Viernes, 24 de febrero de 2017

| 1999/09/06 00:00

VIRREYES Y SANTOS

Después de cuatro años de restauración, y con una colección que ilustra el génesis del arte <BR>colombiano, el Museo de Arte Colonial reabre sus puertas.

VIRREYES Y SANTOS

El museo de arte colonial reanuda sus tareas después de cuatro años de suspensión,
durante los cuales fue sometido a inaplazables restauraciones para preservar suintegridad arquitectónica. El
Museo goza de especial consideración en el ámbito latinoamericano por la historia de la construcción que
habita y porque en su colección de obras producidas entre los siglos XVI y XVIII se revelan los síntomas
de una naciente idiosincrasia.
Existen discrepancias entre los historiadores sobre la autoría del edificio, la cual ha sido atribuida a Juan
Bautista Coluccini, constructor de la contigua iglesia de San Ignacio a pesar de las ostensibles diferencias
estilísticas entre los dos inmuebles, y también al alarife español Pedro Pérez, de quien no se tiene mayor
información. De todas maneras se trata de una de las construcciones más venerables que sobreviven de la
época colonial, la cual no sólo sirvió de sede a varias entidades educativas sino también al último Congreso de
la Gran Colombia, calificado por el Libertador como Admirable. El edificio, con su patio interior presidido por el
famoso 'Mono de la Pila', _el cual estuvo ubicado en la fuente de la Plaza de Bolívar que surtía de agua a la
antigua Santa Fe_ no podía ser más apropiado ni complementar con más coherencia el acervo que allí se
conserva.
La institución cuenta con una sala dedicada a exposiciones temporales que se inaugura con una muestra
sobre la Inmaculada Concepción, curada con evidentes conocimientos por la directora de la entidad, Teresa
Morales de Gómez. La muestra ofrece atractivas versiones de las dos iconografías más difundidas sobre esta
advocación: la tradicional de la Virgen con las manos en el pecho que se rige por las indicaciones de
Pacheco, el pintor iconólogo de la Inquisición, y la atribuida al escultor ecuatoriano Legarda, popular en el
sur de Colombia, en la cual la Virgen aparece en actitud guerrera y con agitado revuelo de su túnica y manto,
apabullando al 'maligno' con una espada o una cadena.
La instalación museológica ha sido realizada de acuerdo con el guión de Patricia García, curadora de la
entidad, cuya intención es esencialmente didáctica. Especial atención amerita la sala dedicada a Vázquez
y Ceballos, donde figuran trabajos tan destacados como su famoso autorretrato, Vázquez entrega dos de sus
obras a los padres agustinos, y en la cual se encuentran así mismo: uno de sus dos bodegones que han
llegado hasta nuestros días; la pintura de la Santísima Trinidad, en la que el artista se acoge a la discutida
versión de una persona con tres rostros iguales, y varios de sus 'almorzaderos', pequeñas pinturas que se vio
obligado a cambiar por comida. Es igualmente notable la sala dedicada a los retratos de los virreyes por
Joaquín Gutiérrez, a la cual se accede atravesando un espléndido dosel, y el salón principal, en el que se han
ubicado relevantes pinturas de los talleres santafereños. Allí aparece el inverosímil Santo Domingo en la
batalla de Monforte, de Acero de la Cruz, junto con lienzos de los tres Figueroa y de los hermanos
Fernández de Heredia, entre otros.
La sección de escultura cuenta con sobresalientes trabajos europeos y con numerosos ejemplos de la
escuela quiteña, entre ellos los tradicionales Pesebres, grupos de esculturas de rico policromado y delicada
encarnadura que proveen un agudo testimonio sobre los oficios y la vida en el período. Cuenta así mismo con
graciosos ejemplos de los talleres santafereños y boyacenses que hacen manifiesto el ascendente indígena
en sus formas, figuras y colores, entre los cuales debe resaltarse una atractiva Canéfora o doncella con una
canasta cargada de frutos tropicales en la cabeza. En esta sección se encuentra también la refinada
escultura San Joaquín y la Niña María, de Pedro Laboria, sin duda una de las obras más logradas del
barroco en Suramérica.
Un espacio destinado a objetos de la liturgia, donde se exhiben delicadas muestras de platería, otro
espacio donde se exponen bargueños o escritorios portátiles que ostentan finas incrustaciones en carey,
hueso y marfil, y un gran salón de mobiliario cuya instalación fue llevada a cabo por Pilar López, experta en
los patrones de la vida colonial, complementan el nuevo recorrido de este viejo Museo cuya colección,
aparte del deleite visual que suministra, permite comprobar la particular acepción que le otorgaron a los
estilos europeos los artistas neogranadinos, así como los inicios del mestizaje entre indígenas, negros y
blancos que le dio vida al arte nacional.

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