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| 6/27/1983 12:00:00 AM

WILLIAM FAULKNER

La lectura de las "Cartas escogidas" deja la aleccionadora conclusión de que, tal como lo hizo Faulkner, hay que escribir las verdades del corazón.

En 1979, la editorial Seix-Barral publicó, por primera vez en español, "Banderas sobre el polvo" del escritor norteamericano William Faulkner, el único contemporáneo que ha sido capaz de crear un continente dentro de otro continente.
Dos años más tarde, apareció otro libro de Faulkner titulado "El campo, el pueblo, el yermo". El primer volumen de una colección que, bajo los nombres de los principales escenarios, reuniría sus relatos más sobresalientes, según el plan concebido por él mismo al ordenar sus narraciones para una edición norteamericana. Hace poco más de un año apareció un segundo volumen, "De esta tierra y más allá". Esos dos libros recogen muchos de los más importantes cuentos de Faulkner y, varios de ellos, llenan vacíos vitales dejados por sus novelas, del mítico universo del Condado de Yoknapatawpha.
A finales del año pasado, reaparecieron "Sartoris" e "Intruso en el polvo", dos importantes pilares del mundo ficticio de Faulkner, y que no se reeditaban desde 1953 y 1951, respectivamente.
En estas circunstancias, la aparición de un sexto libro que reúne buena parte de su correspondencia, "Cartas escogidas" (Barcelona: Seix Barral, 1983), constituye todo un acontecimiento. Estos seis títulos conforman, para el lector de habla hispana, un amplio panorama de este escritor que nunca se consideró un hombre de letras.
"Banderas sobre el polvo", por su parte, tiene una especial importancia. A pesar de ser la novela que inaugura el famoso ciclo sureño, sólo se publicó por primera vez en los Estados Unidos en 1973, once años después de muerto Faulkner. Terminada en 1927, fue rechazada sin miramientos por varias editoriales pues consideraron que en ella había tema para varias obras y que algunas de las historias que allí se narraban no tenían ninguna vinculación real con la anécdota central. Sólo hasta 1929 apareció una versión revisada y resumida -no fue Faulkner quien la realizó, por supuesto- con el título de "Sartoris" .
Desde entonces, todo el mundo, menos Faulkner, se olvidó de "Banderas sobre el polvo". El guardó el original olográfico y la copia mecanografiada y expresó en repetidas ocasiones su deseo de publicarla. Al fin y al cabo, allí se encuentran las raíces de lo que él mismo llamó su "actitud apócrifa":
"Aquel pedazo de mi tierra, casi tan diminuto como un sello de correos, era un buen material y nunca viviría lo suficiente para agotarlo. Y mediante la sublimación de lo real en apócrifo, tendría libertad absoluta para emplear el relativo talento que Dios me diera hasta sus límites más extremos ".
Y, en otra ocasión, refiriéndose -también- a su mítico Condado y su mapa, a sus seis mil y pico de blancos, sus nueve mil y tantos negros, sus dos mil cuatrocientas millas cuadradas y sus carreteras y ferrocarriles y tierras heredadas o usurpadas a los indios, explicó: "...es un terrón de tierra tan grande como el que mi corazón puede contener. "
Toda esta historia de las tribulaciones de esa novela, así como la trayectoria del autor que desde hace ya muchos años es considerado un clásico del siglo XX, alcanzan una perspectiva definitiva apartir de la lectura de su correspondencia. Efectivamente, Faulkner no era un hombre de letras. El oficio literario -obviamente- era motivo de reflexión personal pero nunca fue tema de discusión con nadie, menos por carta.
Como lo anota Joseph Blotner, autor de "Faulkner: una biografía" y quien tuvo a su cargo la presente selección, Faulkner no escribió una sola de sus cartas con el ojo puesto en la futura publicación. Son muy escasas, por no decir nulas, las referencias a los mecanismos de creación o a la sorda batalla que debió librar con muchos de sus personajes. A lo sumo rápidos y someros comentarios a lo que en ese momento lo ocupa. Entonces, sorprenden sus confidencias cuando en algunas de ellas dice que está escribiendo el mejor libro de ese año -precisamente "Banderas sobre el polvo"- o el más tortuoso de todos cuantos se han escrito -"El sonido y la furia"-.
Por el contrario, lo que sí permiten apreciar todas ellas sin la menor sombra de duda, es que en ningún momento tuvo, ni siquiera sintió -muy distinto a lo que ocurre con quienes se pregonan como sus discípulos- la veleidad de ocuparse de otros asuntos distintos a los que le imponía su oficio de escritor. Y nadie puede reclamarle a Faulkner una supuesta falta de compromiso, porque son pocos los que, como él, han luchado por la causa de los negros y de su país, ese Sur derrotado e invadido por los advenedizos del norte.
Por eso, a medida que se avanza en la lectura se perfila un hombre terriblemente modesto --"...el premio (dice en su primera declaración al serle notificado el otorgamiento del Nobel) no fue concedido a mí, sino a mis obras -recompensa a treinta años de agonía y sudor de un espíritu humano para hacer algo que no estaba aquí antes de mi, para levantar o quizás aliviar o cuando menos entretener el corazón del hombre".
Opaco, si se quiere, totalmente refractario a la publicidad y la gloria -a diferencia también de sus émulos que declaran en sus internacionales columnas periodísticas que la gloria es una suma de malentendidos, pero se arrastran tras ella- asumió su tarea con todos los riesgos que implicaba, empezando por las agonías cotidianas de dinero, pero repudiando siempre todo lo que tuviera el más mínimo parecido con el famoso plato de lentejas:
"Algunas cosas -dice uno de sus personajes de "Intruso en el polvo" y luego él repetirá en su discurso del Premio Nobel- jamás cesarás de negarte a soportarlas. la injusticia y la afrenta y el deshonor y la verguenza. Por joven que seas o viejo que llegues a ser. Ni por la fama, ni por dinero, ni por un retrato en el periódico y tampoco por billetes en el banco. Sencillamente te niegas a soportarlas. "
Esta recia actitud fue la que lo llevó a rechazar muchos honores: invitaciones a la Casa Blanca y otras mezquindades, a las cuales se someten felices y golosos otros que en mala hora aprendieron muchas otras cosas de él.
Cartas donde la cotidianidad, el afecto por lo suyos, las angustias de unos dólares para pagar el impuesto o el seguro o reparar su casa, constituyen el meollo de esas comunicaciones. A veces cortas, otras largas, todas ellas permiten -ante todo- acercarse a un ser humano, un hombre de carne y hueso, un caballero del Sur, que siempre se preguntó estupefacto cómo pueden existir personas en el mundo -con los editores a la cabeza- que sean capaces de robarle a un escritor: "Jamás se me ocurrió que alguien podía robar a un poeta. Es como robar a una prostituta o a un niño ", comenta en una de sus cartas, en que se lamenta de la actitud de uno de sus primeros editores.
A diferencia de otros que viven convencidos de que los honores y los reconocimientos a su labor literaria les otorgan facultades esenciales y pueden, como cierto remoto rey, convertir en oro todo lo que tocan, William Faulkner jamás -y esto es algo que también se deduce fácilmente de la lectura de sus cartas- sobrepasó su legítima condición de ser un escritor empeñado en la causa de su región y de sus gentes y nada mas.
Por eso es supremamente ilustrativa la aclaración que en 1945 él le hace a Malcom Cowley:
"El nombre es Falkner. Mi bisabuelo cuyo nombre llevo, era una importante figura de su tiempo y de su provinciano lugar. Era un prototipo de John Sartoris: reunió, organizó, financió y comandó al 2° de Infantería del Mississippi, 1861-1862, etc. Integró el flanco izquierdo de Stonewall Jackson en aquella tarde de la 1a. Manassas; tenemos una citación de John Longstreet, su superior, escrita después de la 2a. Manassas. Construyó el primer ferrocarril de nuestro país, escribió unos cuantos libros hizo la gira europea de su tiempo, murió en un dueló y el condado erigió una efigie de mármol que aún se encuentra en el Condado de Tippah. Nuestro lugar de origen aparece en los mapas más grandes: un villorio llamado Falkner, ubicado inmediatamente debajo de la línea que marca el ferrocarril de Tennessee.
"Lo primero que recuerdo del nombre es que ningún forastero parecía capaz de pronunciarlo cuando lo leía, y que una vez pronunciado se escribía con el añadido de una "u". Y a mí me parecía que todo el mundo estaba tratando de cambiarlo, y a menudo haciéndolo. Cuando comencé a escribir, aunque en esa época creía estar haciéndolo por diversión, tal vez tenía ambiciones y no quería aprovechar del renombre de mi abuelo; por eso acepté la "u", agradecido de esa manera fácil de distinguirme. Acepto ambas formas. En Oxford no suelo llevar la "u" sino en los libros.
De la lectura de estas cartas, misivas a su mujer, a su madre, a su tía abuela, a sus hijos, a sus agentes, se puede obtener una aleccionadora conclusión. La misma que se obtiene de la lectura de su vasta epopeya: Hay que escribir de las verdades del corazón. Así lo señaló en su discurso en Estocolmo. Si no escribe de ellas no se conmoverá la osamenta del mundo, porque se escribirá es de las glandulas, no del corazon.

WILLIAM FAULKNER
William Faulkner, premio Nobel de literatura en 1949, era miembro de una antigua familia del sur de los Estados Unidos arruinada por la guerra de Secesión. Creció en el peculiar ambiente del Mississippi, impregnado de recuerdos de la guerra que más tarde dejaría plasmados en sus novelas a la vez que describía la irremisible decadencia de esta región. Aunque cursó estudios en la universidad, su formación fue la característica de un autodidacto. Durante la Primera Guerra Mundial, para no servir en el ejército de los Estados Unidos se alistó como voluntario en la Fuerza Aerea Britanica, después de ser herido en Francia regresó a su patria donde, en 1924 publica su primer libro, "El Fauno dé Mármol", en el cual no revela una gran originalidad. Aunque siguió publicando, su reconocimiento como un gran novelista sólo llegó cinco años más tarde con su libro "El Ruido y la Furia", donde utiliza por vez primera en su obra la técnica del "monólogo interior". En pleno triunfo universal, el escritor no abandonó su vida sencilla y retirada completamente al margen del múndo literario y de sus polémicas. Muere a los 65 años en Oxford, dejando huérfanos a sus personajes del imaginario condado de Yoknapatawpha, atrapados en una atmósfera de intenso pesimismo, de amargura y de tragedia.
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