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martes, 14 de febrero de 2012
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Después de la hecatombe

Por Luis Fernando Afanador
librosUna novela extraordinaria de Cormac MacCarthy, ganadora del último Premio Pulitzer.
Sábado 19 Enero 2008
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Cormac MacCarthy
La carretera
Mondadori, 2007
212 páginas

Alguien decía que una buena novela es como una casa en la que a uno le gustaría vivir. La carretera es más que una buena novela -es una obra maestra-, pero uno no quisiera vivir allí. Al contrario, quisiera huir de ella, quisiera que ese desastre nunca hubiera ocurrido. Aunque, por más que lo intentamos, resulta imposible hacerlo. No podemos abandonar al padre y a su pequeño hijo que han sobrevivido a la hecatombe, que deambulan tratando de mantener la esperanza en un mundo sin esperanzas. No podemos dejar de escuchar sus conmovedoras conversaciones. Son, quizá, los últimos seres humanos en el planeta.

La novela empieza cuando la hecatombe ha tenido lugar. Los días son grises, los ríos son oscuros y cada noche es más tenebrosa que la anterior. Hay una permanente lluvia de ceniza, ciudades desoladas, cadáveres mutilados por todas partes. Los alimentos escasean; una lata de conservas vencida es un preciado tesoro. Y hay caníbales: los otros pocos sobrevivientes se han convertido en peligrosos animales salvajes de los cuales hay que cuidarse. No sabemos a ciencia cierta qué fue lo que ocurrió. Al parecer, años atrás hubo una explosión. Todavía, a través de la lluvia ácida, es posible ver campos y pueblos ardiendo. Muchos cadáveres tienen rastros de quemaduras. El niño, de unos seis u ocho años, se encontraba en el vientre de su madre el día de la explosión. Es decir, no tiene memoria de un mundo distinto y su padre no se la alimenta porque tener buenos recuerdos no es conveniente para convivir con la desolación. Un diálogo retrospectivo nos informará por qué la madre no los acompaña.

El padre y el hijo, entonces, caminan por la carretera. Se dirigen hacia el sur, en busca del mar, de otros sobrevivientes que no sean caníbales. Están a cientos de kilómetros de distancia, las posibilidades de encontrarlos y ver un mar no contaminado son remotas, pero no tienen más alternativas. Si se quedan en esa zona, no resistirían el invierno que se avecina. Caminan por la carretera, débiles y temerosos, empujando un carro de supermercado donde llevan las escasas provisiones. Paran en la noche, buscan un lugar cerca de la carretera en el que puedan encender una hoguera sin ser vistos. Los caníbales apetecen especialmente a los niños. El padre tiene un revólver con dos balas y ha instruido a su hijo para que se dispare en caso de ser apresados. Está dispuesto a matar por él o a matarlo antes que verlo devorado. Claro, no es fácil explicarle al niño por qué ellos son los buenos, los que deben vivir en vez de los otros. O simplemente, por qué deben vivir: "¿Nos vamos a morir? Algún día. Pero no ahora. Y todavía vamos hacia el sur. Sí. Para no pasar frío. Así es. Vale. ¿Vale qué? Nada. Solo vale. Duérmete. Vale. Voy a apagar la luz. ¿De acuerdo? De acuerdo. Y luego, ya a oscuras: ¿Puedo preguntarte algo? Naturalmente. ¿Qué harías si yo muriera? Si tú murieras yo también querría morirme. ¿Para poder estar conmigo? Sí. Para poder estar contigo. Vale".

Sin duda esos diálogos son hermosos pese a la inefable traducción españolizada. Los diálogos y la prosa -de una belleza sombría y escueta- son la única concesión al lector. Los días y las noches son espantosamente iguales, la noción de tiempo se desvanece: el pasado se destierra, el futuro es incierto. Sólo parece existir el eterno presente de un invierno posnuclear. Si el futuro queda reducido a la próxima lata de conservas en una casa deshabitada al lado de la carretera, las fronteras entre lo animal y lo humano son apenas perceptibles. A ese límite casi intolerable quiere llevarnos esta historia. ¿Cuánto grado de inhumanidad podemos soportar? La pregunta de los personajes se convierte en la pregunta del lector: ¿hasta dónde podré resistir este relato? La promesa inicial -y la curiosidad- de acompañar a estos 'últimos humanos' no son incondicionales. ¿Se justifica padecer tanto horror? Juro que sí: el final es una recompensa suficiente. Ellos llevan el fuego en su interior. Y uno lo ve.

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