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La increíble historia del anciano que nunca para de bailar

El hombre que miles de bogotanos ven danzando por horas en la capital, estuvo en un centro de salud mental y protagonizó hechos violentos. Su vida cambió gracias a la salsa y el tango.

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Había acabado de caer un aguacero que dejó las calles del centro de Bogotá llenas de charcos. Unas ligeras gotas de agua seguían cayendo pero eso no impidió que Armando Muñoz siguiera bailando.

Al frente de la estación de Transmilenio del Museo del Oro llegó el hombre de 65 años para la que sería su última función, después de más de ocho horas de haber bailado por la carrera séptima. Hizo rodar una caja que contenía el bafle y que a la vez era su armario de ropa.

Un día va al atumultado centro capitalino, otro a la 72 con Séptima en el distrito financiero de Bogotá, el siguiente al parque de la 93 o la clásica zona T. Los fines de semana le apuesta a estar en la Plaza de Usaquén. Los escenarios son distintos, el propósito es el mismo: Armando "Salsa", como le dicen quienes lo conocen, nunca para de bailar.

Lo saben quienes se lo encuentran en la calle, casi siempre en medio del afán de una ciudad que no para. Armando puede estar por más de seis horas en la misma esquina y con el mismo entusiasmo. Baila todos los ritmos y canciones. A veces modernas, a veces tradicionales. Lo hace casi todo el día, todos los días de la semana.

En la esquina de la Avenida Jiménez con séptima, abrió la tapa del parlante y sacó un sombrero de gamuza con lentejuelas plateadas. Lo dejó en el piso mojado. Se cambió los zapatos negros por unos que tenían la punta y el talón grises. Se acomodó también una corbata roja y se cambió el sombrero.

Estuvo acompañado de Delia Torres, una mujer de 51 años con quien a veces baila tango y salsa, desde que la conoció en unas clases de la Universidad Nacional de Colombia. Ella llevaba el pelo húmedo recogido en forma de cebolla. Era delgada, más alta que Armando. Tenía unos ojos cafés muy abiertos y angustiados. “Apúrele que me tengo que ir”, le dijo a su compañero que lleva tres años bailando en la calle.

Delia se quitó la falda que traía puesta y debajo apareció otra con estampado de flores. También se cambió los tacones negros por unas sandalias plateadas. Tenía los pies empapados y las medias veladas un poco rasgadas. Se quitó la chaqueta y se quedó en un esqueleto café que tenía un escote pronunciado. “Pongamos tango fox”, le sugirió Armando, mientras oprimía unos botones al lado del bafle. Y pasadas las tres de la tarde empezó a sonar una canción un poco ahogada por el ruido de la muchedumbre.

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En menos de un minuto se hizo un círculo de personas. Uno de los emboladores de zapatos estaba disgustado. Le dijo a algunas personas que se corrieran, “no ven que no dejan ver mi negocio”. Tenía arrugas pronunciadas alrededor de los ojos verdes gastados. Sus compañeros, los vendedores de periódicos mojados y de minutos de celular a 200 pesos de pronto se distrajeron. Algunos usaron su celular para grabar a la pareja: “Vea, vea, vea”, decían mientras se codeaban.

Después de la primera pieza Armando preguntó: “¿Salsa o Tango?”. “Salsa, salsa, salsa”, gritó la mayoría. Sonó Londres de Nelson y sus Estrellas. “Este Londres, usted no lo conoce bien sino el nombre…”. Armando hizo girar varias veces a su pareja y luego invitó a alguien del público. Muchas se rieron pero no se atrevieron. Hasta que una mujer de cabello negro se animó y bailó un rato.

“Puedo con las dos”, dijo Armando, y luego le pidió a su pareja que los acompañara en medio del círculo que cada vez se hizo más grande. Luego bailó un rato más y después tomó su sombrero y el círculo desapareció rápidamente. Solo unos pocos se quedaron para darle algunas monedas.

Luego repartieron las ganancias: “Mil para usted, mil para mí. Mil para usted, mil para mí…”, dijo Armando. “Esa es la vida de la artista callejero”, explicó Delia.

Repitieron la hazaña unas cuadras más abajo y luego cada uno siguió su camino.

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Armando Muñoz cuenta que el baile le ha cambiado la vida. Antes trabajaba instalando puertas y ventanas en proyectos de construcción. “Pero eso no tiene garantías. Por eso decidí bailar porque me da más plata que trabajar. Bailando a veces me hago hasta 200.000 diarios”, cuenta.

Mientras camina por la séptima para encontrarse con los “artezánganos”, como llama a algunos de sus compañeros de la calle, dice que antes solía ser un hombre violento. Tengo “ciudad por cárcel”, confiesa.

Cuando su única hija tenía 13 años quedó en embarazo de su novio de 25. Esto enfureció tanto a Armando que golpeó a su esposa “por no cuidar a la niña”, le pegó a la adolescente e intentó matar a la pareja de su hija. “Me fui a tomar a uno de esos lugares donde le dice a uno ‘papito’ sin conocerlo. Yo quería que mi hija abortara pero allá una amiga me dijo que por qué iba a atacar a alguien indefenso, que mejor matara al papá. Y sí señor, fui y le metí dos balazos, pero no lo maté”.

Este no fue el único episodio de ira que vivió Armando. Años después, su hija le pidió a su novio que se fuera a vivir con ella y con sus padres. El hombre que ahora es bailarín de tango y salsa en ese momento tuvo tanta rabia que intentó incendiar la casa. “Cuando los vi con ese cinismo fui y me compré un tarro de gasolina. Lo regué en la sala. Prendí un fosforo y les grité: “¡Como a ratas!”, cuenta sin remordimientos.

Después de este suceso a Armando fue internado en el sanatorio mental de Sibaté. Allá también protagonizó otra escena de violencia. El bailarín cuenta que había un hombre que abusaba sexualmente de varios pacientes. Cuando Armando llegó sabía que era la próxima víctima y por eso preparó un plan. “Le dije que no se fuera a cansar para cuando me fuera a violar a mí. Luego recordé la historia de David y Goliat, tomé una camisa y envolví una piedra. Cuando se me acercó le di tantos golpes que lo maté”.

Según cuenta Armando a partir ese momento se convirtió en el “rey” del centro de salud mental. “Los loquitos no sabían dónde ponerme después de que los liberé de semejante verdugo. Me daban comida, me daban regalos, mejor dicho…”.

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Cuando salió del centro médico continuó su labor en la construcción, pero allá estuvo involucrado en un accidente que le hizo darse cuenta de que esa actividad no le daba lo que necesitaba. “Estaba con un compañero poniendo unas ventanas en un piso alto en un andamio. Habíamos metido un poquito de hierba y de pronto ese ‘man’ comenzó a saltar, se cayó y se mató. Yo no dije que estábamos trabados o porque no le habrían dado nada de plata a la familia. Y aun así eso fue un problema para que les dieran algo”.

Después de todo esto ahora Armando vive solo. “Mi hija no me quiere, mi señora cómo se iba a quedar conmigo después de que la maltraté. Por eso boté la pistola, yo con esa arma me sentía un rey. Antes hacía que la gente me pidiera disculpas, ahora me pisan y pido disculpas”.

Su sueño es irse a estudiar tango a Argentina. “Allá les gustaría mucho verme bailar salsa. Yo ya tengo colgada la lápida en la espalda, pero mientras haya vida quiero seguir bailando. Bailar me hizo un hombre diferente sin que me dijeran una palabra”.

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