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| 2/12/2006 12:00:00 AM

"Yo no soy pesimista, el mundo es pésimo"

Catalina Gómez Ángel, de SEMANA, entrevistó en Lisboa a José Saramago, premio Nobel de Literatura, en el lanzamiento de su más reciente libro 'Las intermitencias de la muerte'.

José Saramago llegó a la sede de Caminho, su editorial portuguesa, ubicada en un palacete cerca del aeropuerto, a las 10:30 en punto de esa mañana soleada de otoño en Lisboa. El director de la que ha sido su editorial de todo la vida había ido a recogerlo hasta la casa que está estrenando en la ciudad y él, aunque puntual, llegó un poco afanado. Tenía prisa por empezar. En 1993 Saramago se había trasladado a la isla española de Lanzarote después de que un subsecretario de Estado decidió que su novela El evangelio Según Jesucristo no representaría a Portugal en un premio literario. Pero Saramago ha decidido regresar y para celebrar la noticia, se decidió que sería en esta ciudad donde se lanzaría para todo el mundo su nuevo libro Las intermitencias de la muerte. Sería la oportunidad para rendirle un homenaje en esta ciudad que tanto le gusta. A sus 83 años se le ve en plena forma física y mental. Mira al infinito cuando habla, pero de vez en cuando busca los ojos de su interlocutor, siempre con una expresión tierna. Se le veía preocupado, los levantamientos en Francia le estaban dando en la cabeza. Quería hablar sobre ese tema, pero la razón por la que varios periodistas de Europa y Latinoamérica habían viajado hasta la ciudad era la muerte. Su último libro, del que el dice es un libro sobre la vida y no sobre la muerte, sería presentado durante los dos días siguientes en la ciudad para terminar en un conmovedor homenaje donde cientos de personas llenaron el Teatro Nacional Sao Carlos. Quienes habían asistido al homenaje que se le hizo cuando obtuvo el premio Nobel dicen que este fue más multitudinario. El teatro tenía todos sus palcos llenos. Al fin y al cabo, Saramago mismo se había encargado de anunciar que tal vez este era su mejor libro desde cuando ganó el Nobel, en 1998. Semana:: Después de leer su novela queda la idea de que el amor es el único sentimiento capaz de vencer a la muerte. José Saramago: Sí, pero desafortunadamente las cosas no son así. Ese violonchelista que se enamora de esa mujer desconocida no sabe que ella es la muerte. La novela termina con la misma frase con la que empezó (Al día siguiente no murió nadie) y eso significa que todo lo que ocurrió a partir de la primera página volverá a ocurrir: el caos, la confusión, los mismos problemas que se originaron a partir de la ausencia de la muerte. Entonces ella, la muerte, no tendrá otra alternativa que regresar, así quiera mucho a ese hombre del que se enamoró cuando se convirtió en un humano. Semana: Es decir, la muerte no tiene otra opción diferente a la de matar, y los seres humanos no tenemos otra que vivir con ese temor a la muerte. José Saramago: La muerte no tiene salida. Sería bonito imaginar que el amor es algo dulce que es capaz de vencer a la muerte, pero no, lo mejor es aceptar las cosas como son. Esta es una historia, una fábula, en algún aspecto es un divertimiento. Esta es mi forma de hablar sobre la muerte, no de encarar la muerte porque la muerte no se encara, la muerte es una entidad exterior a nosotros. Según las épocas, el romanticismo ha hecho de la muerte algo tenebroso, algo horrible, pero al mismo tiempo una especie de seducción como si nosotros osciláramos entre el temor y el amor, algo como si en el fondo la muerte nos atrajera. Pero nada de esto es nuevo. Semana:¿Cómo llega al tema de la muerte? J.S: Yo estaba releyendo los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke, y hubo un momento en que se me presentó la idea "¿y si la muerte no lograra matar a alguien?". Pero en esa pregunta no estaba presente la ausencia de la muerte. Eso llega después, cuando empecé a pensar en todo eso de la intriga de la muerte que va y que viene. Es así como esto de que la muerte no conseguía matar al alguien, que era la idea inicial de la novela, acabó por quedar en el final, que es cuando la muerte se da cuenta de que las cartas que escribe a ese señor son devueltas y, por lo tanto, decide que tiene que enfrentarse directamente a ello. Este libro, que podría haber sido escrito en clave terrorífica, ha sido escrito en clave de humor, de ironía, de sarcasmo. Yo creo que seguramente nunca nadie se habrá podido reír tanto leyendo sobre la muerte. Semana: ¿Cómo se imagina la muerte en las generaciones futuras, de las que se dice que los seres humanos van vivir 200 ó más años? Usted ya hablaba un poco de esto en su novela al referirse a los grandes cementerios de vivos. J.S: Si nosotros fuéramos inmortales, sería estupendo porque uno tendría la seguridad de que no moriría. Pero eso no eliminaría el tiempo, la muerte desaparecería, pero el tiempo seguiría ahí. Y eso es tan cierto como que la vida sea de 70 años como de 700, siempre tendríamos que llegar a la vejez. Si la vida fuera eterna, seríamos eternamente viejos, pero no sólo eternamente viejos, sino cada vez más viejos, hasta algo que no podemos imaginar. ¿A dónde llegaría el ser humano que no podría morir y seguiría envejeciendo? ¡No... no, no! Sería un sentimiento horrible, horroroso, entonces habría que inventar algo para poner un término a una situación como esa. Lo que está, está bien. Ahora, si uno puede tener una vida más larga con una vida sana, estupendo. Pero al final la muerte siempre se presenta y contra eso no va a haber nada, ni las cirugías ni las comedias. Esto acabará así? Semana: En la novela el narrador plantea que 'Todo lo que pueda ocurrir ocurrirá'? J.S: Todo lo que pueda ocurrir ocurrirá y no vale la pena decir que lo que tenía que ocurrir ocurrió. El momento que estamos viviendo es un momento confuso, de perplejidad y yo, sinceramente, no sé hacia dónde vamos. Si me pregunta qué expectativa tengo yo para el resto del siglo, tengo que decir que no tengo una idea concreta. Y esto es en todos los aspectos: de mentalidad, de costumbres, todo, todo, todo? Mire lo que está pasando ahora mismo en Europa con la insurgencia, con los marginados. Y es que puede ocurrir que durante un tiempo la gente se calle, pero es inevitable que siempre llegue el momento en que la gente se harte. Lo que está pasando en Francia es algo realmente preocupante porque lo que empezó en un lugar se expande, porque la marginación, los excluidos, son millones de personas. Esto puede estallar hasta salirse de las manos completamente. Semana: Al problema de la marginación se le suma la manera como se está reinterpretando el Islam dentro de Europa. J.S: Se habla mucho de la posibilidad de una 'alianza de civilizaciones', que ha sido una idea del jefe de gobierno de España, Rodríguez Zapatero, y que luego fue apoyada por Kofi Annan. Pero yo creo que no se podrá llegar a eso si antes no hay un pacto, yo lo llamo 'pacto de no agresión', entre las religiones. No vamos a pedir o a exigir a los islámicos que se conviertan al cristianismo para que todo esto se quede tranquilo. No vamos a pedirlo porque, de otra parte, sería tan inútil como pedir a los cristianos que se conviertan al islamismo. Pero aunque si Dios existe y es un único Dios, eso demuestra hasta qué punto los enfrentamientos históricos entre las religiones con sus consecuencias desastrosas han sido siempre absurdos porque finalmente si hay un dios, solamente hay un Dios. Eso es lo más obvio. Tiene que haber un acto de inteligencia que lleve a sentarse alrededor de la mesa a los representantes más altos de las dos religiones para que se pongan de acuerdo para vivir juntos y en paz. Porque si persiste la idea de que si el otro no está contigo está contra ti, esto nos llevará al desastre. Semana: ¿Cree que esto pueda pasar en estos momentos en los que los líderes religiosos parecen estar preocupados por otras cosas? J.S: Yo no tengo ninguna idea de lo que va a pasar. Aun si la tuviera, la realidad puede decir mañana mismo que yo estaba equivocado. No tiene ninguna importancia que yo me equivoque, pero el problema es que la situación es tan compleja, que no hay una manera de decir que se va a avanzar en una dirección o en otra. Yo, sinceramente, no veo salida, sobre todo porque todo el mundo está desorientado, los políticos no saben qué hacer, la situación se les fue de las manos y están todos asustadísimos. Semana: Usted constantemente dice que no cree en aquello que se denomina pueblo, en la unidad de un pueblo, que eso le parece un invento de los políticos. J.S: Eso siempre ha sido una estrategia de los políticos. ¿Qué es la portugalidad, qué es la colombianidad, qué significa eso? Aquí en Portugal llevamos casi 90 siglos de historia y en este tiempo la mentalidad cambió, la gente cambió, no es lo mismo. ¿Cómo se puede llamar la identidad del pueblo portugués? Yo lo que digo es que creo que hay generaciones que son capaces de luchar por algo, de tener ilusiones, de mejorar. Y luego, casi siempre inmediatamente después, se presenta otra generación indiferente, apática, que no le importa nada, y entonces se tiene que cuestionar esa idea de identidad, de especie de conjunto con características preferentes que permitirían identificar a un pueblo en todas sus circunstancias, en todas las épocas. Eso no es así. De todos modos, siempre resulta sospechoso cuando los políticos empiezan a hablar de portugalidad o de colombianidad o cosas así. Semana: Otra idea que aparece en la novela es la idea de un gobierno al que se le exige solucionar todos los problemas. ¿No cree que eso es una gran equivocación? J.S: Sí, pero la alternativa no puede ser que el Estado no resuelva ninguno. La única realidad es que nosotros seguimos pagando impuestos y parece que no nos damos cuenta de que tenemos que preocuparnos porque las cosas funcionen, los hospitales funcionen, las escuelas funcionen... Pero ¿cuál es la alternativa? Actualmente todo se está poniendo en manos de lo que se ha denominado la iniciativa privada. Pero entonces llegara un momento en que se pregunte para qué sirve el Estado. Y también es un poco ingenuo pensar que son los gobiernos los que hoy día mandan, los gobiernos mandan muy poco. Los que mandan son los que están arriba, el poder económico, las multinacionales. Los políticos son los comisarios políticos del poder económico. Semana: ¿Vale la pena llamarse comunista en pleno siglo XXI, después de todo lo que ha pasado ? J.S: Eso sería lo mismo que preguntarle a un católico si vale la pena ser católico después de la Inquisición del Santo Oficio. Si por el hecho de que se hayan cometido muchos errores -más que errores, crímenes- uno tiene que renunciar a principios e ideales, entonces la alternativa sería, para que uno pudiera seguir viviendo, buscar algo donde no haya habido nunca antes errores y crímenes. Igual, yo pregunto, ¿y dónde está eso? Claro que siempre hay una forma de decir "yo me lavo las manos, no quiero saber nada", ese es un derecho de todos. Pero que después no se diga qué pasó, por ejemplo, del comunismo al capitalismo. Esto no significa que sea una obligación de cada uno tener una opción política, ideológica. Puede no tenerla. Aquí nadie está forzando a nadie, pero no simplifiquemos las cosas. ¿Gano algo con seguir siendo de izquierdas? A lo mejor no, pero hay personas que no ganan nada con seguir siendo de izquierdas y siguen siéndolo. Por opción, por convicción, por generosidad porque eso quizás un día sí pueda funcionar. Semana: ¿Cómo ve la izquierda en la actualidad? J.S: Por ahora no sabemos muy bien qué es eso de la izquierda. Se sabe con mucha más claridad qué es la derecha, y ahora ya tenemos eso que se llama centro izquierda, que vive al lado del centro de izquierda. La derecha dice que es de centro derecha, la izquierda dice que el pasado es pasado que ahora son de centro izquierda y ahora están junticos, encantados, y a la izquierda se le olvida que cuando se mueve en dirección al centro, se está moviendo en dirección a la derecha. Y a la derecha, aunque aparentemente se moviera en dirección a la izquierda, seguiría siendo de derechas. Semana: Usted dice ser comunista libertario. ¿Qué significa? J.S: Que soy un poco anarquista. Es decir, que soy un poco incómodo incluso para mis camaradas porque hablo, quizá, demasiado. Soy alguien que es a la vez disciplinado, pero que piensa que la disciplina no se puede convertir en un límite o una barrera. Alguien ha dicho qué es lo que es disciplinado y qué es lo que no es. Y la pregunta es: ¿en nombre de qué se ha dicho que la disciplina es esto , ¿y cuándo se ha dicho? Eso sería convertir todo lo que tiene que ver con las reglas, justamente en el interior de un partido, en dogmas. Tiene que haber un espacio de libertad, de libertad critica, de libertad de opinión. Semana: Se puede decir que usted es un pesimista feliz J.S: Feliz sí. En mi vida personal puedo decir que soy un hombre feliz. Pero no puedo decir que soy un hombre optimista porque cuando se está viendo que el mundo está como está, uno no puede ser optimista. Ahora, en este momento, en el mundo uno no tiene ninguna esperanza. Aquí estamos los dos muy contentos, usted tiene trabajo y yo escribo, estamos conversando aquí, pero somos unos privilegiados. Hay millones y millones de personas que nacen y de alguna manera ya están muertas. Y ¿cómo se puede ser optimista? Yo a veces digo, cuando me impaciento un poco porque me critican por ser pesimista: "mire usted, yo no soy pesimista. Es el mundo el que es pésimo".
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