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| 3/4/1985 12:00:00 AM

VIENTOS PARA TEJER

Mezcla y choque de escrituras diferentes, la novela de Burgos exige la actividad del lector.

VIENTOS PARA TEJER VIENTOS PARA TEJER
El patio de los vientos perdidos. Roberto Burgos. Editorial Planeta. Bogotá, 1984.
El último cliente recoge de labio de la patrona la historia de la casa -"negocio de la dicha", "buque del amor"- para que no se hunda en el olvido. Ella tenía demasiadas palabras en la punta de la lengua y él se obliga a recibirlas para que los caprichos de la memoria no desmoronen el recuerdo.
En este personaje que escucha y cuenta, que escribe para revivir la vida como no fue, inventando el recuerdo y modificando el pasado, pues no otra cosa es para él la literatura, se autorretrata el autor de "El patio de los vientos perdidos". Y lo hace discretamente, en un extremo de la tela, en una figura al margen, según la mejor tradición pictórica. El personaje es un joven estudiante de Derecha venido al frío de la capital desde la costa colombiana del Caribe. La obra nos lo muestra solitario, en busca de historias que luego escribe a su manera para decir el dolor y la alegría de la gente. Y al final de sus monólogos, con fina atención, deja estampada su firma: Cantor.
Roberto Burgos Cantor, según nos dice la contraportada de su libro, nació en Cartagena en 1948 y padeció estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia. Ya había publicado antes un libro de cuentos, "Lo Amador", acogido con entusiasmo por muchos de sus lectores, no exclusivamente por sus amigos.
"El patio de los vientos perdidos" se parece mucho a lo que Roland Barthes denominó "texto" en su última época: tejido, perspectiva de fragmentos, mezcla y choque de escrituras diferentes, red de múltiples entradas, ninguna privilegiada; a él puede entrarse por cualquiera pues difícilmente se encuentra allí un principio y un final en el sentido de la convención narrativa. Lo que en él se trenza son voces, voces de monólogos que van tejiendo la trama de los sueños y de los recuerdos. El origen de las voces parece desvanecerse, nunca se nombra, es sólo una huella del paso de la memoria. Reconocemos la voz de Michi por su diálogo roto con el ausente Satchmo, por su obsesión de unir algún día el son de su saxo con la trompeta de Louis. Reconocemos la voz de Beny por los ecos de su soledad en el ring; la voz del escritor por su desconocida interlocutora, aludida con la palabra remember, y por sus reflexiones sobre el acto de escribir; la de Rosina por el anhelo y la desesperanza.
Como la poesía, éste es un libro que puede leerse fragmentariamente, tomando los capítulos como unidades autónomas cuyo valor no depende necesariamente del conjunto. Y puede leerse además, como la poesía, por lo que ofrece cada palabra y cada frase, por sus valores musicales o por sus imágenes. Un lector podría demorarse meses leyendo esta novela como si fuese un conjunto de poemas en prosa sin conexión narrativa entre ellos. Y leerlos en desorden, comenzando por la página donde eventualmente se abra el libro. Sería quizá renunciar a un aspecto fundamental de la obra, su historia, pero no necesariamente sería una lectura inválida. El libro lo admite. Incluso, por momentos, parece exigirla. El desprevenido lector que llega con ansia a devorarla como lo hace con las obras clásicas del género -desde Balzac hasta la novela policíaca- se tropieza con una cantidad de obstáculos que pueden desanimar su primer impulso: ante todo, se encuentra con que gran parte de la obra está compuesta por una serie de monólogos cuya remitencia a un personaje del relato debe ser reconstruída laboriosamente, uno por uno, por pequeños detalles, y no siempre logrará determinar con éxito quién habla.
En segundo lugar, el autor ha omitido en buena medida las señales de puntuación. Y ya se sabe cómo son de importantes las señales cuando se entra en territorios desconocidos. Leer así se convierte en un ejercicio creativo, que desequilibra todos los mecanismos con que se acerca armado el lector de novelas. Este viene para ser atrapado por el relato y se da de bruces contra un libro que exige, por el contrario, la actividad del lector, su colaboración en la organización formal del texto.
En tercer lugar, esta novela excluye lo que para algunos podría ser la más placentera convención del género: el orden cronológico que permite saber en todo momento de la lectura dónde estamos con relación al comienzo, cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces, qué ha sucedido hasta el momento y qué expectativas caben para lo que viene, lo cual es, en últimas, lo que llamamos suspenso, esa virtud de la narración clásica mediante la cual nuestra atención permanece en vilo, suspendida, y que nos obliga a leer de comienzo a fin, en orden, sin saltos. "El patio de los vientos perdidos" pertenece a otra estirpe literaria. Y no se trata de rupturas meramente técnicas, a las que ya estamos habituados por el cine, cuyos procedimientos asimiló la narrativa hace ya varias décadas. De la novela de Burgos no puede decirse que sea literatura de vanguardia en el sentido experimentalista que ya es hoy cosa del pasado. El desorden temporal de la narración no es en ella técnico sino de otro orden: jirones de recuerdo que aparecen dispersos aquí y allá a lo largo de todo el libro, pedazos que hay que juntar y que sólo puede hacerlo el lector cómplice, no a la manera de un rompecabezas donde todo tiene un orden al final y el papel del lector es reconstruirlo. Aquí no hay juegos de armar sino sentidos para tejer y destejer al flujo del lenguaje.
Sería ocioso discutir el valor narrativo de esta obra. O regresar a la inútil polémica sobre si es o no una novela. La sustancia narrativa es, en últimas, su savia vital. Al final, habrá que leerla necesariamente como novela. Como historia narrada. Narrada a pedazos, desde perspectivas múltiples, incrustada en un rico lenguaje poético. Pero novela, al fin. Sin embargo, lo narrativo no se entrega como regalo de entrada, para que luego el lector se recree en imágenes y música. Sino al contrario. Lentamente la poesía va entregando una historia y laboriosamente habrá que desprenderla de su engaste poético hasta tener todos sus hilos, sus personajes, sus acontecimientos fundamentales, su comienzo y su fin.

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