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| 2/19/2001 12:00:00 AM

Verdi de la A a la Z

El 27 de enero de 1901 murió Giuseppe Verdi, el más grande compositor italiano de ópera del siglo XIX. Su obra es punto de referencia del género en cualquier teatro que se respete.

Mas que un compositor Giuseppe Verdi, de cuya muerte se cumple un siglo, es uno de los símbolos de Italia. Varias de sus óperas coincidieron con momentos decisivos en la liberación y unidad del país.



Aída: La ‘ópera-espectáculo’ por definición es un drama íntimo, un triángulo entre Aida, la esclava; Radamés, el comandante del ejército, y Amneris, la hija del faraón. Creación de la madurez verdiana (1871) fue un encargo de Ismail Pasha para el Teatro Kedival de El Cairo, no para la apertura del Canal de Suez, como suele asegurarse.



Baistrocchi: El primer maestro le enseñó los rudimentos musicales en el órgano de la parroquia. El entusiasmo del niño se vio compensado con la espineta que le regaló su padre, un hombre de escasos recursos económicos.



Camelias: La dama de las camelias, la mujer de dudosa reputación, víctima de la sociedad, lo fascinó. Dumas, autobiográficamente, convirtió a Marie Duplessis en Margarita Gautier y Verdi la llamó Violetta. Entendía el tema porque vivía en unión libre con Giuse-ppina Strepponi. Estrenada en 1853, rápidamente se impuso como obra maestra. Ultima obra de la ‘trilogía popular’.



Diputado: Más que un músico, Verdi encarnaba la unificación. En 1870, sellada la unidad nacional, sus conciudadanos lo eligieron diputado para representar a Bussetto en la Asamblea de Parma. Como tal presidió la delegación que presentó el resultado del plebiscito al Rey Vittorio Emmanuel II.



Escudier (León): Muy ligado con la popularización de su obra, primero como director de la revista Francia musical y luego como editor fuera de Italia. Fue además uno de los artífices de la representación de sus obras en París.



Foscari: Con el estreno de I due Foscari (1844) se inició lo que él llamó “años de galera”. Consideraba estas óperas más producto de la presión que de la profunda reflexión. Basada en Byron, plantea por primera vez el conflicto entre la razón de Estado y el afecto.



Giuseppina Strepponi: La mujer más importante en su vida. Soprano excepcional y decisiva para que sus primeras óperas llegasen a la Scala. La reencontró en 1849 y a partir de entonces fueron inseparables. Se casaron en 1859, poco antes del estreno de Un ballo in maschera. Inteligente, paciente y abnegada, murió en noviembre de 1897.



Hernani: Su quinta ópera (1844). Aclamado por su patriotismo, momentáneamente dejó ese camino y le apostó al drama de Víctor Hugo, a quien no le hizo gracia ver su obra convertida en ópera. Triunfo inmediato en Venecia, en Italia y después en todo Europa. Por primera vez puso distancia con los convencionalismos en boga.



Icilio (y Virginia): Sus hijos del primer matrimonio. Virginia nació en 1837, Icilio al año siguiente. Verdi era feliz y llevaba una vida sencilla. Trabajaba su primera ópera cuando murió Virginia en 1838, al año siguiente se trasladó a Milán y murió Icilio.



Jorobado: Un jorobado que cante: fue su idea para Rigoletto sobre Le roi s’amuse de Víctor Hugo, estrenada en el Carnaval de Venecia en 1851. Primera ópera de la Trilogía, rompió convencionalismos con un drama de dimensiones extraordinarias que lo instaló como ‘renovador’ de la ópera.



Karajan (Herbert von): El más popular director de orquesta del siglo XX es uno de los grandes que se han aproximado con respeto e imaginación a su obra. Kleiber, Toscanini, Giulini, Muti, Abbado, Mehta, Levine, Bernstein y Chailly ratifican que Verdi es asignatura obligada de todo gran director.



Luisa Miller: Ópera de 1849 que cierra los patrióticos ‘años de galera’. Verdi convirtió el oscuro drama de Schiller en una pieza de aguda penetración sicológica e inició su madurez musical y dramática.



Margherita Barezzi: Su primera esposa. Se casaron en mayo de 1836 cuando era organista y profesor de la escuela de Busseto. Margherita murió en junio de 1840. La muerte de sus hijos y la viudez, a los 27 años, lo sumieron en la depresión.



Nabucco: Marzo 9 de 1842. El éxito clamoroso de su tercera ópera se debió a la calidad de la partitura y a la provocadora presencia de los soldados austríacos, que tenían bajo su yugo el norte de Italia. El coro de los hebreos cautivos en Babilonia, Va pensiero, generó una auténtica locura en los milaneses, que se identificaron con el drama bíblico.



Oberto (Conde de San Bonifacio): Su primera ópera, cálidamente recibida en 1839. Alcanzó 14 representaciones consecutivas y llamó la atención de Giulio Riccordi, quien adquirió los derechos para su publicación pues intuyó bajo el estilo ‘donizettiano’ al genio.



París: La ciudad para largas y fructíferas temporadas donde reencontró a Giuseppina. Para París escribió algunas de sus óperas más logradas: Les vêpres siciliennes de 1855 sobre la matanza de franceses en Sicilia en el siglo XIII, y Don Carlos sobre la Inquisición española, donde respetó convencionalismos franceses, incluido el ballet.



Quartetto en mi menor: Luego del Requiem a la memoria de Manzoni, viajó a Nápoles para supervisar una reposición de Aida. Allí escribió su único cuarteto de cuerdas, una de sus poquísimas obras de cámara, de admirable cuidado y refinamiento.



Roncole: La aldea, cercana a Busseto, donde nació el primogénito de Carlo Verdi y Luisa Uttini el 10 de octubre de 1813. El registro se redactó en francés porque la región era posesión napoleónica. Luego se convirtió en ducado de Parma, dominio austríaco, bajo la autoridad de María Luisa, ex esposa del emperador.



Shakespeare (William): El dramaturgo isabelino le atrajo desde su juventud. En 1847 llevó Macbeth a escena en Florencia. Con Shakespeare se despidió de la escena lírica en Otello (1887) y Falstaff (1893). Quedó en el tintero su plan de hacer el Rey Lear.



Trovatore: La segunda de la Trilogía sobre un aparatoso argumento de Antonio García Gutiérrez, de 1853. Aportó el personaje de la gitana Azucena, hilo conductor de la tragedia, en la línea de las grandes figuras maternales, atrapada entre el amor por el hijo y su sed de venganza por la muerte de su madre.



Un giorno di regno: Su segunda ópera de 1840 fue un fracaso. La Scala le solicitó una comedia ligera, e hizo lo que pudo, que no fue mucho: apenas se recuperaba de la muerte de sus hijos y su esposa. El libreto aportó al fiasco.



Viva VERDI: En plena reunificación, en 1859, en las calles escribían esta frase que descifraban con ingenio: “Viva Vittorio Emanuel, Re d’Italia”. Al fin y al cabo desde Nabucco, de 1842, su nombre se asociaba con lo patriótico.



Wagner: En la otra orilla de la ópera italiana. Richard Wagner nació el mismo año que Verdi y se proclamaba ‘adalid’ del futuro. Tratando de simplificar proponía el carácter sinfónico en sus óperas; Verdi buscaba el protagonismo de la vocalidad.



XXVI: Las óperas que Verdi escribió. No todas son populares: al lado de Aida, Rigoletto y Traviata hay maravillas menos conocidas: Simon Boccanegra o Don Carlos. Claro, hay obras menores, como Alzira y Giovanna d’Arco de 1845, los ‘años de galera’.



Yunques: El coro de yunques y martillos es el momento más popular de Trovador. El coro verdiano es capítulo aparte en la historia: su fama se cimentó sobre el de los de esclavos de Nabucco y el público siempre lo esperó con ansiedad.



Zenatello (Giovanni) & Ziegler (Delores): Zenatello fue uno de los supertenores de las primeras décadas del siglo XX, en tanto que Ziegler es la más grande mezzosoprano verdiana hoy. Hay una manera de cantar Verdi y no toda voz está en condiciones de afrontar un estilo que bebe por igual del bel canto de principios del siglo XIX que del refinamiento de fin de siglo. Verdi resume vocalmente todo lo que fue el romanticismo.
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