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“El proceso de paz no es como lo venden en Europa”

La fotógrafa española Anna Surinyach habló sobre su experiencia cubriendo conflictos en Europa y América Latina. En Colombia su visión sobre el fin del conflicto es distinta a la que cuentan en su país.

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Una embarcación de Médicos Sin Fronteras viajaba de Libia a Italia. Habían rescatado alrededor de 300 personas que huían de la guerra en 2015. El mar Mediterraneo se convirtió en el hades donde más de 2.273 hombres habían muerto en su intento por sobrevivir. Horas antes de llegar a tierra firme, uno de los jóvenes rescatados falleció. Tenía 15 años. Había sido abusado sexualmente y torturado. El médico que lo había atendido dijo: “Mañana esta muerte estará en todos los tabloides porque llegaremos a Italia y los medios querrán tener la imagen de este joven en el ataúd. Pero si él hubiera muerto en Libia, nadie se enteraría”. Esta es una de las anécdotas que recordó Ana Surinyach, fotoperiodista de conflicto y editora gráfica de la revista 5W.

Desde que estaba estudiando periodismo, el fenómeno de la migración llamó su atención. Ella, oriunda de España, escuchaba las noticias de los migrantes pero quería ver con sus propios ojos qué era lo que pasaba. “Solo se cubría el tema cuando se trataba de masas. Los medios titulaban ‘400 personas asaltan la Valla de Melilla’. Pero cuando ibas al lugar te dabas cuenta de que no eran asaltantes o invasores; se trataba de persona pobres huyendo de la violencia”, dijo Surinyach a Semana.com.  

Se sorprendió al ver que los migrantes eran abusados, que eran golpeados por la policía, que los devolvían de inmediato una vez cruzaban la frontera (cosa que es ilegal). Entendió que este tipo de historias solo se conocerían si alguien iba al terreno y si a alguien le interesaba contarlas. “Si yo solo me informase por algunos de los medios, mi visión sería otra. Sería la visión que los políticos quieren que tengamos”, aseguró ella.

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Uno de los ejes de trabajo de Surinyach ha sido contar qué sucede en esos países en los que se supone que la guerra ha terminado. Al llegar a sitios como Afganistán se daba cuenta de que en los medios ya no se hablaba de guerra, “pero en 2016 hubo más muertos que en los últimos diez años. Lo mismo sucede en Bosnia, donde no hay guerra, pero hay secuelas graves. Una historia similar se vive paralelamente en El Salvador, un país que no está en guerra, pero la cifra de muertes puede llegar a ser superior a naciones que sí están en guerra”, explicó.

Vino a Colombia para hacer un trabajo sobre parteras. Pero estando en Buenaventura, en Santa Rosa de Guayacán, una vez más comprobó que la paz no es como la pintan: “En Europa le han dado el Nobel a Santos y estando en terreno, vemos que el proceso de paz no es lo que se vende en Europa”.

“Estuvimos en Santa Rosa de Guayacán – agregó - y esa comunidad se ha desplazado porque recibió amenazas de paramilitares, y yo he oído decir a Santos que los paramilitares no existen, pero estando en terreno veo que hay gente que se tiene que ir de su tierra por eso”.

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En el terreno

Una vez Surinyach está en el sitio de conflicto, su principal preocupación es hacer fotos que reflejen lo que ella está viendo. Pero a veces la tarea no es tan fácil. En 2015 se encontraba en los límites entre Serbia y Croacia. Varios países en Europa cerraron sus fronteras. Hacía frio por la lluvia. La gente entraba en ataques de pánico. Las mujeres lloraban. Los niños estaban en el suelo llenos de lodo. Era tal el caos que Surinyach no sabía a qué tomarle fotos. “¿Cómo lograr contar en un encuadre la mayor parte de la realidad?”, se preguntaba.

“Yo pensaba que cualquier ciudadano del mundo que viera lo que estaba pasando allá saldría a la calle a protestar, a intentar hacer algo porque como ser humano no puedes permitir esto”, afirmó. A veces Surinyach tenía la ilusión de que al contar estas historias, la gente sería solidaria y habría un cambio. Pronto entendió que es muy difícil mover consciencias, pero al menos esperaba – y sigue esperando- que lo que está pasando fuera visible.

“A veces siento que no conseguimos nada. Eso es lo que uno ve en Europa; por la clase de políticos que se eligen, cada vez es más extremistas, se incrementa el discurso de cerrar fronteras... No sé hasta qué punto nuestro trabajo logre que la gente reflexione. Es más, día a día escucho discursos inhumanos, irracionales”.

Siente que pierde la fe en la humanidad cuando ve casos como cuando en Grecia muchas personas salieron a protestar para que las escuelas no acogieran a los niños migrantes. Por eso también hace fotografías de menores de cinco años para ver si es posible que los pequeños de otros lugares puedan sentir empatía “y entender que la vida no es el barrio donde viven”.

La motiva ver la fortaleza de las personas que están en conflicto y que denuncian, aquellos que ponen en riesgo su vida y la de su familia para cambiar algo “ese sentimiento de lucha te impulsa. Nosotros que vivimos cómodamente tenemos que luchar para que ellos tengan voz”, dijo.

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El periodista tiene tiquete de regreso

Surinyach suele visitar los países en los que ha cubierto el conflicto varias veces para ver si las cosas evolucionan. En Malakal (Sudán del Sur) ha estado cinco veces y ha encontrado que después de la guerra civil de 2013, las cosas no han mejorado y asciende de cinco millones el número de niños menores de cinco años que padecen desnutrición aguda: “La ciudad cambió de manos entre los grupos, pero lo triste es que Naciones Unidas no ha sido capaz de habilitar un espacio donde la gente tenga una vida digna”.

A diferencia de las dificultades que pueden ver muchas personas de que las mujeres cubran el conflicto, Surinyach encuentra que en ciertos temas es más fácil que la mujer acceda. Por ejemplo, cuando se trata de violencia sexual “para una mujer puede ser más fácil tener empatía con una fotógrafa. No creo que todos los hombres sean insensibles, pero sí hace falta tener miradas femeninas”.

“El hecho de que pases frío o calor o hambre no importa cuando estás en situaciones límite –explicó Surinyach- Eso te da igual porque al final el periodista tiene su tiquete de vuelta, se puede regresar cuando quiera, cuando se canse. Las personas que están allá no tienen esa opción”.

Surinyach no se siente una persona especial por ir a contar estas historias, no se piensa que sea un tipo de héroe. “Lo de dar voz es una razón de por qué lo hago, lo de generar solidaridad y reflexión es otra, pero al fin de cuentas yo hago esto porque a mí me encanta mi trabajo. Hago esto porque me gusta como manera de vivir”.  

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