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| 12/20/1999 12:00:00 AM

Va a crecer una mandrágora

Diez historias que muestran el desconocimiento que tenemos de los seres que nos rodean

Juan Villoro

La casa pierde

Alfaguara, 1999

284 páginas

$ 30.000



Si usted es un lector impaciente y se acerca a este libro con desconfianza —su autor no es muy conocido—, lo hojea, trata de adivinar a cuál de los 10 cuentos le apuesta, o mejor, le da una primera y única oportunidad, no vacile, empiece por el último, Corrección: es el mejor. Una pequeña obra maestra en un libro en el que hay muy buenos cuentos.

“Germán Villanueva habló para pedirme trabajo”. Así comienza. Germán Villanueva fue compañero del narrador, hace muchos años, en un taller literario. Era el más brillante. El que no se dignaba mirar sus mediocres trabajos. Hizo una fulgurante carrera pero ahora, entre la enfermedad y la droga, está destruido, para alegría de muchos en los poco nobles círculos literarios, donde la envidia parece estar bien repartida: “Parece que tiene algo en la sangre, ¿crees que será sida? —preguntó Katia en tono esperanzado—, con razón sus últimas cosas me parecieron tan herméticas. ¿Te digo algo? Germán siempre te tuvo envidia. Tú eres congruente, nunca has hecho concesiones, casi no publicas”.

Ahora Villanueva está en sus manos. La venganza será ponerlo de corrector de pruebas en la anodina y sin embargo próspera revista de los republicanos españoles en México que él dirige. Desde luego, ha tomado la buena precaución de no leer nunca los textos que publica. Un día llega, descompuesta por la ira, la colaboradora Julia Moras —una oscura ensayista de textos que nadie más publicaría: La emoción pánica del yo narrativo— para hacerle el reclamo sobre la manera infame en que le corrigieron el estilo de su artículo, convirtiéndolo en un desastre. Donde ella decía “juventud ubérrima”, le pusieron “novedoso”; “desapercibido”, lo cambiaron por “inadvertido”; “este manual puntual es emergente” por “este manual detallado cumple funciones de emergencia”. Además le corrigieron las citas.

El director promete regañar al culpable. Sospecha, y no entiende, que Villanueva pudo ver un sentido oculto a los galimatías de Julia. Villanueva apenas se defiende: ella hacía quedar a Unamuno como una bestia y simplemente él encontró una cita mejor. Acepta su excusa, pero le aclara que la idea de la revista no es convertir a las Julias Moras en Virginias Woolf. Una nueva llamada de Julia. Entra en pánico, sin necesidad: Julia, con una voz desconocida, pide disculpas. Había dejado de fumar y estaba ansiosa aquella tarde, explica. Esta vez, sólo quería comentarle que había recibido muchas felicitaciones por su ensayo. Hasta la llamó el crítico Simón Parra.

El director, de inmediato —siempre le habían gustado sus ojos encendidos— la invita a cenar para compartir su alegría. Terminan en un motel de la ruta a Toluca: “No fui yo en ese ensayo. Gustó mucho pero no fui yo. Me convertiste en otra”. Él acalla su sed de identidad con un profundo beso.

Después de Julia, la historia se repetirá con otras colaboradoras: Claudia, Lola, Montse, Marta. Hasta que él mismo —llevaba años luchando inútilmente con una novela— no puede resistir la tentación de pasarle sus borradores a Villanueva, el escritor acabado que sólo podía hacer buena literatura sobre textos ya escritos. Y ahí empieza el verdadero cuento.

Valga la pena aclarar que el humor no es el rasgo distintivo de la mayoría de estas historias, al contrario, el tono dominante es sombrío, inquietante. Porque tienen que ver con el deseo. Los relatos quieren escenificar y develar de algún modo ese mecanismo sinuoso y perverso del deseo. Y el deseo nunca es claro; mucho menos sencillo. En él, como lo sabía Freud, intervienen más de dos personas: es un juego de varios sujetos frente a un espejo. Un comentarista de boxeo conoce la culpa que sostiene en el éxito a su amigo campeón, tiene los hilos de su vida y pretende acceder a su esposa, eso cree; la mujer de un diplomático prefiere a su marido, pero le insinúa que en otras relaciones ha alcanzado más intensidad a través de un ritual de sangre, que ellos también podrían lograr. Dos hombres se instalan en una fantasía compartida para negar que una muchacha los abandonó. “Cuando él sintió que se vaciaba hacia el precipicio, ella dijo: va a crecer una mandrágora”.



Vladimir Nabokov

Opiniones contundentes

Taurus, 1999

179, páginas

$ 30.000

Vladimir Nabokov siempre fue un escritor original y provocador en todas sus opiniones sobre la literatura y sobre los escritores. Se burlaba de Dostoievski. Mejor aún: no lo soportaba. Conrad le parecía un escritor para adolescentes. En busca del tiempo perdido le parecía un bello cuento de hadas —la literatura en general le parecía un cuento de hadas— que decaía a partir del tercer tomo.

Pero no hay que tomarlo literalmente. En realidad lo que Nabokov quiere es quitarle el respeto sagrado que nos enseñaron a profesar por los clásicos, sin excepción. Hay clásicos que nos aburren y él nos da el aliento para decirlo, nos invita a proclamarlo. Dijo cuáles eran sus fobias, no para que lo imitáramos sino para que descubriéramos las nuestras sin temor a ser excomulgados de la República de las Letras.

Nabokov desconfiaba de la actitud pedagógica de querer encontrar “grandes ideas”, “grandes temas”, en las obras literarias. Para él, la literatura era el detalle, el divino detalle. Y había que leer con la espina dorsal. Opiniones contundentes: opiniones estimulantes.



Gabriel García Márquez

Carmen Sole Vendrell

El verano feliz de la

señora Forbes

Norma, 1999

28 páginas

$ 11.800

Una reedición del cuento de García Márquez, El verano feliz de la señora Forbes, con preciosas ilustraciones de la artista Carmen Solé Vendrell. Y una invitación para volverlo a leer como lo que es: un terrible cuento infantil.

Los miedos y las culpas y las oscuridades de la infancia están allí, en medio de la luz plena de una paradisíaca isla del Mediterráneo. En los ojos paralizados de los niños de la hermosa ilustración final, queda traducido todo el horror del crimen de la señora Forbes, esa imagen contundente que utiliza García Márquez para señalar el fin de la infancia.

El relato, como siempre ocurre en sus textos, es mucho más: una parodia al falso mundo de orden y razón que los adultos pretenden imponer a los niños. Una burla a los ‘rancios hábitos’ de la sociedad europea y a nuestra ridícula pretensión de imitarlos.
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