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| 8/11/2003 12:00:00 AM

Volar muy Aalto

Rogelio Salmona, condecorado en Finlandia con la medalla Alvar Aalto, habló con SEMANA acerca de los problemas de la arquitectura y el urbanismo contemporáneos.

El estudio de Rogelio Salmona, en el último piso del edificio de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, tiene una vista privilegiada sobre las Torres del Parque, en las que él llevó a la práctica varias de las tesis que ha sostenido durante largas décadas en defensa, a veces quijotesca, de la verdadera razón de las ciudades.

Acaba de ser premiado en Finlandia con la medalla Alvar Aalto, distinción que lleva el nombre del gran arquitecto finlandés, muy cercano a Salmona en su concepción de la arquitectura y su relación estrecha con la historia y la memoria, el entorno social y ambiental. Ambos han combinado formas precisas y proporciones elegantes con poco ornamento que fusionan arquitectura y paisaje.

Salmona tiene mucho qué decir acerca de las ciudades y el papel del arquitecto en un medio dominado por la especulación y la planeación abstracta y en frío. Por ese motivo, más que una conversación, su encuentro con SEMANA es casi un monólogo cargado de lecciones y una declaración de amor y odio a Bogotá, la ciudad que muestra con orgullo varias de sus obras más representativas.

"Entre los años 40 y el presente la modernidad fragmentó a Bogotá al modificar su estructura vial, urbana y espacial". Para él es claro que este abrupto rompimiento lo generaron razones especulativas y también "una dependencia cultural y del modelo de modernidad que llega de Estados Unidos". Una ciudad que durante varias décadas le dio la espalda al centro, que se refugió en suburbios, centros comerciales y conjuntos cerrados. "La introducción del transporte individual determinó una mutación que la fragmentó, la arrasó. El horror máximo son los conjuntos cerrados. La ciudad debe ser abierta, tolerante. Esos guetos son caldos de intolerancia. Si la ciudad es civilización, eso es barbarie, y señala un contraste necesario: Las Torres del Parque no tienen rejas, la gente circula libremente por sus espacios, enseñan a vivir en comunidad. Así debe ser la ciudad".

Considera que la televisión, el fax y el teléfono también hicieron que los espacios públicos dejaran de ser lugares de encuentro. "Las calles se convirtieron en vías de paso. La vida urbana se agitó y la velocidad innecesaria se convirtió en un hábito. Se perdió la errancia que tan bellamente cantó Baudelaire". Los habitantes se sienten en un territorio abstracto. No se identifican con el espacio público. "Los lugares que se modifican bruscamente, ya sea por razones especulativas o por ignorancia, producen distanciamiento entre el habitante y la ciudad, falta de compromiso y hasta agresión".

La poesía es un componente imprescindible en la arquitectura y el urbanismo de Salmona. "La ciudad está hecha de pedazos, de fragmentos, de ruinas, de misterios, esos son verdaderos vínculos entre el ciudadano y su ciudad. Sonidos, olores, colores y materiales conducen a una noción de ciudad anclada en la memoria sin la cual no puede haber poesía". Esta idea se contrapone "a la abstemia de la ciudad contemporánea, creada por una planeación fría y abstracta, por el dominio del dinero y el capital y por la falta de compromiso de sus gobernantes". Y agrega: "La arquitectura se esta convirtiendo en un montaje de elementos que no tienen ni siquiera la gracia de envejecer, no son capaces de producir bellas ruinas, como las que han existido hasta hoy".

A finales de los 50, tras la avalancha de la utopía modernista que homogeneizó y despersonalizó las ciudades contemporáneas, Salmona y otros arquitectos, como Guillermo Bermúdez, Fernando Martínez y Enrique Triana, entre varios otros, comenzaron a buscar alternativas que respetaran el lugar. "La arquitectura es la confluencia entre la historia y la geografía. Esos dos hechos nos obligan a introducirla en una forma más sensible y más consciente en el espacio de la ciudad. Cada arquitectura está hecha en un lugar determinado y no puede ser globalizada porque ni la geografía ni la historia se globalizan".

La arquitectura es mucho más que diseñar y construir. "La arquitectura debe verse como un servicio a la comunidad. Debe cubrir necesidades pero debe ir más allá de esas necesidades. Además tiene que durar. Lo que se propone hoy debe servir mañana. Requiere un gran conocimiento de la sociedad para saber cómo esa sociedad ha evolucionado y cómo las ciudades han llegado a ser lo que son hoy. Debe entender los fenómenos históricos para hacer propuestas adecuadas".

Los cambios que se han dado en Bogotá lo invitan a ser "escéptico pero optimista". Señala que Bogotá tomó conciencia de la pérdida de memoria y desapego y comenzó a recuperar su espacio público y su patrimonio. "Basta ver el apego que los ciudadanos han tenido con las bibliotecas públicas, que están creando un hábito. El hábito es fundamental para enraizar una comunidad. El hábito de la lectura, el hábito del recreo, el hábito del encuentro, no sólo el hábito de ir a los centros comerciales a mirar vitrinas y comprar cosas innecesarias".

Para terminar deja una reflexión: "La arquitectura debe vincular, tejer, unir. Incluso los edificios privados deben cumplir esa función. Y remata: La arquitectura debe crear felicidad".
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