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| 11/12/2001 12:00:00 AM

Vidas paralelas

El Museo Nacional abre sus puertas a una gran exposición de Alejandro Obregón y el MamBo lo hace con una muestra de Juan Antonio Roda, dos grandes maestros que tienen muchas cosas en común.

Lo siento mucho. Su hijo no tiene talento para esto”, fue lo primero que escuchó Pedro Obregón, padre de Alejandro Obregón, cuando llevó a su hijo a la Escuela de Bellas Artes de Boston para complacerlo pues el joven quería ser artista. Con un block de papel en blanco y un lápiz pintó el Discóbolo de Mirón pero no pasó la prueba. Optó por unas clases de pintura para niños en el sótano del Museo de Boston cuando él tenía 20 años pero, aun así, la profesora Miss Lebrecht seguía dudando de sus capacidades: “Now, children and…. Mr Obregón”.

Años después él contaría estas anécdotas con ironía aceptando que, contra todos los pronósticos, había logrado convertirse en pintor. Algo similar le ocurrió al maestro Juan Antonio Roda cuando supuso que le gustaba el arte pues su verdadera vocación era la escritura. Incluso alcanzó a escribir una novela en catalán que aún permanece inédita. Cuando era niño retrataba a los compañeros de su clase y, más tarde, en la Escuela de Artes en Barcelona, seguía haciendo decenas de retratos por encargo. “Yo pintaba mujeres con vestidos de noche, mujeres en un sofá, en una silla, en fin, yo me sentía Goya. Hasta que llegó un profesor que me dijo algo que cambiaría mi vida: ‘Lo que estás haciendo es horroroso’, recuerda Roda y agrega: en ese instante me di cuenta que la pintura no estaba hecha ni para ganar dinero ni para pintar señoras ricas”.

Así encontraron la pasión por el arte dos de los más grandes pintores en la historia colombiana: con tropiezos, con dudas, con muchas inseguridades. Pero entre ellos, aunque sus obras son totalmente diferentes, hay más cosas en común de lo que se podría pensar. No sólo porque los dos hayan nacido en España ni porque prácticamente tuvieran la misma edad (Obregón nació sólo un año antes, en 1920). Los dos expusieron por primera vez en Barcelona. Roda vivió en carne propia la guerra civil española mientras que Obregón, también en España, soportó la Segunda Guerra Mundial. Obregón fue vicecónsul en Barcelona en 1942 mientras que Roda fue cónsul en la misma ciudad entre 1983 y 1987. Pero también coincidieron en que Colombia era el mejor lugar para vivir, Obregón optó por la nacionalidad en 1941 mientras que Roda lo hizo en 1970.

Una coincidencia más entre dos pintores: fueron muy buenos amigos. “Alejandro era una de las pocas personas con las que yo podía hablar de arte. Muchas veces cuando yo iba a Cartagena lo visitaba y hablábamos horas enteras y discutíamos amigablemente: él defendía, por ejemplo, al Veronés, mientras que yo me inclinaba por el arte de Tintoretto”, recuerda Roda.

Obregón pensaba que el impulso, el instinto, era lo esencial, “el codo, el hombro, los dígitos, todo eso tiene una armonía propia que no es estudiada, es gestual, íntima… Es tratar de lograr, diría yo, una espontaneidad. Porque hay 80.000 millones de posibilidades en un brazo: flexión, giro con el hombro”, confesó en una entrevista pocos años antes de su muerte. Roda opina lo mismo:“En mi pintura no hay nada de mecánico. Tomo un color, que es lo primero que se me pasa por la cabeza pero jamás tengo claro qué es lo que quiero pintar. Cada cuadro me va llevando y cada cuadro es diferente”.

Los dos se han burlado del exceso de interpretaciones que sufre el arte. “Mi última exposición en la Universidad Nacional está compuesta por 12 pinturas negras de formato pequeño. Yo sé que el color negro es, por decir algo, dramático. Pero a partir de ahí se ha dicho que estoy pintando la guerra, la violencia, y no necesariamente es así”, opina Roda.

Obregón también terminó confesando en más de una entrevista que la constante aparición de cóndores, toros y barracudas, entre otros elementos, no se debía a ningún interés de generar símbolos como tantos críticos se propusieron descifrar. La barracuda lo impactó porque una vez cuando pescaba una de ellas lo atacó “y por poco me arranca la oreja”. El toro representa su pasión por la tauromaquia mientras que con el cóndor alcanzó a tener una amistad. Un cóndor lo visitaba casi todos los días en la Ciudad Universitaria, de Bogotá. Obregón lo alimentaba hasta que un día le pegó un picotazo después de que él le arrancara una pluma.

Para Roda el color azul es casi inevitable, “tal vez porque soy del Mediterráneo”, mientras que Obregón sentía fascinación por el gris. Los dos han coincidido también en que el lugar de trabajo marca la preferencia por los colores y que muy pocas veces recurren a la luz artificial.

“Yo no pinto ningún tema, pinto un cuadro como tal y ya”, dice Roda, como también Obregón afirmaba: “Los temas no existen. Es una sensación de ir ya al lienzo pero nunca pienso en hacer una serie de pinturas en torno a un tema o algo parecido”.

La pasión por Picasso también era común. “Cuando yo era niño no me gustaba para nada, pero cuando empecé a pintar hubo una época que sólo podía hacerlo como él lo hacía, con esas caras alargadas”, recuerda Roda. Obregón lo conoció en alguna ocasión en un bar de España, y así lo contó en una entrevista a José María Salvador, estuvo con él en la misma mesa. Picasso tomó unos tragos y mientras tanto hizo una especie de marranito con una caja de fósforos. Después se fue. “Eran las 6 de la tarde y todos nos quedamos para ver quién cogía el marranito. Nadie lo miraba pero ahí estaba el marranito. Se fueron yendo y yo me quedé de último con Oscar Domínguez. Eran como las 2 de la mañana cuando de repente entra Picasso y dice: ‘Se me olvidó esto’. Y se llevó el marranito”.

Obregón, Roda, dos vidas paralelas, cuyas obras estarán colgadas a tres cuadras de distancia .



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