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| 7/19/2008 12:00:00 AM

Yo soy otro

El documentalista Óscar Campo debuta en la ficción con una alegoría sobre el mundo que quedó después del 11 de septiembre de 2001. **1/2 (Aceptable)

Título original: Yo soy otro.
Año de estreno: 2008.
Género: Ciencia ficción.
Guión y Dirección: Óscar Campo.
Actores: Héctor García, Jenny Navarrete, Patricia Castañeda, Ramsés Ramos, Miguel Ángel Giraldo.

¿Querían ver una película colombiana diferente? ¿Esperaban la llegada de una obra de autor que se aventurara a presentarnos una crítica del mundo en que vivimos? Acá está. Esta es. Se lanza a contar, en clave de relato fantástico, la historia de un planeta hecho pedazos. Se atreve a llevarnos a un lugar a punto de hacer corto circuito, un sitio que han sepultado vivo bajo montañas de ideologías, de informaciones, de incomprensibles hechos del pasado, en el que la gente sobrevive creando anticuerpos. Es una aventura tan satisfactoria e insatisfactoria como un sueño ajeno. Nos invita a mirar lo que nos está pasando por dentro. Nos abruma. Y al final nos deja en manos de la incertidumbre.

La firma uno de los más prestigiosos documentalistas del país, Óscar Campo Hurtado, autor de largometrajes como Un ángel subterráneo, Recuerdos de sangre y El proyecto del diablo; creador del programa de televisión Rostros y rastros; maestro, en la Escuela de Comunicaciones de la Universidad del Valle, de la exitosa nueva generación de cineastas caleños que está tomándose el cine colombiano a punta de talento.

Dice Campo que su idea era inventar una alegoría que hablara del paso de ese mundo políticamente correcto en el que todas las minorías tenían una voz (el mundo de la Constitución del 91, de los estudios culturales, el capitalismo triunfal), a este planeta roto que recordó, aquel 11 de septiembre, que todos nos tememos a todos. Dice Campo que ha situado la narración en “una ciudad periférica del imperio”, en Cali, porque la guerra civil que se vive en este país es un resumen de lo que vive cada hombre del siglo XXI: confusión ideológica, temor medieval, resentimiento ante la concentración de capitales.
 
Dice el cineasta que su película ha asumido la estética nerviosa de los clips porque así es esta época. Y porque era la mejor manera de seguir a ese programador de computadores, José, que ha respondido al bombardeo perpetuo de estos días convirtiéndose en varias personas a la vez: un hombre lleno de dobles que vive en todos los países que quedan en Colombia.

Suena a El club de la pelea. A La naranja mecánica. A Abre los ojos. Pero más amarrado a las ideas que a la imaginación.

Yo soy otro lo arriesga todo. Se resiste a crear personajes. Se niega a construir un drama. Se la juega, incluso, por una resolución tan borrosa, tan de golpe, como las de los escándalos de hoy: una irresolución. Porque lo que le interesa, desde cuando comienza hasta cuando termina, es probar las ideas de Campo: mostrar cómo hemos reaccionado a un mundo nuevo que nos ha enseñado a temerle a nuestra identidad. Se trata, pues, de un decepcionante relato fantástico que ni produce pesadillas ni consigue involucrarnos emocionalmente ni nos lleva al borde de la silla. Pero de una buena película (de un buen pretexto) para comenzar una discusión sobre los tiempos que corren.
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