Miércoles, 22 de octubre de 2014

| 1990/12/31 00:00

Volver la mirada

La Galería Diners expone los temas de ayer de Alejandro Obregón, pintados hoy.

Volver la mirada

Pocos artistas pordrían aceptar un reto como el que acaba de enfrentar Obregón y salir airosos. No es fácil emprender una retrospectiva en el alma, en el cerebro y en las manos y decidirse a pintar en unos cuantos meses los grandes temas de su carrera
Los escritores, muchas veces, en los años maduros, deciden echarle mano a la memoria y a la libreta de apuntes, para dejar en letra de molde eso que llaman autobiografía. Aparentemente habría una diferencia sustancial: el escritor se dedicaría a hacer un recuento de su vida y no al complejo ejercicio de redactar nuevamente su obra, en una especie de compendio. No obstante, en el caso de Obregón, vida y obra resultan una misma cosa. Gabriel García Márquez lo explica: "Todo lo hace así, como pinta, porque no sabe hacer nada de otro modo. No es que sólo viva para pintar. No: es que sólo vive cuando pinta". Entonces, en este sentido, no parecería un desacierto hablar de la "retrospecta" de su obra -palabra inventada por el propio Obregón que se expone por estos días en la Galería Diners de Bogotá, como de una autobiografía del pintor caribe.
Para lograr una prueba de este calibre se requieren muchas cosas. Se requiere haber vivido a plenitud cada instante de la pintura, haberse metido hasta el fondo de cada tema, haberlo sentido como una ilusión que se convierte en mito, para que la memoria no se encuentre en su camino de retorno con el estorbo que producen las cenizas de las pasiones apagadas. Se requiere, también, una obra uniforme, asumida con disciplina -sin que esta condición impida que la lucidez de los momentos de inconsciencia haga su aparición y, ante todo, se necesita gozar de una vitalidad extraordinaria. Obregin satisface todos y cada uno de estos requisitos, pero de manera especial el último. Si hubiera que buscar una característica para referirse a Obregón, ésta sería, seguramente, la vitalidad. Vale la pena volver al texto que García Márquez escribió para el catálogo que acomparta en estos meses una ambiciosa retrospectiva de Obregón en México -visible en Colombia a comienzos del 91-. "...Esas manos, dice Gabo, son el instrumento perfecto de una vocación desaforada que no le dado un instante de paz. Obregón pinta desde antes de tener uso de razón, a toda hora, sea donde sea, con lo que tenga a mano" .
La muestra consta de 25 cuadros, y se trata, como bien lo han dicho los galerislas, de temas de ayer, pintados hoy. Ahí están, con toda la fuerza de su pincel, con todo el encanto de sus colores y con toda la nostalgia del tiempo, los cóndores, los toros, las flores, los volcanes, las barracudas... el Caribe en pleno, el trópico ardiente. El mar que llega hasta su estudio cartagenero, que se cuela por los ventanales en fragancias salinas, que golpea las murallas de sus antepasados, que llega hasta el lienzo y lo llena de encanto, como invade los cascos de las embarcaciones hundidas. Temas de ayer, es cierto. Pero a la vez temas de siempre, porque de tiempo atrás han quedado plasmados en la memoria y sobre todo en el corazón de las generaciones que han visto reflejado su terruño en esos cuadros.
Renejado a través de ese expresionismo que se interesa más por capturar las sensaciones que por retratar paisajes o reproducir figuras. De hecho, alguna vez lo dijo el artista: "Un cuadro no debe representar. Debe exisxir a base de su propia energia" .
Esa es la clave, energía. Su obra es un derroche de energía, en la que el ojo de la barracuda; la aleta del tiburón, el pétalo de la flor, el cuerno del toro, la fumarola del volcán y el ala del cóndor se iluminan por arte de magia como los faros del Caribe. Ese Caribe, esa Colombia que Obregón ha convertido en símbolos pictóricos. "Hacia el final de los 50 se inicia la identificación del pintor con los paisajes simbólicos de su país. Mar, aire, tierra se vuelven playa y cordillera, pero los elementos iniciales siguen subsistiendo. A su vez, playa y cordillera son ámbitos, recintos reales y alucinados al mismo tiempo, donde los pobladores tienen una firme consistencia pictórica, iguanas, mangles, aves, peces, toros, cóndores, palomas, barracudas, comienzan a habitar esos recintos", así lo dejó escrito Marta Traba poco antes de morir.

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