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Viejas glorias de la salsa y habitantes de la calle

Este grupo de salsa está conformado por habitantes de calle que en otro tiempo pertenecieron a orquestas como Niche y Fruko y sus Tesos.

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Para cada ensayo, Dairo Cabrera carga una maleta en la que lleva ropa de sobra para los integrantes de Son Callejero, la agrupación de salsa que dirige hace siete años. “También llevo colonia. Cuando ellos van a tocar quieren estar limpios. Quieren oler bien. No quieren verse sucios”, cuenta Cabrera.

A veces el director los llama al celular para convocarlos, pero a otras tantas le toca buscarlos en las calles del centro de Bogotá, donde deambulan, duermen, cantan, bailan, consumen drogas o sorprenden a los ciudadanos con su genialidad.

Ellos ya han sido los protagonistas de varios videos virales en redes en los que se muestra al “habitante de calle que toca el piano o el saxofón”.

Por la carrera 7 con calle 19, a eso de las 4 de la tarde, se podría encontrar al cartagenero Alberto Puello (El Halcón), de 60 años, descubierto por Michi Sarmiento, el mismo mentor del Joe Arroyo y quien integró bandas como Pacho Galán, La Protesta y La Competencia. También está el caleño Edgar Espinoza, un trompetista de 61 años que pasó por grupos como Fruko y sus Tesos, Pacho Galán, Los Graduados, Chico Cervantes, entre muchas otras bandas.

En las esquinas del barrio Santa Fe y a veces en algunos buses se puede ver a Roberto Echeverría, de 61 años, contando su testimonio de vida: “Llevo 45 años con este problema; consumiendo drogas, ya no tanto como antes pero es muy difícil salir de este mundo. La puerta de entrada a las drogas es muy grande y la de salida es muy pequeña”. Echeverría es arreglista, bajista y cantante. Estuvo en la orquesta de Joseito Martínez y en La Fania All Stars.

Antonio Ortiz, de 58, ha estado en las calles por más de 12 años pero aún le cuesta mucho reconocerlo.  “No reconoce que es habitante de calle. Con él es muy difícil porque no se da cuenta aún de su condición”, cuenta Alberto López de Mesa, el compositor de Son Callejero, que como todos llegó al grupo por Dairo Cabrera, y quien ha avanzado más que sus compañeros en el proceso de rehabilitación.

Habían suspendido los ensayos por algunos meses porque desde que la Secretaría de Integración les quitó el auxilio económico todo se ha hecho más difícil. Pero ahora están felices porque lograron conseguir un lugar donde los dejarán ensayar todos los martes por 30.000 pesos.

“Puede parecer poco dinero pero para nosotros es difícil. Además, para cada ensayo toca darles ropa, refrigerio, comida y lo del bus”, cuenta Cabrera quien está entusiasmado porque tendrán un concierto por la paz en Los Montes de María en noviembre.

Roberto comparte las partituras. Cada uno se ubica tras su instrumento; es cuando nace la magia, cuando Son Callejero demuestra que a pesar de todo, su talento sigue intacto. Sus voces, sus manos, sus pies y sus ojos saben leer bien los sones salseros.

“Un, dos, tres”, dice Antonio y suena Soy Callejero, la canción insignia de la orquesta: “Yo soy hijo del asfalto, protegido de la noche, yo tengo por techo el cielo y los prados por colchones. Soy, soy callejero soy, soy, las calles son mías”.

“Cuando estás en la calle vives la discriminación de la sociedad y de tu familia. En Son Callejero encuentras la oportunidad de resocializar, de volver a sentir que te respetan, de volver a sentir afecto. Es como una familia en la música”, expresa López con emoción.

Realmente la banda de música se convierte en su refugio. Van a los ensayos y a las presentaciones voluntariamente, Son Callejero les devuelve un poco de lo que las drogas les han quitado.

La Secretaría de Integración dirigía el proyecto ‘Acciones culturales en calle’ cuya tarea era que un grupo de artistas encontrara a otros que estuvieran habitando en la calle.

En una de estas reuniones se dieron cuenta de que había grandes figura de la salsa que por consumo de sustancias psicoactivas, por problemas familiares, económicos y laborales, terminaron en la calle. De esta forma Cabrera empezó a convocarlos y al cabo de dos años el grupo ya tenía varios integrantes, instrumentos y los espacios para ensayar. En 2011 lanzan su disco Son Callejero, pero todo se vino abajo cuando dejaron de recibir ayuda del Gobierno.  

Según Cabrera les quitaron el auxilio porque consideraban no se estaba cumpliendo la meta de rehabilitación y que por el contrario era una forma de sucumbir el consumo de drogas: “Estamos hablando con adultos. Acá respetamos lo que cada uno es. En Son Callejero no vamos a obligar a las personas a que dejen de consumir. Lo que queremos es que no se pierdan en la calle… En estos siete años nunca han llegado drogados a los ensayos o a los conciertos. Ni siquiera el más loco de todos que es Edgar”.

 “Después del concierto es otra cosa”, dice riendo Antonio Ortiz.

“Ser callejero es estar jodido pero a la vez es gozarse la selva de cemento”, afirma López. “Es muy duro uno se vuelve agresivo, está a la defensiva”, agrega Echeverría.

En sus ensayos los acompañan Juan Manuel del Castillo, en el teclado; Benigno Vargas, en el bajo; Luis Córdoba en la Conga, Yeisson Galindo y Camilo Moreno en la trompetas, y Daniel Forero en el Saxofón. Todos son músicos de otras bandas que quieren acompañarlos para apoyarlos y aprender de ellos. 

“Para mí es un honor tocar al lado de estos maestros”, cuenta Galindo, estudiante de música de la Universidad Pedagógica y quien pertenece a otra banda de música.

Hay otras personas que les han ayudado. Algunos les han hecho producciones audiovisuales de sus canciones, otros les ayudaron a crear su blog y cuentas en redes sociales para promocionar su trabajo.

“Lo que necesitamos es trabajo. No queremos que nos regalen cosas pero necesitamos presentarnos para que la banda sea auto sostenible”, explica Cabrera.

Ahora que se acaba el ensayo Antonio se ve afanado. “Es que tengo que conseguir lo del almuerzo”, dice, mientras Roberto quiere ir a dar una charla: “Yo creo que el mensaje más fuerte de Son Callejero es prevenir el consumo, por uno joven que me escuche y que no pruebe, yo siento que ya cumplí mi misión”.

El próximo martes se reunirán con el Halcón y Edgar. Como hace rato no ensayaban no lograron encontrarlos. “Menos mal que no vinieron sino  estarían cambiando cada cosa de cada nota de la canción. Como todos son líderes, todos quieren opinar”.

Así es una tarde de ensayo en la que la música da esperanza y un motivo de vida a quienes lo daban todo por perdido.

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