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| 9/15/2012 12:00:00 AM

Viejas historias vueltas a contar

'Los 13 relojes', escrita por James Thurber en 1950, con ilustraciones de Marc Simont, es una fábula que se puede disfrutar a cualquier edad.

James Thurber
Los 13 relojes
Ático de los libros, 2010
119 páginas
 
Como es sabido, hay historias que pueden leerse desde los 8 a los 88 años. El Principito, Alicia en el país de las maravillas o Donde viven los monstruos son para niños, jóvenes, adultos y como se estila en el lenguaje políticamente correcto de nuestra época también para adultos mayores. En esa lista selecta yo incluiría sin vacilar Los 13 relojes, de James Thurber, un prodigio de narración, un libro que nos hace sentir niños sin dejar nunca de ser adultos. Neil Gaiman, el galardonado autor de cuentos y novelas gráficas, dijo lo siguiente sobre Los 13 relojes: “Es esa clase de libro. Es único. Hace feliz a la gente. Como los helados”.

Como los helados, las narraciones míticas y épicas hacen feliz a todo el mundo, si no que lo digan La guerra de las galaxias o El señor de los anillos. Y Los 13 relojes, tiene tanto de mítico como de épico. Por supuesto, ha sido adaptada al cine, al teatro y la radio. Y existe una grabación interpretada nada menos que por Lauren Bacall, Peter Ustinov y Edward Woodward. El comienzo no puede ser más prometedor: “Había una vez, sobre una colina solitaria, un castillo tenebroso con trece relojes parados en el que vivían un duque frío y agresivo y su sobrina, la princesa Saralinda. Ella era cálida, soplase el viento del norte o del sur, pero él era siempre frío”.

Con un ritmo cadencioso y poético empieza a desovillarse un relato que hemos oído tantas veces y que sin embargo nos sorprende. El duque malvado que tiene cautiva a la hermosa doncella a quien deberá rescatar un príncipe con su astucia y su valentía luego de superar difíciles pruebas. Sabemos en el fondo qué va a pasar pero no sabemos cómo va a pasar. No conocemos la variante de ese viejo mito en el que el caos y la maldad del mundo son derrotados por el orden y la justicia. No conocemos los detalles, los hechizos y encantamientos que nos tiene preparados el mago James Thurber. De qué manera el duque asesinó el tiempo, o cómo Gólux, un personaje encantador y sibilino, le ayudará al príncipe a superar las pruebas: “Parezco sólo la mitad de las cosas que digo que no parezco –dijo Gólux–. La otra mitad se parece a mí. –Suspiró–. Tengo que estar siempre que hay gente en peligro”. No hemos leído las hermosas palabras con las que se celebra la belleza de Saralinda, ni las divertidas coplas con las que el trovador desafía a poderoso duque: “¡Cómo ladran esta noche los perros!/ Ladran como si olieran a un ladrón./ Ladran a los que visten de terciopelo./ No ladran a este pobre trovador”.

¿Por qué un escritor del siglo XX decide un día escribir un relato mítico-épico? Dejemos que sea él mismo quien responda: “Escribí ‘Los 13 relojes’ en Bermudas, donde había ido a terminar otro libro. Que me pusiese a escribir este es un ejemplo de escapismo y falta de fuerza de voluntad. Pero a menos que recurra de vez en cuando a este tipo de mecanismos, no veo cómo puede evitar el hombre moderno volverse loco”. Para no volverse loco, he ahí la explicación de por qué esta historia con final feliz no nos parezca nada ingenua: parte de una necesidad vital y no del recurso fácil de utilizar estructuras narrativas ya probadas. En otras palabras, no se trata de ningún juego posmoderno en el que la excesiva ironía y distancia anula el efecto. Thurber cree absolutamente y por lo tanto nos hace creer en aquel mundo mítico-épico al cual se ha escapado. En 113 páginas apenas encontramos un pequeño guiño al lector moderno cuando el malvado duque dice lo siguiente: “Este cuento acaba demasiado bien para mi gusto -gruñó-. Lo odio”.

James Thurber publicó Los 13 relojes en 1950, con ilustraciones de Marc Simont. No obstante ser un notable dibujante, una temprana ceguera le impidió ilustrarlo él mismo. Esta hermosa edición de Ático de los libros, además de una nueva y magnífica traducción, ha recuperado las ilustraciones originales de Marc Simmont. Va de nuevo nuestro eterno agradecimiento a las editoriales independientes que siguen rescatando esas pequeñas joyas olvidadas de la literatura.
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