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| 11/17/1997 12:00:00 AM

VIAJE EN EL TIEMPO

La quinta donde vivió Simón Bolívar en Santa Fe de Bogotá está a punto de coronar su retorno hacia la época en que fue habitada por el Libertador.

En 1992 la quinta del Libertador Simón Bolívar, en Bogotá, estaba a punto de caerse. La humedad estaba destruyendo las paredes y de la cubierta de la casa, que mide el estado general de un inmueble, quedaban apenas algunos vestigios. El paso arrasador del tiempo había hecho su trabajo y las sucesivas intervenciones a lo largo de más de 150 años de historia le habían alterado su estructura original, alimentando un proceso de deterioro que no podía ocultarse más. Ante tan dramáticas circunstancias el entonces Ministerio de Obras Públicas y Transporte, a través de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, decidió poner manos a la obra en la tarea de recuperar el que es sin duda uno de los monumentos más representativos de la historia de la República. No tanto como patrimonio arquitectónico como por su inestimable valor como documento histórico. En su casa de campo capitalina el Libertador no sólo pasó sus más gloriosos momentos al lado de Manuelita Sáenz sino que, de hecho, fue donde, según algunos expertos, Bolívar habitó por más tiempo.Cuando en 1820 la Nación y el Estado de Cundinamarca decidieron regalársela a Bolívar, la quinta, una pequeña casa de campo sabanera pegada al cerro de Monserrate, fue remodelada según las exigencias del Libertador. El propio general Santander se encargó de dirigir la obra, la cual terminó con la adición de un salón comedor diseñado y decorado bajo un estilo afrancesado en total rebeldía con la tradición colonial española.Sin embargo, muerto Bolívar, la casa pasó de mano en mano por una larga lista de propietarios que la utilizó para los más diversos menesteres. La quinta del Libertador pasó de ser la finca de descanso del hombre más importante del surcontinente a convertirse en hospital de sangre, lugar de recreación pública, tenería y hasta fábrica de cerveza. Cada dueño fue reacomodándola según las exigencias de uso, subdividiendo habitaciones, reemplazando puertas por ventanas, clausurando corredores. Inevitablemente la casa fue perdiendo su ambiente original: el de la casa del Libertador. Así los trabajos de restauración, liderados por el arquitecto Gustavo Murillo Saldaña, estaban encaminados no tanto a sostener el inmueble sino a devolverlo en el tiempo hasta ubicarlo en la época exacta en que fue habitado por Simón Bolívar. Después de que la quinta fuera recuperada por el Estado en 1919 para declararla Monumento Nacional, la última intervención había ocurrido en la década del 40 con motivo de la Conferencia Panamericana. Los restauradores de entonces, tal vez llevados más por el gesto de ennoblecer la imagen del Libertador que por un juicioso estudio arqueológico del inmueble, terminaron haciendo de la quinta la imagen ideal de la casa en la que ha debido vivir Bolívar. Había terminado vestida de blanco y sus barandas pintadas de verde. Su interior, más que una casa, había quedado convertido en un museo. El espíritu de Bolívar se había quedado por fuera. Murillo y su equipo diseñaron un riguroso plan de investigación arqueológica e histórica que les permitió llegar a la casa verdadera, la misma en la que Bolivar se había desvelado por el futuro de la frágil República y en la que soñó con nostalgia con una América unida desde México hasta el Cabo de Hornos. Los resultados de la investigación fueron sorprendentes. El equipo de Murillo no sólo descubrió el lugar exacto de la cocina, con sus paredes marcadas de hollín, sus estufas, chimeneas y ductos de agua, sino que confirmó que allí donde los antiguos restauradores habían ubicado la cocina quedaba en realidad el granero. Así mismo, luego de un estricto análisis, recuperaron el suelo y las puertas y descubrieron, además, que la casa no era blanca sino que en realidad había sido pintada de diversos colores y con algunos adornos de pintura mural en sus paredes. En este sentido el descubrimiento más interesante sucedió en el comedor. Además de haber recuperado las puertas originales y los óculos que habían sido clausurados, el equipo de restauradores llegó a la conclusión de que las esquinas redondeadas del recinto habían sido pintadas originalmente con una imitación de mármol verde en combinación con zócalos de color rojo. El hallazgo fue tan sorprendente que armó una disputa enorme entre los arquitectos restauradores, la subdirección del Monumentos Nacionales y la Academia Colombiana de Historia. Algo similar ocurrió con la fachada. Luego de sucesivas pesquisas arqueológicas el equipo encontró que los pies derechos _o columnas de madera que sostienen el alerón del techo en el exterior y rodean toda la casa_ no eran tor-neados, como se creía, sino lisos y rectangulares. La casa, además, no estaba rodeada de barandas sino de un pretil o poyo, algo que cambiaba rotundamente la apariencia tradicional de la quinta. Ambos incidentes, el del comedor y el del poyo, armaron una polémica sobre la cual el propio Consejo Nacional de Monumentos no supo dar una respuesta certera. Después de haber aprobadola totalidad de la restauración terminó retractándose una vez escuchadas las airadas voces de rotesta de la Academia Colombiana de Historia y de la propia ociedad de Mejoras y Ornato de la capital, para las cuales, al parecer, más allá de la rigurosidad arqueológica debían tenerse en cuenta consideraciones estéticas. Elvira Cuervo, directora del Museo Nacional y miembro de la Academia de Historia y de la Sociedad de Ornato, aseguró: "Francamente el aspecto de la quinta con los poyos era muy curioso. La quinta parecía como una mujer musulmana oculta tras su velo. Y si a esto le agregamos un comedor rojo carmesí y verde pistacho la quinta tomaba la apariencia de un palacete tropical terrible. En las restauraciones también debe primar un poco de gusto y estética". Al final el concepto estético terminó primando sobre el concepto arqueológico, algo que no deja de molestar a los propios restauradores, quienes consideran que lo importante es que la casa refleje, según Murillo, "cómo vivió Bolívar y no cómo hubiéramos querido que viviera".Pero, más allá de la polémica, lo cierto es que la quinta del Libertador está retornando poco a poco en el tiempo hasta instalarse en la década de 1820. Más que frío museo, la quinta de Bolívar volverá a tener la vitalidad de las épocas remotas, aquellas en las que el Libertador, observando la capital desde el mirador de su casa de campo, soñaba con la gloria de América.
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