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| 11/23/2016 8:23:00 PM

Dicken Castro dejó la huella de su mirada

El diseñador y arquitecto antioqueño fue el autor de un legado imborrable en la memoria de los colombianos. Esta es una mirada íntima desde los recuerdos de su hijo Lorenzo Castro.

Camino a cualquier parte Dicken Castro siempre se detenía para mirar. A él le interesaba todo, desde cómo la luz del sol caía sobre un árbol hasta el diseño y los colores de una casa campesina. Esa mirada particular que compartía con los suyos es lo que más recuerda su hijo Lorenzo Castro.

Esta semana falleció este gran artista, uno de los pioneros del diseño gráfico y de la arquitectura en Colombia, reconocido por creaciones únicas, atravesadas por su forma de ver el mundo y por su capacidad de encontrar armonía en los objetos, las personas y la naturaleza. Descubría belleza en donde otros no la percibían, exaltaba eso que podía ser cotidiano y lo volvía algo sofisticado. La cultura popular fue una fuente inagotable de inspiración para sus creaciones.

Logo de Colsubsidio (1967). 

“Se fue el nadador, el arquitecto, el diseñador, el papá, el hombre que gozaba con todo, el bailarín, el ojo de lo popular, el ser de la Guadua. Estarás siempre con nosotros”, escribió su hija Rosalía Castro en su página de Facebook el lunes pasado.

Dicken nació en Medellín en 1922. Sus padres, Alfonso Castro y Mercedes Duque, lo criaron en un ambiente que de alguna manera estimuló sus habilidades creativas, su gusto por la literatura, la belleza y el arte. Era el hijo menor de siete hermanos. Desde pequeño acompañaba a su madre a la Catedral Metropolitana de Medellín, la iglesia más grande construida en ladrillo - a la vista por dentro y por fuera-, que siempre le gustó contemplar. Si a alguien admiraba era a su padre, al médico, político y escritor, y a su madre, arquitecta empirica, de quien seguramente heredó el aprecio por lo cotidiano.

En 1932 se mudó a Bogotá para estudiar el bachillerato. Recordaba en varias entrevistas que ese hecho le cambió la vida porque le permitió relacionarse con personas de otros lugares del país y abrir sus referentes sobre lo que significaba ser colombiano.

También se unió al Equipo Olímpico de Natación. Gracias al deporte pudo conocer otros lugares. Entre ellos Machu Picchu (Perú), la antigua ciudad Inca que describió como “uno de los ombligos del mundo”.

Archivo General de la Nación 1993.

Diez años más tarde ingresó a la facultad de arquitectura de la Universidad Nacional y tuvo profesores como Bruno Violi, Leopoldo Rother y Santiago de la Mora. Paralelamente, su interés por el arte precolombino lo llevó a estudiar antropología social que precisó su mirada sobre lo popular y la cultura prehispánica, temas recurrentes en sus investigaciones.

Dicken Castro también realizó estudios de postgrado en arquitectura en la Universidad de Oregon-Eugene (Estados Unidos) y allí mismo trabajó como profesor asistente. Se estableció por varios años en Seattle, Washington, y Nueva York. Además, fue ganador de una beca en Europa en 1959 y 1960 que le permitió ampliar su visión sobre la arquitectura y el diseño.

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La casita

La casita fue construida en el año 1963.

Aunque tenía mucho trabajo y aseguraba estar pensando siempre en el diseño, era un hombre al que le gustaba sacar tiempo para viajar en familia y para practicar natación, el deporte que le permitió estar lúcido y saludable hasta el final de sus días. “Cuando no parábamos para ver algo que a él le parecía bello, parábamos para nadar en cada charco que se nos cruzara. Amaba nadar”, relató Lorenzo a Semana.com.

Su hijo también recordó que su padre rescató muchas veces a personas de los ríos y del mar: “Me decía: ‘déjese llevar por la corriente. No luche contra ella que el río después lo saca’. Muchas personas le deben la vida y tal vez ni siquiera saben quién era ese hombre que les rescató”.

Logo del Museo Arqueológico La Merced de Cali 1980. 

Se casó con Lia, con quien tuvo cinco hijos: Jerónimo, ingeniero electrónico; Cristóbal, herrero; Lorenzo, arquitecto; Rosalía, comunicadora social; y Pedro, comunicador social. Su proyecto arquitectónico favorito fue  ‘La casita’, una habitación de 4x4 metros que era “un refugio para su familia”.

“Esa puede ser la obra maestra de mi papá en arquitectura”, afirmó Lorenzo. En ese entonces Dicken y Lia empezaron su proyecto de vida. Habían comprado un lote en Suba. Dicken se animó a hacer una casa de dimensiones mínimas con pino canadiense reciclado de la Corchera Colombiana y ladrillo artesanal de los chircales de Suba. Esta casa, de menos de 20 metros, con servicio de baño y cocina, puede alojar a cinco personas. 

 “La magia tiene esta casita es que se abre a una terraza exterior y se ciera por partes de manera que todo adquiere una doble o triple función y hace versátil un espacio muy reducido. Las camas se convertían en sofás, las puertas son plegables, el pórtigo es mesa a la vez y la chimenea al mismo tiempo es estufa…”, dijo Lorenzo.  

Dicken Castro diseño la plaza de Paloquemao. Los planos que presentó fueron aprobados en 1962.

La cómplice

Su esposa Lía siempre lo apoyó. “Mi mamá le daba el espacio a mi papá para que pudiera dedicarse a sus labores de diseño, docencia, fotografía y dibujo. Disfrutaba con él de sus viajes y gozaba cada una de sus propuestas", recordó Lorenzo. 

Lorenzo recuerda que su padre siempre aparecía con libros increíbles: “Y mi mamá se sentaba a su lado para mirarlos. Luego, mientras ella preparaba la comida mi papá volteaba los platos para dibujar".  Él siempre discuría en familia sus proyectos y ella le daba su opinión crítica. Su sensibilidad enriqueció el mundo de Dicken y fue el complemento necesario para sortear diferentes procesos creativos y construir juntos un proyecto de vida.

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“Era un gocetas”

Lorenzo recuerda que a su padre le encantaba disfrutar cada cosa que veía: “Era un ‘gocetas’. Hacíamos un viaje de tres horas pero terminaban siendo seis porque siempre había algo que le interesaba: bañarse en un río, dibujar un paisaje, contemplar la luz de un atardecer. Él siempre veía más allá, sabía poner la mirada en lo que nadie valoraba y obtenía de estas observaciones las fuentes de su trabajo. No importaba cuánto se demorara. Lo importante era el tiempo para mirar detenidamente".

Sus allegados lo describen como un hombre amigable, sencillo, inteligente, preocupado siempre por la identidad y las expresiones populares, de pocas palabras a la hora de describir su obra. Aquel que en las conferencias era capaz de responder a las preguntas pseudointelectuales “no te entiendo”. Podía hablar con los académicos y con los campesinos y gozárselo plenamente.

“No puedo separar al diseñador o al arquitecto del hombre que era Dicken… Yo decía que cuando fuera grande quería ser el niño que siempre fue Dicken Castro - dijo a este portal el artista y publicista Carlos Duque - Lo que él era como ser humano lo trasladó a su trabajo. Nunca tuvo poses, fue un artista virtuoso, trasparente, sincero, nítido, sencillo sin malabares. Lo mismo pasaba como ser humano, padre y esposo. Nunca hablaba mal de otros diseñadores, siempre tenía una calidez humana con sus compañeros”.

Duque agregó que Dicken era un hombre con pasiones muy marcadas como el arte precolombino, la guadua, el ladrillo y la fotografía. En su trabajo ve una muestra de la rigurosidad y la disciplina desde la arquitectura. La armonía en la organización, las proporciones, los espacios y el color: “No solo dejó muchas piezas, lo más importante es que dejó huella en la memoria de los colombianos”.

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Sus obras

A partir del 1 de junio de 1994 se dieron a circulación las monedas de 200 pesos.

Dicken Castro fue el autor de plazas de mercado como la de Paloquemao y del Restrepo, el teatro y refugio infantil del Club Los Lagartos, el Centro de exposiciones y bodegas de Alpopular en Ipiales, el hotel y centro de convenciones de Paipa, el edificio los Eucaliptos en Bogotá, premio latinoamericano de arquitectura y de numerosos proyectos de viviendas particulares.

Realizó importantes estudios sobre la guadua, un material al que consideraba “un milagro de la naturaleza”. La investigación que dio lugar a su libro La Guadua empezó en los años cuarenta. Sus resultados se difundieron en Estados Unidos, Europa y Japón. 

Símbolo del XXXIX Congreso Eucarístico Internacional (1968).

Como diseñador creó más de 400 logos para diferentes firmas y organizaciones. Entre ellos está el de Acerías del paz del Río, el del Archivo General de la Nación, el de Asocaña, el símbolo de la sala de música de la biblioteca Luis Ángel Arango, Cementos Diamante, central hidroeléctrica del alto Anchicayá, Museo Arqueológico La merced de Cali, Museo la Tertulia de Cali, el símbolo del Congreso Eucarístico Internacional, que para él es su obra maestra en diseño gráfico y el desaparecido símbolo de colsubsidio. Diseñó la moneda de 1.000 pesos, fuera de circulación y la moneda de 200 pesos que pronto correra la misma suerte. Fue nombrado Honoris Causa en diseño gráfico en la Colegiatura Colombiana, en Medellín, y Honoris Causa por la Universidad Nacional.

Logo Museo La Terturlia de Cali (1971).

“Los jóvenes tienen que aprender a observar (…) Han olvidado ver la pantalla gigante del mundo entero y se limitan a una pantallita”, solía decir ese hombre de mirada peculiar. 

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