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| 8/15/2009 12:00:00 AM

Visita a la ciudad errante

Una de las novedades más importantes de la Feria Internacional del Libro , 'El viajero del siglo', del argentino Andrés Neuman, ganó el Premio Alfaguara. Comentario de Luis Fernando Afanador

El viajero del siglo, ciertamente, es una novela bastante ambiciosa. Se propone recrear el espíritu del siglo XIX en Alemania y en Europa. O, mejor, revisarlo a la luz del presente a través de una ciudad y de unos personajes inventados.

Hans, un viajero de procedencia desconocida, llega en un carruaje a Wandernburgo, pequeña ciudad situada entre Sajonia y Prusia. Wandernburgo, advierte el autor en una nota, quiere decir ciudad móvil, aunque, según Vicente Luis Mora, sería más preciso traducirla como "ciudad errante". En el transcurso de la narración, iremos percibiendo su carácter ambiguo e ilusorio: es un lugar de frontera, no pertenece del todo a Sajonia ni a Prusia; es católica, pero su entorno es protestante; sus calles se mueven, como si estuviéramos en un escenario cambiante.

Con su equipaje nada ligero -un pesado arcón cuyo contenido es misterioso-, Hans se instala en la posada de la familia Zeit y recorre la ciudad de trazado medieval y laberíntico, antes de seguir su camino hacia Dessau. Pero un viejo organillero con un perro negro en la plaza del Mercado, atrae su atención. Hans se hace amigo de este personaje inspirado en las canciones de Shubert, quien resulta ser un hombre sabio a pesar de su escasa educación y vive con Franz, su perro, en una caverna junto a un río en los extramuros de la ciudad. La música del organillero, evocadora de historias, será la culpable de que el trashumante empiece a aplazar indefinidamente su partida.

Aunque, al poco tiempo, aparecerá otro poderoso motivo: la joven e inteligente Sophie Gottlieb. Pese a su aspecto de sospechoso jacobino revolucionario. Hans logra introducirse en los salones de la burguesía local y es invitado a participar en la afamada Tertulia de los viernes, presidida por Sophie. El selecto grupo está conformado por una viuda, un retrógrado profesor y un matrimonio. Bajo la batuta certera de Sophie y en medio de una fina ironía, desfilan temas sesudos: el fracaso de la revolución napoleónica, la democracia, la religión,Goethe, Kant, Shopenhauer. Hans, el viajero de procedencia desconocida, se comporta a la altura de las discusiones, deslumbra a Sophie y lleva su cuota personal: el republicano español Álvaro de Urquijo, exiliado de la Inquisición y de la restauración borbónica.

Las coordenadas de la novela y sus impulsos narrativos están definidos. De un lado, la Tertulia y, para hacerla menos densa, el flirteo ilícito entre Hans y Sophie, que avanza lento entre juegos de palabras, sobreentendidos y sutiles abanicos. Hay que decir que los diálogos, con un lenguaje coloquial -y a veces satírico- también contribuyen a aligerar el ambiente. En contrapunto a la relación de Hans y Sophie, como un tema secundario, se va desarrollando el amor platónico de Lisa -hija adolescente de los dueños de la posada- por Hans. De otro lado, las conversaciones en la Cueva con el viejo organillero son igualmente profundas, aunque más lúdicas y populares. Asisten un campesino y un obrero, y se permite el juego de contar e interpretar los sueños. Y en medio, la ciudad, con sus tabernas, sus bibliotecas y sus plazas que se va viendo menos mágica y kafkiana de lo que prometía al comienzo. Lástima.

El elusivo Hans podría ser un extraviado habitante del siglo XXI que aterriza por azar en el siglo XIX para descubrir la actualidad y la vigencia de las preguntas que allí se hicieron y que siguen sin resolver. La gran metáfora de la novela es sugerente y sin duda estimulará los comentarios y las interpretaciones. "Abundante pasto para profesores", diría alguien. Por fortuna, el homenaje a ese siglo no es ni nostálgico ni beato: la novela folletinesca es transgredida por unas modernas -en su perspectiva- descripciones sexuales que son una maravilla de estilo. A mi juicio, su mayor logro literario, junto con las cartas. Una objeción: sinceramente, le sobran tertulias. Y unos cuantos poetas. Una vez que se consume el amor de los protagonistas y se dedican a hacer traducciones poéticas, el sexo se vuelve gimnasia. La subtrama policíaca inventada a última hora para resolver el anticlímax, no funciona. Al final hay que ayudarle a pedalear al moroso narrador omnisciente. Y eso no pasaba en las novelas decimonónicas. Creo que el problema es este: el autor, de una cultura impresionante para su edad, se engolosina demasiado con ella.

El viajero del siglo
Alfaguara, 2009
531 páginas
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