Domingo, 19 de abril de 2015

| 1999/12/20 00:00

VA A CRECER UNA MANDRAGORA

Diez historias que muestran el desconocimiento que tenemos de los seres que nos rodean.

VA A CRECER UNA MANDRAGORA

Si usted es un lector impaciente y se acerca a este libro con desconfianza _su autor no es
muy conocido_, lo hojea, trata de adivinar a cuál de los 10 cuentos le apuesta, o mejor, le da una primera
y única oportunidad, no vacile, empiece por el último, Corrección: es el mejor. Una pequeña obra
maestra en un libro en el que hay muy buenos cuentos. "Germán Villanueva habló para pedirme trabajo".
Así comienza. Germán Villanueva fue compañero del narrador, hace muchos años, en un taller literario. Era
el más brillante. El que no se dignaba mirar sus mediocres trabajos. Hizo una fulgurante carrera pero ahora,
entre la enfermedad y la droga, está destruido, para alegría de muchos en los poco nobles círculos literarios,
donde la envidia parece estar bien repartida: "Parece que tiene algo en la sangre, ¿crees que será sida?
_preguntó Katia en tono esperanzado_, con razón sus últimas cosas me parecieron tan herméticas. ¿Te digo
algo? Germán siempre te tuvo envidia. Tú eres congruente, nunca has hecho concesiones, casi no publicas".
Ahora Villanueva está en sus manos. La venganza será ponerlo de corrector de pruebas en la anodina y sin
embargo próspera revista de los republicanos españoles en México que él dirige. Desde luego, ha tomado la
buena precaución de no leer nunca los textos que publica. Un día llega, descompuesta por la ira, la
colaboradora Julia Moras _una oscura ensayista de textos que nadie más publicaría: La emoción pánica del
yo narrativo_ para hacerle el reclamo sobre la manera infame en que le corrigieron el estilo de su artículo,
convirtiéndolo en un desastre. Donde ella decía "juventud ubérrima", le pusieron "novedoso";
"desapercibido", lo cambiaron por "inadvertido"; "este manual puntual es emergente" por "este manual
detallado cumple funciones de emergencia". Además le corrigieron las citas. El director promete regañar al
culpable. Sospecha, y no entiende, que Villanueva pudo ver un sentido oculto a los galimatías de Julia.
Villanueva apenas se defiende: ella hacía quedar a Unamuno como una bestia y simplemente él encontró
una cita mejor. Acepta su excusa, pero le aclara que la idea de la revista no es convertir a las Julias Moras
en Virginias Woolf. Una nueva llamada de Julia. Entra en pánico, sin necesidad: Julia, con una voz
desconocida, pide disculpas. Había dejado de fumar y estaba ansiosa aquella tarde, explica. Esta vez, sólo
quería comentarle que había recibido muchas felicitaciones por su ensayo. Hasta la llamó el crítico Simón
Parra. El director, de inmediato _siempre le habían gustado sus ojos encendidos_ la invita a cenar para
compartir su alegría. Terminan en un motel de la ruta a Toluca: "No fui yo en ese ensayo. Gustó mucho pero
no fui yo. Me convertiste en otra". Él acalla su sed de identidad con un profundo beso. Después de Julia, la
historia se repetirá con otras colaboradoras: Claudia, Lola, Montse, Marta. Hasta que él mismo _llevaba
años luchando inútilmente con una novela_ no puede resistir la tentación de pasarle sus borradores a
Villanueva, el escritor acabado que sólo podía hacer buena literatura sobre textos ya escritos. Y ahí empieza
el verdadero cuento. Valga la pena aclarar que el humor no es el rasgo distintivo de la mayoría de estas
historias, al contrario, el tono dominante es sombrío, inquietante. Porque tienen que ver con el deseo. Los
relatos quieren escenificar y develar de algún modo ese mecanismo sinuoso y perverso del deseo. Y el
deseo nunca es claro; mucho menos sencillo. En él, como lo sabía Freud, intervienen más de dos personas: es
un juego de varios sujetos frente a un espejo. Un comentarista de boxeo conoce la culpa que sostiene en el
éxito a su amigo campeón, tiene los hilos de su vida y pretende acceder a su esposa, eso cree; la mujer de
un diplomático prefiere a su marido, pero le insinúa que en otras relaciones ha alcanzado más intensidad a
través de un ritual de sangre, que ellos también podrían lograr. Dos hombres se instalan en una fantasía
compartida para negar que una muchacha los abandonó. "Cuando él sintió que se vaciaba hacia el
precipicio, ella dijo: va a crecer una mandrágora". n En el deseo intervienen siempre más de dos personas
Novedades Vladimir Nabokov Opiniones contundentes Taurus, 1999 179, páginas $ 30.000 Vladimir Nabokov
siempre fue un escritor original y provocador en todas sus opiniones sobre la literatura y sobre los
escritores. Se burlaba de Dostoievski. Mejor aún: no lo soportaba. Conrad le parecía un escritor para
adolescentes. En busca del tiempo perdido le parecía un bello cuento de hadas _la literatura en general le
parecía un cuento de hadas_ que decaía a partir del tercer tomo. Pero no hay que tomarlo literalmente. En
realidad lo que Nabokov quiere es quitarle el respeto sagrado que nos enseñaron a profesar por los clásicos,
sin excepción. Hay clásicos que nos aburren y él nos da el aliento para decirlo, nos invita a proclamarlo. Dijo
cuáles eran sus fobias, no para que lo imitáramos sino para que descubriéramos las nuestras sin temor a ser
excomulgados de la República de las Letras. Nabokov desconfiaba de la actitud pedagógica de querer
encontrar "grandes ideas", "grandes temas", en las obras literarias. Para él, la literatura era el detalle, el
divino detalle. Y había que leer con la espina dorsal. Opiniones contundentes: opiniones estimulantes.
Gabriel García Márquez Carmen Sole Vendrell El verano feliz de la señora Forbes Norma, 1999 28 páginas $
11.800 Una reedición del cuento de García Márquez, El verano feliz de la señora Forbes, con preciosas
ilustraciones de la artista Carmen Solé Vendrell. Y una invitación para volverlo a leer como lo que es: un terrible
cuento infantil. Los miedos y las culpas y las oscuridades de la infancia están allí, en medio de la luz plena de
una paradisíaca isla del Mediterráneo. En los ojos paralizados de los niños de la hermosa ilustración final,
queda traducido todo el horror del crimen de la señora Forbes, esa imagen contundente que utiliza García
Márquez para señalar el fin de la infancia. El relato, como siempre ocurre en sus textos, es mucho más: una
parodia al falso mundo de orden y razón que los adultos pretenden imponer a los niños. Una burla a los
'rancios hábitos' de la sociedad europea y a nuestra ridícula pretensión de imitarlos.

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