarse de una personalidad de su talla musical, iconoclasta, provocador y controversial, la noticia le dio la vuelta al mundo. Al día siguiente algo no encajaba muy bien, el cadáver no apareció y la familia no dio declaraciones. Dos días después Gulda apareció vivo y feliz de haber jugado otra de sus bromas macabras: “Quería saber cómo sería la reacción a mi muerte”.

Días después remató ofreciendo un Concierto de Resurrección en una discoteca de Salzburgo, al cual invitó a The Paradise Girls para compartir escena con él. En noviembre último hizo en la Musikverein de Viena una de sus últimas apariciones, denominada Concierto por la muerte de Gulda. Finalmente murió la semana anterior, de un ataque al corazón en su casa de Wiessenbach, a orillas del Lago Attersee en Austria.

Esas actitudes de Gulda irritaban profundamente al establecimiento musical vienés, que tuvo que soportar sus desplantes porque Gulda jugaba con el as de su talento descomunal.

Así fue desde niño. Inició sus presentaciones en público a los 14 años. La formación musical en la Hochschülle de Viena apenas le ocupó cinco años, porque a los 15 la interrumpió; al año siguiente ganó el Concurso de Ginebra, inició la carrera internacional y a los 20 llegó al Carnegie Hall de Nueva York.

Al principio su repertorio cubría desde Bach hasta Schoenberg; poco a poco lo fue limitando a Bach, Beethoven. Mozart, Schubert, Debussy y algunas obras de Chopin. En cambio, se sumergió en el mundo del jazz y a partir de la década del 60 se inició como compositor.

A partir de los 70 fue un pianista impredecible: se sabía que una presentación suya podía convertirse en una noche de jazz. Eliminó el traje de etiqueta y resolvió no volver a anunciar programas. Buscaba hasta la manera de evitar aplausos entre obras, gracias a un hábil manejo de las tonalidad que le permitía pasar sin interrupción, de los últimos acordes de un Nocturno de Chopin a los primeros de un Impromptu de Schubert.

Gulda de preciaba de poseer su talento desde siempre: “Normalmente uno es joven y estúpido, o viejo y listo. Pero ser joven y listo es un privilegio que yo disfruto plenamente”.

Sus desplantes fueron legendarios, como haber rechazado el Anillo Beethoven, luego recibirlo en 1970 y devolverlo a la Academia de Viena como protesta por el sistema educativo de su país que encontraba ‘acartonado’, o aparecer completamente desnudo, acompañado de su novia, también desnuda, para ofrecer un concierto en la televisión austríaca.

Cuando resolvió integrar el jazz y sus composiciones a sus apariciones, muy pocos pusieron el grito en el cielo: “Es que yo no tengo la intención de convertirme en un museo ambulante, el mundo moderno vive con el jazz, no con los grandes del pasado —y añadió—: Duque Ellington fue más grande que Boulez, Michael Jackson más grande que Rene Kollo y Keith Jarret un pianista más significativo que Horowitz... ¡o que yo!”.

Pero prevaleciendo sobre el escándalo siempre estuvo Gulda, el gran pianista, muy intelectual en su interpretación, dueño de una técnica asombrosa, muchas veces subjetivo en su aproximación estilística, pero poseedor de un sonido aplastante y con el don de revelar al público facetas de las obras, que nadie antes había conseguido descubrir: un genio.
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