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| 3/4/1985 12:00:00 AM

UNA MUJER CON ALGO DE HOMBRE

En el centenario de su nacimiento, Virginia Woolf es reconocida como la novelista más leída del siglo.

¿Qué necesita una mujer para escribir buenas novelas? ¿Renegar de su sexo o invocar el hembrismo? ¿Es que se requiere acaso despojarse de la condición femenina para acceder al privilegio del pensamiento como si la cultura entera estuviese edificada sobre los hombros masculinos?
Para responder estos interrogantes a la luz de la vida y la obra de Virginia Woolf, una de las naturalezas más dotadas de nuestro tiempo, ha sido necesaria la obra de su sobrino Quentin Bell, cuya cercanía a las fuentes de su vida se corresponde con la distancia ante el pensamiento de su biografía. Fiel a esa verdad histórica que fue a él por ella misma transmitida, Bell proclama que si el hombre no es enteramente masculino ni femenino sino más bien una mixtura de ambos, tampoco la literatura tiene sexo ni puede encasillarse en tan rigidos moldes de una matriz genética. Virginia Woolf era una representante genuina de sus ancestros; era una verdadera Mrs. Stephen. Asi fue siempre definida y se reclamó perteneciente a una raza muy definible. Dentro de sus leyendas familiares se creía que los Stephen nacían con una cola de dos centímetros y eran resultado de un modelo de conducta intachable.
Fueron todos escritores o tuvieron algún don artístico y experimentaron un placer en el uso de la lengua inglesa. Estuvieron siempre acostumbrados a ver la literatura más como un medio que como un fin.
La mente de los Stephen estaba conformada a la manera analítica de quienes reciben los hechos, los toman con la mano, les dan vuelta para una y otro lado y terminan componiéndolos a su manera. Pero esta fortaleza intelectual de los Stephen no se correspondía con la fragilidad física y anímica de Virginia que parecía más una escultura budista con cara de ciruela y párpados y boca finamente tallados. Pero detrás de esta figura frágil aparecía la intrepidez de una mujer que confesaba de sí misma que su audacia le aterraba.
Los padres de Virginia fueron un emigrante erudito y una mujer delicada prematuramente desaparecida, de los cuales Virginia tomó sus dos armas fundamentales en la vida: el amor y el conflicto. El epicentro de sus amores y conflictos no sería otro que su propia casa donde no sólo bullía el vigor de las ideas sino el furor de las pasiones represadas por esa atmósfera moral victoriana.
Virginia estuvo en medio de dos hermanos Thoby y Vanessa que representaban los dos polos del afecto humano: la niña encantada de dar y el niño de recibir. Virginia inevitablemente convirtió ese simétrico modelo de afectos recíprocos en un triángulo disputando con su hermana los favores de su hermano sin alejarse por eso de aquella más que por la manera de expresar el afecto. Su inteligencia en el dominio del lenguaje y su belleza pura obligaron a Vanessa a confesar: "Me recordaba siempre una pera en dulce de un especial color de fuego".
Pero su amor y su conflicto marcharon parejos en el drama familiar. El paraíso terrenal de su familia bien pronto se vino a tierra y desde un principio se sintió rodeada por la amenaza de la locura, la muerte y el desastre. A los trece años la muerte clavó su primer aguijón en su corazón adolescente y le quitó inmisericordemente a su madre Julia "Su muerte, fue el peor desastre que pudo ocurrir". Su hermanastra Stella vino a reemplazarla y sin quejarse se doblegó al yugo de su sexo, aceptando muy temprano obligaciones maternales. Dos años duró esta dicha y cuando Virginia celebraba sus quince años, otra vez la muerte arrebató a la madre sustituta. A la muerte de Stella, víctima de extrañas agitaciones, sucedió el golpe más duro en el alma de Virginia: su hermano Thoby moría en plena juventud víctima de un tifus. Fueron pues estas "furias moradas" las que se apoderaron de la mente de la joven escritora y las semillas de la locura se habían depositado muy temprano en su mente y su demencia no andaba lejos. "Me quejo por cualquier cosa... dudoso que sea efecto de los nervios". Más que el cáncer del cuerpo, este cáncer de la mente se abatía sobre su cerebro y los daños irreparables de aquellas furias se unieron a los escarceos sexuales de su hermanastro George de los cuales fue víctima propiciatoria.
Estropeada así en lo más íntimo de sus sentimientos, Virginia tuvo siempre sobre su cabeza esta espada de Damocles del sexo que se cernía sobre ella sin alcanzar a asimilarla plenamente en su acechanza. El drama de su ambivalencia sexual nunca lo resolvió y constituyó una fuente penosa de malestar que la precipitó sucesivamente en intentos suicidas hasta su fatal desenlace. En medio de una educación rígida y puritana, sexo y muerte eran tabúes que la excitarían permanentemente y traumatizarían su fina sensibilidad.
Esta sociedad de Cambridge que le tocó vivir a los Woolf era, en efecto, un lugar reservado a los hombres en el que apenas si podían irrumpir las mujeres como tímidas intrusas. Este antifeminismo agresivo imponía que las hijas fueran sacrificadas en favor de los varones. Aquí se gestó el drama de toda esta generación de mujeres cuyas vidas y talentos debían sacrificarse a sus maridos. Contrariando esta tendencia, Virginia se impondría mediante su talento y su talante y sería Leonard su esposo amantísimo quien sería preferido en favor de la carrera literaria de su mujer. Mientras todas las demás mujeres se dedicaban a cazar pájaros o descubrir paisajes, Virginia ya manejaba a los 16 años todo lo que se necesita conocer para escribir un libro.
Apenas contaba veintiún años y ya había alucinado al borde del mar su primer libro, pocos días después de la muerte de su padre. Desde ese mismo día empezó a labrarse para sí misma eso que más tarde invitaría a forjar a todas las mujeres de su tiempo: "Un cuarto propio". Así les dirá más tarde sobre su propia experiencia: "La primerísima frase que escribiré aquí, encabezando la visión de las mujeres y la novel, es que es funesto para todo aquel que escribe el pensar en su sexo. Es funesto ser un hombre o una mujer a secas; uno debe ser "mujer con algo de hombre" o "un hombre con algo de mujer". Es molesto para una mujer subrayar en lo más minimo una queja, abogar aun con justicia una causa, en fin el hablar conscientemente como una mujer. Y funesto entiendo mortal; porque cuanto se escribe con esta parcialidad consciente está destinado a morir"... Y luego añadirá: "No he expresado ninguna opinión sobre los méritos comparados del hombre a la mujer ni siquiera como escritores".
"Esto lo he hecho a propósito... porque aun suponiendo que hubiese llegado el momento de hacer semejante valoración... no creo que las dotes de la mente o del carácter se puedan pesar como el azúcar o como la mantequilla. Todo este competir de un sexo con otro, de una cualidad con otra, todas estas reivindicaciones de superioridad e imputaciones de inferioridad corresponden a las escuelas privadas de la existencia humana".
A pesar de que todas las pasiones, celos y ternura de Virginia fueron siempre para su propio sexo, jamás reclamó privilegio alguno ni concesión alguna a la llamada debilidad de sus pares sexuales. Y pese también a encontrar deleite alguno o inspiración erótica en el lado masculino y antes bien le repugnara el sentimiento sexual llegando al punto de confensarse cobarde en tal materia, sin embargo gustaba de ser admirada por su belleza, su inteligencia, su personalidad y se sentía halagada por un hombre que comprendiera el arte de hacerse agradable a las mujeres.
Su carácter andrógino la llevó a definir esa inestabilidad emocional suya como el permanente paso del frío al calor y miedo tenaz a si misma y las relaciones íntimas hasta llegarse a ver como un témpano de hielo, como una roca o una colina.
Sólo una personalidad que reclamara abiertamente tal condición híbrida de su ser pudo llegar a escribir a las mujeres palabras tan patéticas como éstas: "Os he dicho durante el transcurso de esta conferencia que Shakespeare tenía una hermana... murió joven y "ay" jamás escribió una línea. Ahora bien, yo creo que esa poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mi y en muchas mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando platos y poniendo a los niños en la cama. Pero viven porque los grandes poetas no mueren: son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne. Extrayendo su vida de las desconocidas que fueron sus antepasadas, como su hermano hizo antes que ella naciera. En cuanto a que venga, si nosotros no nos preparamos, no nos esforzamos, Y no estamos decididos a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar porque es imposible... Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena".
Así hablaba esta mujer de quien podría predicarse lo que la Letra Escarlata había anunciado siglos antes sobre el destino intelectual de la mujer: "Toda mujer que se atreva a meditar especulativamente, se entristece porque entiende que debe cambiar el mundo si quiere cambiar su destino".
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