Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1987/06/15 00:00

VEINTE AÑOS SIN SOLEDAD

La obra que consagró a Gabriel García Márquez está de cumpleaños

VEINTE AÑOS SIN SOLEDAD

Los periódicos colombianos se chiviaron --y mucho-- hace veinte años. Por esos días de 1967 no incluyeron en sus primeras páginas, pero tampoco en las editoriales y ni siquiera en las secciones culturales, ninguna noticia sobre el hecho literario más importante del siglo: la aparición, en Buenos Aires, de "Cien años de soledad", la novela que marcó un rumbo y se convirtió en mito.
Por esos días, cuando las historias delirantes de Macondo recogidas en 500 páginas de libro se vendían como perros calientes en las calles de la capital de Argentina donde se había hecho la primera edición, la prensa nacional andaba en otra cosa: hablaba de los preparativos para la guerra de los seis días entre Israel y Egipto; mostraba al entonces alcalde de Bogotá, Virgilio Barco Vargas, inaugurando un tramo de alcantarillado en el sur; contaba los pormenores de un nuevo atentado contra el Sha de Irán en Berlín; lamentaba las muertes de Jayne Manfield y Primo Carnera; el presidente Carlos Lleras Restrepo advertía la necesidad de preparar gente para manejar al país y todo parecía tan cándido que un reporte de la Policía Nacional informó que en el último mes el número de muertos por violencia había subido a la escandalosa cifra de once. Pero nada de "Cien años..."
En las páginas dedicadas a la cultura tampoco. Se hablaba bastante de la película-sensación: Blow-Up, de Michelangelo Antonioni, en la que sobresalía el afiche aquel de Vanessa Redgrave tapándose los senos. Se polemizaba bastante sobre la renuncia triple que Marta Traba presentó a la Universidad Nacional en donde era profesora y directora de Extensión Cultural y del Museo de Arte Moderno. Se profundizaba en esa polémica por la "invitación" que recibió la crítica de arte a abandonar el país por motivos políticos. Se saludaba la idea de Jaime Manzur de montar la novela "María" en titeres. Se anunciaba la apertura de un concurso de cuentos patrocinado por el ingenio Riopaila con un premio mayor de siete mil pesos. Se recibía con entusiasmo el libro de relatos de Luis Antonio Escobar y se anunciaba con solemnidad un ciclo de conferencias dedicado a la obra de Julio Flores. Pero ni "Cien años de soledad" ni el nombre de Gabriel García Márquez aparecieron en los periódicos colombianos, mientras en el sur del continente empezaba un furor histórico por la aparición de la novela.
Esa efervescencia sólo la registró El Espectador, el treinta de junio de ese año, en la página cuarta, gracias a las noticias personales que uno de los "compinches" de García Márquez había obtenido. En efecto, láder Giraldo contó en una crónica de un cuarto de página aquella sensación que causaba la aparición de la novela del colombiano, de la cual ya se había agotado la primera edición de ocho mil ejemplares.
Sudamericana, la editorial argentina, que se aventuró a semejante tiraje inusual (los normales para un autor desconocido eran y siguen siendo de solo tres mil ejemplares), debió imprimir a las volandas esa misma semana una segunda edición, la cual, a su vez, también se agotó en los días siguientes, al igual que las otras sucesivas en los meses por venir de septiembre y diciembre... ¿De qué hablaba esta novela para capturar de esa manera tan inmediata y rotunda a los lectores más diversos tanto del exigente Buenos Aires como del resto del continente? ¿Quién era además ese afortunado escritor anónimo que de la noche a la mañana y sin ninguna publicidad distinta a la de su propia obra estaba barriendo las cifras latinoamericanas de venta? ¿Qué había escrito antes?
Las respuestas a estos interrogantes no podían ser menos paradójicas. Tenía 40 años, era colombiano, vivía en Ciudad de México, había publicado anteriormente cuatro libros sin el más mínimo éxito comercial, y el último de ellos, "Los funerales de la mama grande", databa de 1962. Desde entonces, se había refugiado en un silencio editorial producto de una curiosa esterilidad literaria.
Los que tuvieron la oportunidad de conocerlo y tratarlo en esa época anterior lo recordarían después como un ser torturado por el infierno más exquisito. Vivía cómodamente escribiendo para el cine y para la publicidad durante seis meses al año, y los otros seis se los dedicaba a la literatura. Pero no escribía en verdad porque parecía estar encerrado en un callejón sin salida. Un testigo casual de esa crisis literaria, el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, quien lo conoció en enero del 64, diría:
"Hablar con él de su obra anterior, elogiar, por ejemplo, "El coronel no tiene quien le escriba", era aplicarle involuntariamente las sutiles máquinas de la inquisición. Porque todo eso que empezaba a maravillar a los mejores lectores, a García Márquez le parecía nada. No renegaba de su obra anterior, pero en la situación en que se hallaba, las bellezas y aciertos de sus novelas y cuentos era como el inventario del error. Era lo que no había que hacer. Era un camino terminado".
Otros, como su amigo el poeta colombiano Alvaro Mutis, recuerdan que en esa época le oyeron decir en varias oportunidades que no volvería a escribir. Y no era para menos. Hacía años trabajaba en dos libros: una novela-río, iniciada y suspendida a la edad de 18 años, donde intentaba darle una salida literaria, integral, a todas las experiencias que de algún modo le hubieran afectado durante la infancia, un poema de la vida cotidiana en definitiva; y la otra obra, un tratamiento realista sobre un mitológico dictador latinoamericano.

La tensión del escritor
Todas las mañanas, religiosamente como un obrero u oficinista, se sentaba frente a su máquina de escribir, en el estudio de su casa en San Angel, en Ciudad de México. Pero después de una ardua mañana estéril apenas si lograba un párrafo que finalmente terminaba en la caneca de la basura. Incluso, hubo una oportunidad en la que logró avanzar 300 cuartillas sobre el tema del dictador pero que acabó rompiéndolas, insatisfecho del resultado.
Semejante situación debió haberle creado una tensión terrible, y otros amigos, como el poeta y cineasta catalán Jomi García Ascot, fallecido en 1986, recordarían a un García Márquez tan tenso hasta el extremo de estar, en una oportunidad, a punto de agredir a alguien que lo discrepó durante una fiesta. Tal era la caldera contenida que llevaba por dentro.
El encanto se rompería en enero de 1965, mientras guiaba su Opel por la carretera de Ciudad de México a Acapulco: "Un día, yendo para Acapulco con Mercedes y los niños, y sin saber porqué, tuve la revelación: debía contar la historia de la lejana novela de la adolescencia como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre para conocer el hielo".
Tenía tan madura la novela que habría podido dictarle, allí mismo, el primer capítulo, palabra por palabra --"muchos años después ante el pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo"-- a una mecanógrafa.
En aquel momento, García Márquez estaba lleno de compromisos profesionales, y trató de resolverlos rápidamente, pero fue imposible, no podía concentrarse en nada distinto a la novela. Es más, cuando por fin pudo iniciarla, debió suspenderla en una oportunidad para realizar un fugaz trabajo alimentario, pero fue atacado de un terrible dolor de cabeza, el cual solo cedió al reiniciar su escritura.
Inicialmente planeó que se demoraría seis meses escribiéndola, pero fue tan ambicioso y grande el proyecto que solo pudo finalizar año y medio después. Por supuesto, los problemas de esa época no fueron de palabras, sino económicos. Mientras él permanecia encerrado en su estudio, para financiar los gastos de la casa su esposa Mercedes debió primero empeñar desde el carro hasta la lavadora de ropa y finalmente endeudarse por una suma cercana a los diez mil dólares.
"Cuando el dinero se acabó, ella no me dijo nada. Logró, no sé cómo, que el carnicero le fiara la carne, el panadero el pan y que el dueño del apartamento nos esperara nueve meses para pagarle el alquiler. Se ocupó de todo sin que yo lo supiera: inclusive de traerme cada cierto tiempo 500 hojas de papel. Nunca faltaron aquellas quinientas hojas".
En aquellos tiempos los García Márquez estaban saltando matones económicos. Su situación estaba al borde de la desesperación, pero de ella salieron con dignidad gracias a sus buenos amigos de México y del exterior y a la generosidad de sus "proveedores" alimentarios. El escritor había llegado a México después de una odisea como periodista de la agencia cubana Prensa Latina, con sede en Nueva York. A pesar de su indiscutible calidad periodística y de sus simpatías por el régimen socialista cubano, el reportero García Márquez no tuvo fortuna económica con esa empresa. Se dice, incluso, sin que se sepa si eso es parte de la leyenda, que las prestaciones sociales le fueron desconocidas y, con centavos en su cartera, se fue a México con toda su familia a probar suerte. Para muchos de sus amigos, esa decisión de marcharse a México la tomó debido a la cercanía con Estados Unidos ya que en esa ciudad vivían amigos de la categoría de Alvaro Mutis.
A Mercedes le tocó lidiar no solo la economía doméstica sino incluso las terribles emociones del creador. Como cuando murió, en la novela, el coronel Aureliano Buendía. Sufrió mucho. "Yo sabía que de un momento a otro tenía que matarlo, y no me atrevía. El coronel estaba viejo ya haciendo sus pescaditos de oro. Y una tarde pensé, ahora sí se jodió. Tenía que matarlo. (`Entonces fue al castaño, dice la novela, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño'). Cuando terminé el capítulo, subi temblando a, segundo piso de la casa donde estaba Mercedes. Supo lo que había ocurrido cuando me vio la cara. Ya se murió el coronel, dijo. Me acosté en la cama y duré llorando dos horas".

Obrero de la literatura
Dos parejas de amigos --Jomi García Ascot y María Luisa Eliot, a quienes será luego dedicado el libro, y Carmen y Alvaro Mutis, a quienes le dedicará la versión francesa-- serán a su vez testigos cotidianos de este parto creador. Mutis, por ejemplo, recordará después cómo Garcia Márquez le comenta un día: "Voy a hacer levitar al cura". García Márquez le soltaba un largo rollo, que después resultaría distinto en el papel. Y en el libro.
Escribía, vestido con un overol azul de obrero, desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde, todos los días. Escribía en su estudio llamado por él de una manera cabalística: "La cueva de la mafia", un hogar dentro del hogar de los García Márquez, una celda monacal: un diván, la mesa con la máquina de escribir, estantes con libros, un bañito y, más allá de la ventana, un patio interior.
Sería ese patio interior donde encontraría la solución al enigma literario de cómo hacer subir en cuerpo y alma al cielo a Remedios, la bella: al ver las sábanas blancas que las muchachas colgaban en los alambres para secar la ropa. Su experiencia personal y maravillosa de meses atrás de extraviarse en el bosque de Chapultepec, cuando manejaba mientras llovía, le servirá para el poema del coronel del hombre que se pierde en la lluvia. La amarga y deprimente experiencia de tener que rehacer todos los días el trabajo del día anterior de un guión, escrito en compañía de Carlos Fuentes, sólo para complacer al director caprichoso, inspira a su vez el vicio solitario del coronel que hacía y deshacía sus pescaditos de oro. Cada fecha es una cita privada a un amigo. En fin, infinidad de claves personales, y así, rebosante de felicidad, García Márquez concluye en junio de 1966, 18 meses después de haber iniciado la aventura, su memorable mamotreto: 1.300 cuartillas.
Solo un mes después, es decir, en julio, escribiría un artículo, para El Espectador, con un título que lo dice todo: "Desventuras de un escritor de libros". "Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración, en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la lectura de un libro, se pregunten cuántas hora de angustias y calamidades domésticas les han costado al autor estas doscientas páginas, y cuánto ha recibido por su trabajo".
Probablemente García Márquez estaba pensando, al escribir el párrafo anterior, no solo en los lectores sino también en los editores. Durante el primer año de encierro, no recibio ninguna clase de oferta de publicación de parte de sus amigos editores mexicanos, con quien se emborrachaba todas las noches. Probablemente porque dichos editores estaban convencidos de que era un escritor minoritario. Sin embargo, en enero de 1966, García Márquez recibió una propuesta de la editorial Sudamericana de Argentina para reeditar sus libros publicados. Es decir: "La Hojarasca", "El coronel no tiene quien le escriba", "La mala hora" y "Los funerales de la mama grande". La respuesta fue inmediata y afirmativa además de ofrecerles el libro que estaba escribiendo.
También había sido ofrecida a una editorial española, Seix Barral, para más precisión. El rechazo por parte de esta editorial hace ya parte de la leyenda, y parece ser que la razón a la que aludieron fue que, siguiéndose por sus libros anteriores, ellos temían que el autor seguiría escribiendo sobre el mismo pueblito ese de Macondo. Lo cual, al resultar completamente cierto, no deja de ser bastante irónico. Fue allí donde radicó su éxito.
De manera que García Márquez concluyó su novela, y se dispuso a enviarla a Buenos Aires. Pero aún tendría que afrontar algunos otros inconvenientes. Uno, la secretaria que transcribía en limpio el manuscrito sufrió un accidente en una calle de Ciudad de México, al ser atropellada por un bus. Así, la sola copia que en un momento existió de varios de los capítulos voló por los aires y las calles de México. Afortunadamente, el accidente no fue de gravedad, y la secretaria logró recuperar las hojas dispersas.
Otro: para enviarlo a Buenos Aires, García Márquez necesitaba 160 pesos mexicanos. Pero Mercedes solo tenía 80. Debieron entonces dividir el manuscrito en dos partes, y enviar solo la primera. Para enviar la segunda, Mercedes debió empeñar lo único que le quedaba: su secador de pelo. No sin antes advertir: "Ahora lo único que hace falta es que el libro sea malo".
El otro inconveniente se presentó en la editorial Sudamericana, la cual afanada por publicar la novela decidió cambiar la portada ante el extravío del original enviado por el autor desde México. Había sido realizada por el pintor mexicano Vicente Rojo, amigo de los García Márquez, y quien entre otras cosas había logrado que la editorial Era, de México, publicara la segunda (la primera según el autor) edición de "La mala hora". De manera que es por esta razón que la primera edición de "Cien años de soledad" apareciera con la ahora incunable portada del galeón anclado en la mitad de la selva. Es esta edición principe; su fecha, la que se tomara siempre como referencia: 30 de mayo de 1967, cuando se terminó de imprimir en los talleres gráficos de la Compañía Impresora S.A., Buenos Aires.
Dos semanas después de que entrara en imprenta, salió a la calle la primera edición de ocho mil ejemplares. Se agotó. También se agotaron la segunda, la tercera y la cuarta edición de una novela que, antes de ser reconocida como la "Gran novela colombiana", capturó el título de "Gran novela americana". En tres años y medio se vendieron casi quinientos mil ejemplares y el nombre de García Márquez tomó tal vuelo que sus anteriores obras fueron reeditadas y de ellas se hicieron tirajes millonarios. La fortuna del talento comenzaba a sonreírle a quien había pasado tantos Inconvenientes económicos y a quien, en momentos, lo asaltaron dudas por su infertilidad literaria.
El ingreso de García Márquez al llamado boom había sido con bombos y platillos. En pocos meses se firmaron 18 contratos de traducción de "Cien años de soledad" y mientras las librerías en español no daban abasto para atender las demandas de los lectores cautivados, se hacían traducciones de la obra para la clientela de Estados Unidos, Francia, Italia, Finlandia, Brasil, Suecia, Alemania, Rusia, Noruega, Holanda, Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Yugoslavia (dos traducciones: serbo-croata y esloveno), Inglaterra, Dinamarca, Japón y Hungría.
Pero antes de que ese éxito comenzara a rodar por el mundo, "Cien años de soledad" tuvo una dificultad adicional: para hacer la publicidad de lanzamiento la revista Primera Plana envió a Ciudad de México al afamado periodista argentino Ernesto Schoó, quien escribió un reportaje titulado "Los viajes de Simbad García Márquez". El reportaje, que merecía la carátula de la revista con la foto de ese escritor con figura de charro mexicano y nombre desconocido, se aplazó una semana porque se atravesó la guerra de los seis días entre Israel y Egipto y el rey de la actualidad fue Moshe Dayan. Pero ocho días después la carátula y el reportaje saludaban ese éxito literario misterioso y definitivo. El reinado de "Cien años de soledad" había comenzado y, tanto la novela como su autor, empezaron a erigirse como leyendas vivientes.--

La voz de la crítica A veinte años de su primera edición, todo mundo tiene una opinión que dar acerca de "Cien años de soledad". Sin embargo, el reconocimiento del suceso que hoy en día representa esta novela no empezó, como podría creerse, en el momento mismo de su publicación. A diferencia de lo que ocurre en nuestros días cuando los suplementos literarios de los diarios del país están a la caza de las últimas novedades bibliográficas, ni El Tiempo, ni El Espectador publicaron nota alguna sobre la novela en el mes siguiente a su aparición, a pesar de que el Magazine Dominical de El Espectador entregó a sus lectores un año antes, como abrebocas, un anticipo del primer capítulo. Tal parece que los críticos del momento o se encontraban ocupados leyendo la novela, o muy asustados con lo que habían leído.
El primer estudio crítico aparece en el número 82 de la revista Eco, correspondiente a julio del 67. Se trata del artículo de Ernesto Volkening "Anotando al margen de `Cien años de soledad' de Gabriel García Márquez", que no por ser el primero ha perdido vigencia, pues sigue siendo de gran utilidad para los estudiosos de la obra. Después de la anterior publicación, y sin pretensiones eruditas, comienzan a desfilar opiniones y reseñas en todos los diarios y revistas del país. En el número 2620 de la revista Cromos, correspondiente a enero 29 del 68, Camilo Restrepo en su columna "A quien pueda interesarle" afirma que: "Ante la fabulosa novela todo se ha quedado pequeño: los ciclistas, Alvaro Mejía, el florero de Llorente, el Congreso Eucarístico, la Catedral de Sal, Carrasquilla, la millonada de dólares que nos van a prestar, Obregón, el Cordobés, se ha quedado pequeño hasta el largo Escallón...". Lo que no se quedó pequeño fueron los elogios que, con dejo de bacanería, lanzó Gonzalo Arango, con el seudónimo de Aliocha (Cromos, 2661, de noviembre 11 del 68) en su columna "Ultima Página": "Yo voy mis restos a García Márquez: porque es de los pocos escritores que en Colombia juegan limpio, y lo han apostado todo a la belleza y a la verdad, con una honestidad profunda, lúcida y digna del arte". Por esos días y con motivo del Reinado Nacional de la Belleza, la candidata María Victoria Uribe, descubriendo también sus preferencias literarias, le confesó a Alvaro Burgos que "el personaje que más me gusta de la novela de `Gabito' se llama Pilar Ternera". ("Pre-biografía de una reina" por Alvaro Burgos, en "Antología de grandes reportajes colombianos" de Daniel Samper P.).
Retomando la línea erudita, se sabe que toda gran obra de arte ha tenido grandes críticos, unos a favor y otros en contra. "Cien años de soledad" no podía ser la excepción: Agustín Rodríguez Garavito, escritor y periodista, responsable de la sección "El mundo del libro" del Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, en declaraciones aparecidas en el 2622 de la revista Cromos correspondiente a febrero 12 del 68 afirma: "Cien años de soledad" en una novela ambientada con fondo amargo, crispado y cruel. Pero no deja campo al optimismo. En Macondo todo es alucinante, grotesco, de un humor negro y sombrío; porque es una novela comprometida, mejor dicho, busca escarbar con pata de cabro todo el estercolero de los instintos humanos, imaginativamente prolongados por el autor que es un escritor verdadero, pero cruel y exasperado. La ficción se mezcla hábilmente con la realidad, pero el cuadro es desesperanzado. Su realismo que no es verismo, aclaremos, mantiene la cualidad de ser colombiano, pero aquella zarabanda grotesca y goyesca, sin evasión, es amargura y no es real... En cuanto a que `Cien años de soledad' sea una de las tres grandes novelas colombianas, es un juicio de prensa que corresponde muy bien a la hipocresía tropical en materia de elogios. Aquí se ama hasta el delirio o se odia con furor. No existe el término medio, amado por los tomistas, el equilibrio, la sensata madurez. No niego las calidades de la novela de `Gabito', pero considero que es superior `David, hijo de Palestina', de José Restrepo Jaramillo. Algunos han dicho que esta novela de García Márquez es `El Quijote de América'. Como puede usted apreciar esta clase de juicios dañados perjudican a los novelistas porque no se ajustan a una tabla de valores reales, sino que son hijos de imaginaciones despabiladas".
En fin, todo parece indicar que lo "real maravilloso" no fue invento de García Márquez, sino que es el espacio natural en el que se desenvuelve la realidad colombiana, pues, de qué otra manera se explica el silencio, al menos el de los medios impresos capitalinos, que acompañó el nacimiento de la gran novela colombiana.-

En borrador y en limpio
El 1° de mayo de 1966, un año antes de su publicación por parte de la editorial argentina Sudamericana, el Magazine Dominical del diario El Espectador publicó de manera exclusiva el primer capítulo de "Cien años de soledad", capítulo que, como a continuación se ilustra, sufrió varios cambios antes de aparecer en su versión definitiva.

El Espectador
*Macondo era entonces una aldea de veinte casas de adobe...
*Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero español...
*..., mientras chorreaba de sus sienes la vaselina derretida por el calor.
*...porque aquella vez los gitanos recorrieron la aldea con toda clase de instrumentos musicales, haciendo un ruido ensordecedor,... del más fabuloso descubrimiento de la ciencia babilónica.
*La primera vez que llegó la tribu de Melquiades vendiendo piedras contra el dolor de cabeza...
*Trató de seducirla con el hechizo de sus ilusiones...
*Aureliano, que iba a cumplir 6 años en marzo, era silencioso y retraído. Nació con los ojos abiertos. Mientras le cortaban el ombligo, no habiendo llorado ni siquiera con las tres nalgadas enérgicas que le dio la comadrona,...

Libro
*Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava.
*Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados y las tres piezas de dinero colonial...
*..., mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el calor.
*...porque aquella vez los gitanos recorrieron la aldea haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de instrumentos músicos,... del más fabuloso hallazgo de los naciancenos.
*La primera vez que llegó la tribu de Melquiades vendiendo bolas de vidrio para el dolor de cabeza,...
*Trató de seducirla con el hechizo de su fantasía,...
*Aureliano, el primer ser humano que nació en Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era silencioso y retraído. Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos. Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro reconociendo las cosas del cuarto,...

La Babel de cien años
Pocas obras literarias han alcanzado tantas y tan rápidas traducciones como "Cien años de soledad". A los pocos meses de salir a la venta ya había más de una docena de contratos listos para proceder a llevar la novela a ese número de lenguas. Se estima que la obra más célebre de García Márquez ha sido traducida a 36 idiomas, entre ellos el chino, cuyo alfabeto "no alcanza" a expresar todo lo que quiso decir el novelista y es, más bien, una versión libre del traductor. SEMANA presenta las carátulas y la primera y famosa frase de la novela ("Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento..."), en algunas de las ediciones extranjeras.

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