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Jon Lee Anderson
El dictador, los demonios y otras crónicas
Anagrama, 2009
390 páginas
La sencillez del rey Juan Carlos de Borbón es real pero a la vez calculada. La devoción por el poder de García Márquez es tan grande que, según la esposa de uno de sus amigos íntimos, "se le pone dura hasta con un viceministro". Hugo Chávez es mal padre y mal esposo; Augusto Pinochet era admirador de Fidel Castro, el dictador de izquierda que por miedo fue incapaz de expropiar la finca de su madre. Los poderosos le abren sus puertas al famoso reportero Jon Lee Anderson, quien los escucha con beneficio de inventario: no se deja envolver por su aureola y su carisma. Pero la desconfianza no es suficiente, hay que indagar en los detalles, hay que ver cómo viven, cómo son sus casas, cómo actúan en sus escenarios cotidianos, qué dicen de ellos sus amigos cercanos o las personas secundarias que en un momento dado pueden convertirse en testigos de excepción.
A Anderson se le ocurre que en la tenebrosa cárcel de Yare, donde estuvo preso el coronel Hugo Chávez luego de su fallido golpe de Estado, se esconden valiosos testimonios. Y no se equivoca. Virginia, la secretaria del sicólogo de la prisión, llegó a conocerlo muy bien: "Todas las mañanas se sentaba en un patio amurallado que le habían construido especialmente delante de la celda. Tenía un busto de escayola de Simón Bolívar y hablaba con él… Giraba el busto de Bolívar para que lo mirase de frente". Además de tenebroso dictador, ¿Augusto Pinochet era ambicioso y corrupto? Anderson va hasta Melocotón, su finca de campo, y encuentra que "fueran cuales fueran los medios con los que lo adquirió, resultaba decepcionantemente modesto".
Aunque muchas veces se nos olvida, los poderosos, como cualquier ser humano, están hechos de luces y de sombras. Luces y sombras de los poderosos ampliadas con la precisión y la paciencia de un pintor flamenco. Y sin perder la capacidad de asombro: "Si algo se vuelve cotidiano, nos olvidamos de los detalles". En eso consiste el arte de este excelente periodista, llamado con justicia 'el heredero de Kapuscinski'. Porque sus reportajes tampoco tienen fecha de vencimiento.
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CAROLINA CRUZ PINEDA