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| 2014-11-25

“Retratar los rostros de las víctimas sin amarillismo ni lástima”

  • Semana
    BENJAMIN: El 14 de agosto del 2008, Benjamín Morales y su grupo de amigos disfrutaban de las tradicionales ‘fiestas de la Ituanguinidad’, en Ituango, Antioquia. “Era jueves y se celebraba el día de la juventud”, recuerda. A las 10:30 p. m., mientras caminaban por una calle peatonal, un paquete con explosivos que miembros Frente 18 de las FARC habían abandonado en el interior de una caneca de basura hizo explosión. Ocho personas murieron y 79 más resultaron heridas. Del grupo de amigos, Benjamín fue el más afectado. Lo trasladaron a Medellín y tras ocho horas de cirugía tuvieron que amputarle el brazo izquierdo. Semanas más tarde la familia, cansada de tanta violencia, decidió radicarse en Medellín para empezar una nueva vida. Benjamín terminó el bachillerato y desde que recibió el grado no se corta el pelo. Le gusta dibujar, el punk y el rock clásico. Hoy, a los 21 años, espera continuar con su rehabilitación e ingresar a la universidad para estudiar historia o antropología.
  • Semana
    OBED: Obed Ayazo tenía 33 años cuando recibió cuatro disparos en las calles de Tierra Alta, Córdoba). Tres meses atrás, el 25 de octubre de 1990, su hermano Rafael había muerto junto con otras 11 personas en una masacre perpetrada en el mismo municipio por grupos paramilitares. Los disparos no solamente le dejaron ciego sino que también le quitaron la vida a su hija de 2 años, que en ese momento él llevaba en sus brazos. Un mes después, y mientras Obed se encontraba convaleciente en Barranquilla, su familia abandonó el pueblo para siempre. Los motivos del atentado nunca se conocieron, pero Obed piensa que los asesinos de su hermano creyeron que él había sido testigo de su muerte. Hoy en día, el antiguo ebanista de profesión lucha contra la pobreza en compañía de sus cuatro hijas y cuatro nietos en un puesto de venta ambulante de bollos y pasteles.
  • Semana
    RAMIRO: Ramiro Mazo canta y compone canciones de rap. Tiene 22 años y perdió la visión en el 2011, en la vereda La Flecha, en el municipio de Ituango, Antioquia, en compañía de varios perros que cazaban las guaguas que se comían los cultivos de maíz de la finca en la que vivía desde pequeño. Sus padres murieron en manos de la guerrilla cuando era muy pequeño y fue recogido por una familia que le brindó techo y comida a cambio de su trabajo en el campo. El 31 de Enero, a las 9:00 a. m., uno de los perros pisó una mina que afectó a Ramiro en la parte derecha de su cabeza y las piernas. Como consecuencia de la explosión perdió el ojo derecho y la visión del izquierdo. Además, su cráneo tuvo que ser reconstruido. Un mes después del accidente y tras cinco cirugías, despertó en un hospital de Medellín. Ramiro, que estudió hasta sexto grado, quiere ser abogado y aprender sistemas para acompañar su música con sonidos electrónicos. Como no puede escribir sus canciones, se las sabe todas de memoria, con ritmos y melodías distintas. Hoy vive en Medellín compartiendo un cuarto de pensión con su amigo Omar, un curtido taxista que lo acogió bajo su cuidado cuando Ramiro fue abandonado al negarse a que su familia adoptiva administrara los auxilios que recibía del gobierno, porque ellos no le suministraban los medicamentos ni los insumos básicos.
  • Semana
    REINEL: En el 2006, Reinel Barbosa, de 20 años y recién graduado de bachiller, llegó a Bogotá proveniente de La Uribe, Meta, para trabajar en el taller de metalmecánica de un tío. De esta forma seguía la costumbre de sus padres quienes, ante el miedo de que sus hijos fueran reclutados por grupos al margen de la ley, los sacaban de la región al terminar el colegio. En la Semana Santa del 2008, Reinel regresó a visitar a su familia. Luego, el 22 de marzo, a las 5:30 p. m., cuando se trasladaba en compañía de otras tres personas a una vereda cercana para visitar un amigo de infancia, entró en un campo minado. Como consecuencia de una explosión perdió su pierna izquierda. Tras permanecer más de un mes en Villavicencio, Reinel regresó a Bogotá donde, gracias a tutelas y derechos de petición, logró continuar con su recuperación. Intentó regresar a las labores agrícolas y se fue con una hermana a San Juan de Rioseco, Cundinamarca, pero “es imposible caminar en el campo con una prótesis”. Regresó a Bogotá a vivir con un hermano y desde el 2010 trabaja con la Campaña Colombiana contra Minas, donde presta ayuda a otras víctimas del conflicto, mientras adelanta estudios de Ingeniería de Redes de Computación y Seguridad Informática,l en la Universidad Minuto de Dios.
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    CÉSAR: En la noche del 15 de abril del 2004, hombres armados y vestidos con uniformes camuflados y pasamontañas incursionaron en la finca en la que César Camilo Mosquera, de 20 años de edad, vivía con su abuelo en el municipio de Zapayán, Magdalena. En ese momento, César se encontraba acompañado de su hija de 3 años. “A ustedes se les advirtió”, fue todo lo que dijeron los asesinos antes de proceder a quemar el rancho. En medio de una lluvia de insultos procedieron a torturar a César. Le cortaron cuatro dedos de su mano izquierda con unas pinzas y luego recibió 17 machetazos. A la niña se la llevaron y la abandonaron en una casa vecina unas horas más tarde. Semejante acto de barbarie tenía por objeto hacer desistir a su abuelo de recuperar una tierra que le pertenecía a su familia. En 2007, y luego de seis operaciones, César regresó a la finca. En la madrugada del 16 de agosto de aquel año el Ejército irrumpió en ella y lo detuvo acusándolo de pertenecer a las FARC. Estuvo privado de su libertad durante dos años, que casi no le alcanzan para probar su inocencia. Hoy, con 29, sin tierra, el abuelo en un ancianato y sus manos inutilizadas, César Camilo se las arregla para seguir adelante. Cambió las labores del campo por la venta de 'chance' y despacha licor en una cantina. Sus hijas de 12 años y 6 meses de edad, junto con la esperanza de recuperar lo que le pertenece son los motores de su vida.
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    FAMILIA CEBALLOS: A las 3:00 p. m. del 23 de marzo del 2005, mientras se desplazaba entre las veredas de San Pedro y Chumurro, en el municipio de San Francisco, Antioquia, los ocho integrantes de la familia Ceballos entraron en un campo minado. Horas antes habían partido con rumbo al vecino pueblo de San Luis, donde esperaban llegar antes de las 10:00 p. m. para bautizar a Luisa, la menor de la familia, con 45 días de nacida. Su abuelo Manuel José, quien encabezaba el grupo, activó la primera de las dos minas antipersona. Nancy, madre de Luisa (de 21 años de edad), activó la segunda cuando retrocedió un par de pasos al recibir la niña de manos de Maria de Jesús, su abuela, dejando a la menor gravemente herida por cuenta de las esquirlas que impactaron su cuerpo. Manuel José y su hija Nancy perdieron cada uno su pierna derecha. Luisa logró recuperarse completamente de sus heridas. No hubo más heridos, a pesar que más tarde se estableció que todos los miembros de la familia habían caminado sobre al menos cinco minas más sin detonarlas. Luego de haberse visto obligados a dejar sus tierras, estas cinco personas viven hoy del comercio de víveres. Nancy se casó y tiene dos hijos de 2 y 5 años de edad. Luisa, de 9, es una de las alumnas más destacadas de su clase.
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    FRANSUA: Fransua García es artesano y padre de cuatro hijos. A las 10:30 p. m. del Día de la Madre del 2004, en el barrio de San Cristobal Sur, en Bogotá, se desplazaba hasta un barrio vecino en busca de una tienda. Cuando pasaba por un sitio despoblado lo emboscaron los integrantes de un grupo armado ilegal que había llegado al sector y que completaba cuatro días de parranda en la misma cuadra donde Fransua vivía con su familia. Un día antes, él les había reclamado porque pretendían robar una casa vecina. En represalia, lo siguieron y le dispararon a quemarropa con un changón. Como consecuencia de una infección adquirida durante su tratamiento, Fransua permaneció 72 días en coma y fue necesario amputarle su pierna derecha. Pero esto no impidió que hoy, con 38 años, se haya convertido en un consumado deportista. Practica la natación, el atletismo en muletas (especialidad en la que ha ganado varias competencias, entre ellas la Carrera de los Héroes y la Media Maratón de Bogotá) y el voleibol sentado o 'sitting Volley', disciplina en la que, con su equipo de la fundación Arcángeles, ha ganado varios títulos nacionales. Con Jennyz, su compañera con quien vive hace tres años, baila y hace exhibiciones de salsa.
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    HUMBERTO: Humberto Ruiz Cano es un comerciante de 33 años que vive con su esposa, Daisy, y sus tres hijas en el municipio de San Luis, Antioquia. En el 2004, este hombre se ganaba la vida arriando mulas en las montañas aledañas a la vereda El Pescado, cuando a las 3:00 p. m. del 13 de junio, mientras bajaba con siete mulas cargadas de madera, pisó una mina antipersona. Como consecuencia de la explosión perdió su pierna derecha. La fe inquebrantable en Dios, al que dedica gran parte de su tiempo, y el amor por su familia, le han permitido a este antiguo arriero salir adelante.
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    JORGE: Jorge Mario Carbonell tiene 19 años y está próximo a graduarse de bachiller. A la edad de 7 años, mientras jugaba en el antejardín de su casa en Santa Marta, recibió el impacto de una bala perdida, producto del atentado que acabó con la vida de un joven habitante del sector, al parecer, en un ajuste de cuentas entre grupos paramilitares. El disparo entró por la ceja y se alojó en su ojo derecho, y la bala sólo pudo ser retirada diez días después. En ese momento cursaba segundo de primaria. Desde entonces ha tenido cuatro prótesis oculares que su madre conserva sin un motivo especial. Jorge Mario quiere estudiar en el SENA y especializarse en el manejo de maquinaria pesada. Le gusta reunirse a charlar con sus amigos, la televisión y la rumba.
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    JOSÉ: José Gamboa, de 60 años de edad, es un carpintero de profesión que pocas veces sale de Bogotá, donde vive con su familia. La última vez que abandonó la capital fue en abril del 2011, cuando un vecino, propietario de una empresa de transporte, lo invitó a ganarse unos pesos adicionales alquilando su camioneta para escoltar el viaje de una mula con maquinaria pesada al campamento de una petrolera en los Llanos Orientales. El viaje se presentó sin complicaciones y José, ansioso por encontrarse con su esposa y sus hijos, se dispuso a regresar solo y apresuradamente a la capital. A las 7:00 p. m. del 9 de abril, después de 3 días de salir de su casa y cuando se encontraba a un kilómetro y medio de Chipaque, Cundinamarca, muy cerca de Bogotá, se estrelló con otro vehículo. La policía de carreteras llevó a los conductores hasta el pueblo para hacer el croquis y la prueba de alcoholemia dejando los carros involucrados a un lado de la carretera. Media hora después y cuando se disponía a abordar su vehículo para continuar su viaje, José pisó un artefacto explosivo abandonado al lado de la carretera, lo que le originó la pérdida de su pierna izquierda. A pesar del accidente, José madruga todos los días para trabajar en su negocio de fabricación de cocinas integrales.
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    LICETH: El 14 de Junio del 2002, el sonido de un avión hizo que Liceth Noche, entonces de 10 años de edad, saliera de su casa de la vereda El Palmón, en el municipio de Ciénaga, Magdalena, en compañia de sus hermanos Édinson, de 14, y Jeison, de 12. Cuando se encontraban observando el cielo, varias explosiones cubrieron de tierra todo alrededor y Liceth terminó gravemente herida en las piernas. Su madre, que se encontraba cerca, acudió en su ayuda y en medio del caos y el miedo corrió bajo la vegetación con la niña en sus brazos hasta una finca vecina. Liceth perdió a dos de sus hermanos, la pierna izquierda y la movilidad de la derecha. Días después, la fuerza aérea reconocería que había cometido un error al bombardear equivocadamente la finca de la familia Noche. Semanas después y mientras se recuperaba en Bogotá junto con su madre, decidió no volver nunca más al lugar del ataque. Su padre vendió la tierra y se instalaron en la capital. Diez años después, Liceth cursa primer semestre de enfermería, carrera que escogió en medio de sus múltiples visitas a los centros de salud. Como profesional, dice, podrá ayudar a quien lo necesite.
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    NUBIA: Nubia González es una indígena jiw que perdió las dos manos, un ojo y parcialmente la visión del otro a la edad de 20 años. El hecho ocurrió en el resguardo de Barrancón, ubicado a 15 minutos de San José del Guaviare, cuando, en compañía de otros miembros de su familia, recogía desechos y chatarra en el terreno del resguardo que colinda con las instalaciones de la Escuela de Fuerzas Especiales de las Fuerzas Armadas. Nubia tomó en sus manos un objeto que estalló inesperadamente. Ella y siete miembros de su familia terminaron heridos. Actualmente Nubia, en compañía de sus padres y hermanos, elabora artesanías, y espera que en el futuro los grupos armados entiendan el auto que en el 2009 expidió la Corte Constitucional, donde se advierte que los jiw son un pueblo en peligro de extinción por causa del conflicto armado.
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