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| 7/28/1997 12:00:00 AM

VANIDAD DE VANIDADES

En la exposición de Manolo Vellojín la muerte es una fiesta.

Tiene lugar en el Museo de Arte Moderno de Bogotá una muestra de los últimos trabajos de Manolo Vellojín, artista barranquillero que se ha distinguido por el ascetismo de sus planteamientos y el rigor de sus realizaciones. Su trabajo ha sido siempre geométrico y solemne, sin ninguna relación con la abstracción que estructura la naturaleza o con aquella que conceptualiza sobre los materiales o el espacio. La geometría en la pintura de Vellojín puede equipararse más bien con la severidad y hieratismo de las producciones románicas y con la ornamentación de las casullas y demás implementos de los rituales católicos. Su obra 'no es de este mundo' y por lo tanto no tiene nada que ver con operaciones matemáticas ni con ecuaciones algebraicas. Su trabajo se refiere el reino del espíritu, a lo sobrenatural, a lo intangible, y por eso el contenido de sus lienzos está más cerca de los planteamientos expresionistas de Kandinsky que de la reflexión constructivista que ha caracterizado la presencia de la geometría en el arte nacional.
El título de la exposición, Vanitas, reitera los objetivos espirituales en la producción de Vellojín puesto que se refiere a la tradición de los memento mori en la pintura de bodegones, a los recordatorios pictóricos de la inevitabilidad de la muerte y de la intrascendencia de los valores mundanos. Los Vanitas hicieron su aparición en el país en los tiempos coloniales (especialmente en pinturas relacionadas con María Magdalena) alcanzando un cierto auge en las primeras décadas de este siglo gracias a artistas como Francisco Antonio Cano, Roberto Páramo, Fídolo González Camargo y Pedro Alcántara Quijano. También Obregón y Botero han incursionado en las Vanitas, pero este género pictórico, por lo regular cargado de un fuerte simbolismo y de un claro contenido moral, no había sido tratado con propósitos abstractos ni evaluando la muerte como una liberación.
El trabajo de Vellojín ha sido por lo regular bicolor pero curiosamente los Vanitas son policromados, habiendo sido realizados mediante la adhesión al lienzo de una tela estampada con pequeñas flores amarillas y rosadas entre el verde del follaje. Son collages sobre pintura, y a pesar de que la tela representa de manera explícita un ramo infinito, son trabajos que no han perdido austeridad ya que tanto las siluetas como las líneas floridas siguen siendo exactas, de contorno definido y de composición nítida y simétrica. Por el énfasis espiritual, la obra de Vellojín se aleja definitivamente de algunos valores de la modernidad materialista estableciendo un puente con la producción de los artistas jóvenes más inclinados por la magia y el esoterismo que por la racionalidad y la objetividad científica. Por la misma razón la muerte en estas obras no se percibe como un final irremediable y triste sino como una ocasión de regocijo ante el triunfo inevitable del espíritu sobre la materia, como un festejo en que el color y la alegría son el aporte de las flores, símbolo de la brevedad de la existencia. Aparte del florero no hay objetos reconocibles en esta exposición. No hay elementos que impliquen riqueza, sensualidad o poder, principales debilidades en el lenguaje de los Vanitas, lo que lleva a sospechar que Vellojín se refiere realmente a la vanidad propia del arte, a ese aire de genialidad que el modernismo con su énfasis en la originalidad le concedió al trabajo artístico y que Duchamp hirió de muerte al impugnar con obras como el orinal la importancia del estilo y la autoría. Los cuestionamientos de Vellojín, sin embargo, son morales, como corresponde con una obra cuyo objetivo principal es la evocación de los ámbitos eternos e insondables del espíritu.
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