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En los últimos 10 años el blues ha sido un secreto a voces entre los roqueros colombianos. Muestra de ello son los bares de música en vivo, como el legendario Crab's, y recientemente La Hamburguesería y El Anónimo; departamentos de música de las universidades que han abierto sus programas con énfasis en el ritmo nacido en el delta del Missisipi, y en 2005 el sencillo de The Black Cat Bone, I've Got my Mojo working, que llegó a las listas de Radioactiva -un hito en la historia de un género poco comercial- y que llevó la banda de gira por Europa. Además de otra serie de evidencias que permiten decir que Bogotá vive una efervescencia 'bluesera'.
Este año, por ejemplo, se presentaron más de 70 bandas a la convocatoria el Festival de la Libélula Dorada -el único que se ha mantenido como un termómetro y hervidero de la movida bluesera-, y las seleccionadas (55, casi el doble de del año pasado) se están presentando de martes a sábado desde el pasado 14 de abril hasta el 4 de julio. Un Festival de larga duración -dos meses y medio, casi el doble, también, que el año pasado- porque las bandas cada vez necesitan más escenarios, y el público (se estima que durante este festival se venderán más de 7.000 boletas) quiere oír más música.
Si a mediados de los 90 un puñado de roqueros (y sus familias) asistían a estos festivales, en los conciertos de la Libélula Dorada hoy se ven roqueros, blueseros y punks a quienes los delata la pinta; estudiantes y profesores de universidad, hombres y mujeres de más de 40 años -los que vivieron el nacimiento de la movida- : el mismo público del extinto bar Crab's del que se dijo en el libro Bogotá bizarra "se podía encontrar de todo". Y ese pequeño auditorio, en la calle 51 con carrera 17, se llena. Tanto, que para algunos conciertos es necesario hacer reservaciones, como ocurrió el pasado 23 de mayo. La gente no cabía en el concierto de Carlos Reyes (guitarra de las taquilleras Agony, Kraken y The Black Cat Bone) a la entrada del concierto de su nueva banda, The Killer Band; y siempre -incluso en conciertos repetidos como el de la joven banda Monsieur Periné- se improvisan sillas.
Para Iván Correa, bajista de la banda Blue Jean Blues, todo comenzó a mediados de los 90. Hasta entonces hablar de blues era cosa de extranjeros o de viajeros, pero poco a poco el término iba calando entre los roqueros que, de voz a voz, se iban enterando de las raíces del género. La Musiteca, el legendario local de Saúl Álvarez en la calle 19 con carrera séptima, cada vez tenía más acogida entre los estudiantes de música , y en los bares underground de la época, como El Gato Eléctrico, en la carrera quinta con calle 19, se empezaron a oír los contrabajos de Jimmy Garrison y Charles Mingus, los riffs de Buddy Guy y Albert King, mientras que en bares como Bajo Mississippi se descubría la voz de Willy Dixon. El blues había llegado a Colombia -20 años después, en comparación con Argentina y México-, pero lo hacía con fuerza y así quedaría demostrado durante la siguiente década en bares, escenarios y ensayaderos de Bogotá, Cali y Medellín.
Fue en esa época cuando aparecieron los primeros festivales de blues en Bogotá: el Bogotá Azul y el Festival de Blues y de Jazz de la Libélula Dorada.Días antes de su concierto, en la sala de su casa (decorada únicamente por una batería y un afiche de los Rolling Stones), Carlos Reyes le dijo a SEMANA que la explosión de blues de mediados de los 90 en Bogotá había sido "un descubrimiento, una fuente de inspiración" y los festivales "un encuentro de gente que se sentía sola y única". Hoy, dice el bluesero que desde hace cinco años es el asesor artístico del Festival, "estamos ante un fenómeno de apropiación del género, en un punto crucial porque ya tenemos la madurez para proponer desde ambos géneros". Lo decía con conocimiento de causa. El día de su concierto, además de tocar las clásicas A Little Bit, de Elvis Presley; Sultans of swing, de Dire Staits, y un blues de Tom Warlow, Reyes tocó un repertorio de canciones suyas, Sin mirar atrás, Lo que queda de mí, Debajo de la 15 y En la Villa, con letras propias, sobre la vida en Bogotá y un sonido en el que se percibe la influencia andina.
Pero él no es el único que propone. Los grupos ya tienen un nivel musical avanzado, son capaces de imprimirles a las versiones un estilo propio y las fusión del blues y del jazz con otros géneros ya no es de pocos. Blueswagen, banda formada a mediados de 2006, también cuenta historias de la ciudad y mezcla el ritmo de blues con los del reggae; Seis Peatones, que últimamente ha sonado bastante en bares como El Anónimo y La Hamburguesería, hace fusiones del blues, rock y funk; y en jazz destaca el virtuoso Camilo Anzola y la banda Monsieur Perine, en la que se nota una fuerte influencia del bossa nova y el gipsy jazz. "Este es un festival de vocación heterodoxa, que va en contra de la corriente", dice Iván Álvarez, que con su hermano César fundó el la Libélula Dorada hace más de 30 años. Porque además de haber atraído a una comunidad en torno suyo, de haber creado un público a punta de mantenerse en el tiempo y de ser la sede oficial de los blueseros desde hace 12 años, la profesionalización de un género que nació en la calle, es la gran contribución de la Libélula Dorada. Si algo ha hecho famoso el festival entre los abanderados del blues, es el 'Expresso del Viento', evento con el que se cierra el festival, en el que se hace un jam session con más de 20 'armonistas' -formados en la misma Libélula Dorada, en talleres dictados por Germán Pinilla- y que este año tendrá dos funciones, el 3 y el 4 de junio.
Pero más que la cantidad y la calidad de bandas en el Festival de La Libélula Dorada, la aparición de nuevos festivales, más ambiciosos y con un perfil internacional, lo confirma. El año pasado se llevó a cabo la primera edición de Blues DC, en el que artistas colombianos compartieron escenario con músicos de la talla de Michael Powers. Un festival que, en palabras de Carlos Esteban Lemoine, uno de sus organizadores, "se produce combustión cultural. Pues que Michael Powers, que tocó con James Brown y Lenny Kravitz, comparta su historia musical con nuestros artistas, cambia la vida de los músicos que tocaron a su lado". Y un festival que sólo es posible en una ciudad cuya música "está un punto de ebullición y deja ver una cantidad de gente que hace 'blues' y hace rock en Bogotá". Pero el fenómeno no es exclusivo de Bogotá. El sábado pasado se cerró el III Festival de Blues Suburbia, en Cali, en el que durante una semana se presentaron bandas colombianas y de Estados Unidos y se dictaron conferencias.
Aunque es evidente no sólo que el Festival de Blues y de Jazz de la Libélula le está cogiendo ventaja el movimiento que ayudó a cimentar, y que aún falta mucho para consolidar una industria -porque hay música y abanderados, pero poco se oye en las emisoras de audiencia masiva y no se ven los discos-, esta explosión es sólo un eslabón de una cadena de hechos que apenas empieza. "Aunque de Colombia no va a salir un 'blues' puro -dice Reyes-, de la misma manera como ocurrió en Argentina y en México, este quizá sea el germen para que por fin se consolide una movida de rock nacional".
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