Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/10/02 00:00

Vigencia de la poesía

El último libro de Eugenio Montejo lo ubica como uno de los grandes líricos de nuestro idioma.

Vigencia de la poesía

Eugenio Montejo
Terredad
Biblioteca Sibila-Fundación BBVA, 2008
73 páginas


Si alguien me preguntara para qué sirve la poesía, qué tiene que ofrecerle al mundo de ahora, simplemente le diría: lea el libro Terredad, del poeta venezolano Eugenio Montejo (1938-2008), ahí encontrará todas las respuestas.

Terredad es un neologismo que acuñó Eugenio Montejo para sintetizar su visión de la poesía. Terredad: el misterio de estar aquí en la Tierra. Para él, es muy extraña la condición del hombre en la Tierra, de saberse aquí entre dos nadas, la que nos precede y la que nos sigue. Pero mejor oigámoslo en sus propias palabras: "Estar aquí en la tierra: no más lejos/ que un árbol, no más inexplicables; / livianos en otoño, henchidos de verano, / con lo que somos o no somos, con la sombra, / la memoria, el deseo, hasta el fin". Ese misterio y esa extrañeza nos impulsan necesariamente a la confraternidad y a la convivencia, a la necesidad de socorrernos unos a otros: a la religión.

La religión o lo sagrado. Hay que explicar con cuidado de qué manera su poesía utiliza dichos conceptos. En cierto modo, hay una conciencia moderna, escéptica, irónica: "Si Dios no se moviera tanto/ en las ondas del agua, / en el sol o los cuerpos". Sin embargo, existe también la claridad de que sin una vivencia de lo sagrado estaríamos perdidos. Ese es entonces el sentido básico de la poesía, impedir que muera del todo la noción de lo sagrado en los seres humanos. "La poesía es la última religión que nos queda", era una frase que solía repetir Montejo, según nos cuenta su amigo Rafael Cadenas.

Si me permiten el oxímoron en la siguiente pregunta: ¿se puede ser un religioso laico? Yo creo que sí y la poesía de Montejo nos lo confirma: "Para que Dios exista un poco más/ -a pesar de sí mismo- los poetas/ guardan el canto de la tierra. / Para que siempre esté al alcance/ la cantidad de Dios/ que cada uno niega diariamente/ y puedan ser al fin ateos/ los hombres, las nubes, las estrellas, / los poetas en vela hasta muy tarde/ se aferran a viejos cuadernos". La cantidad de Dios que hemos perdido no es una invitación al fanatismo religioso -que sobra por esta época furiosa-, sino a tener conciencia de nuestra arrogancia suicida: apenas somos huéspedes de la Tierra, unas creaturas vivas entre muchas otras con las cuales debemos convivir: "En el bosque, donde es pecado hablar, pasearse, / no poseer raíz, no tener ramas, / ¿qué puede hacer un hombre?". Se puede ser ateo, materialista y sentir la trascendencia de la vida, no su estúpida banalidad: "Dura menos un hombre que una vela/ pero la tierra prefiere su lumbre/ para seguir el paso de los astros… Y sin embargo, cuando parte /siempre deja la tierra más clara".

Como bien lo dice Antonio Deltoro, la terredad no excluye la civilidad en la poesía de Montejo; el sentido terreno de las cosas convive con la añoranza de las ciudades y de los viajes. "Mudanzas por el mar o por el tiempo, / en un navío, en una carreta con libros, / cambiando de casas, palabras, paisajes, / separándonos siempre para que alguien se quede/ y algún otro se vaya". Escribe para fundar una ciudad aunque no olvida Caracas, la ciudad perdida: "Tan altos son los edificios/ que ya no se ve nada de mi infancia".

Existen otros temas en este bello libro que no pueden ignorarse. Uno, la cotidianidad. Así como su poesía se ocupa de lo exterior, también aparece lo más inmediato que nos rodea, hay en un diálogo con la intimidad de las cosas: "¿Qué puede una mesa sola/ contra la redondez de la tierra? Ya tiene bastante con que nada se caiga/ cuando las sillas entran en voz baja/ y en su torno a la hora se congregan". Y dos, el deseo, sobre el cual escribe uno de los más bellos poemas: "Ningún amor cabe en un cuerpo solamente, / aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo; / siempre un deseo se queda afuera, / otro solloza pero falta". 

Sin retórica, sin grandilocuencia, con palabras sobrias y precisas, la poesía de Montejo nos despierta de nuevo a la maravilla del mundo. ¿Es la última religión que nos queda? No lo sé, pero me parece una religión mejor que la del dinero.

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