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| 12/18/2000 12:00:00 AM

Universo aterciopelado

Poco a poco los Aterciopelados han abandonando las referencias a lo provinciano y han acogido temas universales. Por eso su nuevo disco es el mejor hasta la fecha.

El más reciente proyecto de los Aterciopelados no se limita a lo discográfico, y tal vez ese sea el mejor signo de que están expandiendo su creatividad. Durante la gestación de canciones decidieron llamar a una respetable nómina de artistas plásticos colombianos para que elaboraran imágenes sugeridas por el disco. Al respecto habría que anotar que si la música es un arte que expresa lo indecible, por extensión manifiesta también lo invisible. Por tanto los cuadros deben ser entendidos como complemento de la música, no como una estricta traducción a imágenes de la obra de los Aterciopelados.

Pero los cuadros son comentados con más profundidad en otra sección de esta revista, así que centrémonos en lo puramente musical. En pasados álbumes los Aterciopelados encargaron la producción sonora a profesionales incuestionables, como Phil Manzanera, y por eso sorprende que ahora hayan optado por apersonarse del asunto. Héctor Buitrago se estrena como productor, mostrando una destreza inusitada en ese oficio nada fácil, en el cual se conjugan música y tecnología.

Y ese es, en verdad, el paso más importante para obtener una identidad musical. Porque hoy día no se trata sólo de componer canciones sino de crear para cada disco un sonido propio y característico. La supervisión de la ingeniería de sonido es quizá la mejor manera de lograrlo. Y sólo cuando se llega a ese punto un grupo ha alcanzado el dominio integral de su obra. El álbum Gozo poderoso debe ser, por ende, el mayor orgullo para los Aterciopelados y sus seguidores.

A mí nunca me gustó Mujer Gala, lo confieso. No pude entender cómo había gente que se desvivía por ese híbrido de punk y carrilera de su primera etapa creativa. Pero este nuevo disco es hondamente diferente, mucho más maduro, como es de esperarse de una agrupación que ha dejado de ser provinciana para abrirse al panorama del rock mundial. Bien es cierto que desde el principio había un elemento de plena originalidad: la voz de Andrea Echeverri, que uno nunca se cansa de ponderar. Ahora, sin embargo, son todos los componentes sonoros los que apuntan a un lenguaje propio.

Una de las gratas sorpresas es notar que los Aterciopelados abandonan poco a poco esa fórmula que en principio fue llamativa y luego empezó a desgastarse: el uso del lenguaje coloquial y la explotación de cierta cadencia del habla cotidiana. Las letras de este nuevo disco son mucho más depuradas y cuando, una vez más, echan mano del refranero popular para cantar La misma tijera, el recurso caduca en el contexto de esa nueva lírica del resto del disco.

Mucho más interesantes son temas como Chamánica o Esmeralda, que con misticismo rescatan cierta tradición indígena. Escuchando sus anteriores discos uno no sabía si al cantar cosas como “eche pa’la pieza” estaban reivindicando la cultura popular o simplemente se burlaban. En cambio, cuando en estas nuevas canciones se acercan a las culturas indígenas, es claro que lo hacen con reverencia.

Y como todo esto va sazonado por un sonido de alta calidad, a la altura de las mejores agrupaciones de rock del mundo, fácilmente se puede concluir que los Aterciopelados han alcanzado ese cierto nivel artístico que es la diferencia entre lo local y lo universal. Ahora tiene uno la impresión de que el mejor disco de los Aterciopelados es, siempre, el que está por salir. Y cuando a uno le sucede eso al escuchar un grupo musical es motivo suficiente para quitarse el sombrero.
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