Domingo, 22 de enero de 2017

| 2000/11/27 00:00

Una vida en los extremos

La mejor biografía sobre el pintor inglés Francis Bacon.

Una vida en los extremos

Un artista es una persona que ha inventado un artista, decía Harold Rosemberg. Nada más cierto en el caso de Francis Bacon, quien se inventó al pintor Francis Bacon, un hombre caótico y rebelde, mitad Rimbaud y mitad Genet; atormentado, alcohólico y homosexual promiscuo. Lo cual, desde luego, no reñía con la realidad. Pero se trataba de una imagen retocada, una versión de sí mismo que buscaba ocultar lo principal. Toda una estrategia de mistificación que esta juiciosa biografía ayuda a esclarecer.

Aunque era de temperamento alegre y conversador cuando bebía —y bebía con ganas—, ocultaba ciertos aspectos de su vida y de su obra. No en vano el día de su muerte, los medios de comunicación, ávidos de hablar sobre un personaje conocido mundialmente, sólo pudieron referirse a escasos fragmentos de su vida: Bacon había controlado el tipo y la clase de información que se publicaba sobre él, incluso llegó a iniciar acciones legales para impedir la publicación de libros sobre su vida y su obra que en un comienzo había alentado.

Según lo explica Michael Pepiatt, lo más interesante es que el férreo control excediera su persona pública y llegara hasta la interpretación de la obra. Por varias razones, Bacon quería que su obra fuera contemplada desde un punto de vista que no incluyera los datos biográficos. Aceptaba muchas influencias —que iban desde las pinturas rupestres hasta Duchamp y desde Esquilo hasta Eliot—, no obstante, en el momento en que le mostraban alguna conexión concreta entre su vida y su arte, se volvía elusivo aunque supiera, como Picasso, que “toda mi vida está en mis cuadros”.

Sabía que había padecido una serie de experiencias traumáticas que lo habían marcado profundamente. Sabía que ellas eran la clave y el alimento de su pintura. Pero no quería, por ningún motivo, restarles fuerza a sus cuadros. Estaba seguro que si una imagen podía ser explicada en palabras, no valía la pena: “Bacon creía que el enigma era el alma de toda pintura y por esta razón debía ser preservado de toda intromisión a cualquier precio”.

La gran mayoría de los cuadros de Bacon son una figura irreconocible y una cabeza asentada sobre algo no muy claro, con un título provocador. No hay historia, no narran nada. Es difícil —incluidos todos los pintores modernos— encontrar a un artista más oscuro. No tengo mensajes en mi pintura, no soy expresionista porque no tengo nada para expresar, sólo busco excitarme, solía decir, siempre tratando de dar la última palabra e imponer al público y a los críticos los puntos de vista ‘oficiales’ sobre su obra.

No habría ningún problema y estaríamos dispuestos a no replicar si la pintura de Bacon no fuera tan desgarradora, si no sintiéramos que hay una profunda verdad sobre la condición humana en aquellas violentas imágenes de cuerpos mutilados y sangrantes. A pesar de las fundadas (o infundadas) resistencias y contradicciones de Bacon, lo cierto es que no existe otra creación artística que, como la suya, haga indispensable conocer los datos biográficos para llegar a entenderla: “No hay artista en el siglo XX para quien la vida vivida y las imágenes creadas estén tan íntimamente mezcladas y sean tan interdependientes”.

De la mano de Peppiatt, quien fuera su amigo cercano —y suficientemente hábil para no caer en sus trampas—, podremos saber cuáles fueron aquellas experiencias definitivas que sin duda nos permitirán intensificar los significados de esta obra inquietante. Su estilo sobrio y riguroso, es otra garantía y otro acierto: en ningún momento se deja avasallar por una personalidad a la que sólo le interesaban los extremos más peligrosos de la emoción humana.

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