Jueves, 19 de enero de 2017

| 2001/09/10 00:00

¿Y dónde está el editor?

Hasta las más grandes plumas de la literatura no están exentas de cometer errores en sus libros. Los lectores más minuciosos se han percatado de ellos.

¿Y dónde está el editor?

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Este párrafo es uno de los más célebres de la literatura universal porque con él se abre la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Sin embargo tiene un error notable. Al menos eso piensa el escritor Alfredo Iriarte quien, durante años, ha sostenido que la palabra “había”, que aparece allí, no está bien empleada y sugiere la palabra “habría” como la correcta para este fragmento memorable. Sin desconocer ni un segundo la grandeza de la obra del Nobel colombiano varios críticos se han sumado a esa observación.

Este tipo de apreciaciones que, por momentos, pueden parecer inoficiosas, han obsesionado a los lectores más minuciosos. Ellos se han puesto en la tarea de detectar no sólo el uso inapropiado del lenguaje sino también las imprecisiones de continuidad y de coherencia de los libros. La mirada con lupa de algunos textos literarios ha llevado a una conclusión inevitable: “¡Los escritores no son perfectos!”, como lo sentenció el gran narrador guatemalteco Augusto Monterroso en su libro La vaca, en el cual dedica algunas páginas a los “errores, erratas y francas equivocaciones”.

Monterroso advierte que es apenas normal que los traductores metan mano y alteren de una u otra forma lo que el narrador quiso decir. “En algunos casos, incluso, se trata de errores que han venido repitiéndose en los libros edición tras edición, debido al sistema moderno de reimprimir por medio de fotografía o fotolito: el error ha permanecido ahí durante años y ni siquiera vale ya la pena corregirlo”, dice. Pero, para él, también hay ejemplos de descuidos que saltan a la vista y que parece inevitable pasar por encima de ellos.

Es conocido el caso de Miguel de Cervantes con El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. En una de sus aventuras se roban el asno de Sancho Panza y sólo páginas después vuelve a aparecer como si nada hubiera pasado. ¿En qué momento reapareció el burro? Tal vez Cervantes siempre lo dio por aclarado.

Monterroso cita a Julian Barnes quien, a través de su libro El loro de Flaubert, asegura que Madame Bovary aparece por momentos con ojos pardos; en otros, con ojos negros y, en otros, con azules. Allí mismo Monterroso se detiene en un verso que llamó su atención, escrito por un poeta español del siglo XIX: “Desde el nevado hasta el ardiente polo”. Según él, el poeta estaba convencido de que si el Polo Norte era frío, “el Polo Sur debía ser consecuentemente ardoroso”.

El escritor colombiano R.H. Moreno-Durán, en un artículo que publicó en la primera edición de la revista Quimera, también denunció algunas imprecisiones. Como la que cometió Shakespeare en Cuentos de invierno al describir las costas de Bohemia a pesar de que ese país (hoy día parte de la República Checa) no tenía salida al mar. O en La Eneida, de Virgilio, los personajes Chorinaeus y Numa mueren y, páginas después, aparecen otra vez como si nada. Moreno-Durán también cita el ejemplo de Ivanhoe, de Walter Scott, en el que el autor cambia, en el transcurso de la novela, el nombre de Richard Malvoisin por Philip Malvoisin sin ninguna explicación.

Tolstoi no se quedó atrás. En La guerra y la paz Natasha, uno de los personajes de la novela, tiene 17 años en 1805 pero, tal vez por descuido del escritor ruso, en 1809 ella no tiene 21 como debería sino 24. El librero Alvaro Castillo le hizo caer en cuenta a Anton Arrufat que en su novela La caja está cerrada hay un error en la narración. El personaje central vive atormentado por una molestia en uno de sus dientes. Buena parte del relato se centra en la necesidad del personaje de asistir al odontólogo pero, sin más, de un momento a otro no se vuelve a mencionar esa constante queja. ¿Para qué se propuso el autor crearle ese dolor al personaje si ni siquiera él mismo se preocupó por resolverlo? Arrufat le dijo a Castillo una vez recibió el comentario: “Eso me pasa por escribir libros tan largos”.

Alvaro Mutis confesó que en una ocasión alcanzó a relatar un viaje en barco desde Vancouver hasta Chile. Sin embargo la embarcación durante el trayecto pasó por el canal de Panamá sin que fuera necesario pues, como Mutis se percató días después de escribirlo, tanto el punto de salida como el de llegada estaban en el Pacífico y no era necesario pasar al otro océano a menos que el personaje quisiera comprar mercancía más barata en la zona franca de Colón. Mutis, según cuentan, alcanzó a corregir su error.

Lo cierto es que los lectores siempre estarán al acecho de los posibles traspiés de los escritores. Alfredo Iriarte afirma que uno de los poemas más hermosos de Jorge Luis Borges es Fundación mítica de Buenos Aires pero insiste en que sus primeros versos “¿Y fue por este río de sueñera y de barro/ que las proas vinieron a fundarme la patria?” el “que” está mal utilizado. “Es como un gazapo que hay que dejar vivo”, dice Iriarte. Caso contrario al de Federico García Lorca, quien en una ocasión, al oír en un recital el verso de Rubén Darío: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto”, se molestó y exclamó: “Sólo entendí el que”.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.