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| 2008-12-15

Famosos agradecen a sus maestros

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    Rafael Escalona: “El mismo día en que lo conocí en el Colegio Loperena de Valledupar, me dijo: “Rafa, te voy a rajá...”. “Usted no es el calcula’o”, le contesté. “Pero si desde cuando llegué no te he visto hojear una página de un libro, y es álgebra la que te viene pa’ encima..”, respondió. Yo me quedé mirando lo elegante que estaba vestido el profe (Heriberto) Castañeda y seguí lo más tranquilo, acariciando el bojote del ramo de hojas de cañaguate que tenía entre las piernas”.
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    Andrea Echeverri: “Mi primer grabado en plancha de zinc fue la imagen de una prostituta sentada al lado de un altar del Sagrado Corazón. Mi profesor era Umberto Giangrandi, artista italiano cuya especialidad es el grabado y la serigrafía. Tiene un taller de gráfica en la 19 con 12, si mal no recuerdo, y su propuesta está muy relacionada con la vida nocturna y algo bizarra de los burdeles y establecimientos nocturnos que colindan con su taller”.
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    Antanas Mockus: “Justo cuando iba a estallar mayo del 68, el profesor Jon Landaburu nos censuraba, con profética razón, por falta de conocimientos de “cultura general”. Ante una fuga mía por decepción amorosa durante un viaje escolar, supo encontrarme en las montañas al oriente de Tunja; durante horas me escuchó cuidadosamente, luego me consoló y, con infinito amor, me comunicó que iba a pedir que me suspendieran del colegio por dos días, cosa que logró”.
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    Cecilia María Vélez: “A la hermana Amparo Echeverri, mi profesora de primero de primaria, la he llevado siempre en mi memoria. Desde que llegué al colegio la vi diferente de las demás. Su forma de ser nos brindaba tranquilidad y bienestar. Y para mí era la profesora más querida, la más bonita y la más sabia”.
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    Alejandra Borrero: “Tengo recuerdos maravillosos de mi profesora de segundo de primaria, Alicia, por su buen corazón. Aparecen en mi cabeza personajes como miss Adela y mis primeras actuaciones en clase de inglés... De Raquel Rey podría escribir todo un libro: profesora de sociales, historia y geografía, nos entregó el mundo con su imaginación y despertó la nuestra con su vestuario. No puedo olvidar a mi maestro Enrique Buenaventura, con quine hice mis cuatro años de carrera. Maestro de maestros”.
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    Sergio Fajardo: “Don Manuel fue mi profesor en tercero de primaria. Usaba sombrero, era casi albino y, sobre todo, era furioso. Mis compañeros lo miraban con terror. En silencio, a mí me gustaba. La forma como enseñaba me producía una emoción especial. Aprendí que, detrás de las apariencias, la esencia en las relaciones entre maestro y alumno es convertirse en cómplices”.
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    Belisario Betancourt: “Misiá Rosario Rivera, su tierna y rolliza humanidad sentada en la esquina de la salita de piso de tierra, dirigiendo la infantil orquesta con gestos y llevándome la mano para llenar la plana con mis primeras letras barrocas, es un recuerdo que he conservado oda la vida”.
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    Juan Gossaín: “Para los estudiantes costeños de mi generación, los que hoy tenemos esa edad imprecisa en que a uno se le cae el pelo pero le sieguen saliendo espinillas, Fragoso no es un apellido sino un adjetivo. Es una palabra sagrada. Define al gran maestro, el educador por antonomasia, que nos domesticó a palos hasta enseñarnos el camino correcto de la vida”, dice Gossaín al hablar de su maestro Luis Guillermo Fragoso.
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    Harry Sasson: “... Ken Iaci, mi mentor en este complejo y hermoso oficio de la cocina. Cuando llegué a Vancouver (Canadá), luego de estudiar cocina en el Sena de Colombia y de trabajar en el Hotel Hilton de Bogotá, tenía apenas diecinueve años. Kenny me dio mi primer empleo formal en una cocina de restaurante, algo muy diferente de una cocina de hotel. Junto a él trabajé jornadas de dieciséis horas sin descanso, pero las soporté sin ningún reclamo, únicamente por el placer que me producía aprender al lado de este gran chef”.
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    Rudolf Hommes: “Me cuesta trabajo destacar a uno solo de mis profesores. Están Elsa Hollman y la señora Rodríguez, profesoras de castellano de la primaria. La doctora Richter, profesora de latín, se tomó el trabajo de enseñarnos a bailar los sábados por la tarde. Otros alemanes del Coledio Andino, Madlener, Bernhardt, Wieser y Konder, poseían una gran calidad humana”.
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    Jorge Alí Triana: “... Praga, año de 1962, un otoño dorado, mi primer día, dos de la tarde, hora de iniciar la clase. El profesor (Vladimir) Adamek nos recibió y en lugar de invitarnos a seguir nos dijo “Vengan conmigo”. Nos condujo hasta el puente de Carlos, sobre el río Modavia, donde divisé uno de los paisajes urbanos más alucinantes que haya visto en mi vida, que llevo por siempre grabado en mi memoria”.
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    Manuel Elkin Patarroyo: “Nunca he querido hacer nada distinto que vacunas sintéticas para el bienestar de la humanidad. Por ello cuando Víctor Romero Rincón, mi profesor de biología y anatomía en el Colegio Departamental de Girardot, me llevó de la mano exigiéndome cada día más y más, su cuestionamiento para mí era una pasión, una alegría”.
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    María Emma Mejía: “Tenía diecinueve años y estudiaba comunicación social en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. A esa edad no se me había ocurrido pensar que el cine pudiera ser un arte que reflexionara sobre la condición humana, o una manera de acceder al conocimiento, o una herramienta de comunicación, hasta que conocí a Álvaro Ramírez, el profesor de teoría cinematográfica”.
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    Paula Marcela Moreno: “... el profesor Peter Nolan, catedrático de globalización y tutor de mi maestría en la Universidad de Cambridge... me enseñó cómo los países con mayor nivel de desarrollo, y aquellos que se proyectan como nuevas potencias en el escenario internacional, han logrado su crecimiento gracias a la recreación de un nacionalismo que revive los factores culturales que unen a una sociedad en torno a objetivos comunes y encuentran en éstos las raíces de su diferencialidad”.
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    Ernesto Samper Pizano: “Guillermo Quiroga fue mi profesor inolvidable en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Durante el casi medio siglo que vivió en el colegio, don Guillermo, como le decíamos amigablemente sus alumnos, hizo suyos los principios que han caracterizado al Gimnasio Moderno desde su fundación, como una de las naves insignias de la educación colombiana. El principio de la “disciplina de confianza”, que enseña a los estudiantes el buen comportamiento derivado de la convicción y no de la amenaza del castigo”.
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    Silvia Tcherassi: “Al abrir mi primer libro de lectura, en preescolar, vi el dibujo de lo que a mí me parecía un pato. Yo leía pato, y no oca, que era como estaba escrito, y de ahí de había quién me sacara. La única que se salió de sus casillas fue la madre superiora, sor Tránsito, una española muy fina y distinguida, con ademanes de condesa. Recuero como si fuera hoy cuando con actitud de mano firme, me dijo: “En Colombia esto te puede parecer un pato, pero en España esto se llama oca, y en este colegio no enseñamos para niñas de Colombia sino para ciudadanas del mundo”.
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    Totó la Momposina: “... Livia Vides de Bazanta, mi madre, es la maestra de maestras, mi maestra. La formación que de ella recibí empezó con las precisas orientaciones en materia de disciplina para atender las labores cotidianas de la casa, las instrucciones sobre las virtudes humanas, los buenos modales, sobre la ahora olvidada urbanidad y el respeto por el conocimiento y experiencia de las personas mayores”.
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    William Ospina: “Don Ruperto Beltrán, el hombre más viejo del vecindario, parecía conocer todos los cuentos y nunca se cansaba de contarlos. Muchos cuentos que después encontré en libros de los hermanos Grimm, en Andersen, en las Mil y una noches, los oí por primera vez en aquellas vigilias. Pero de cuantos oí de sus labios, el que más nos gustaba no lo encontré jamás en un libro. Se llama ‘Ángel bello’. Tratando de recordar aquel relato, y tiempo después de haber perdido los rastros del anciano, yo interrogaba a mis hermanos mayores para ver si lograba recuperar algo de su trama”.
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