Martes, 24 de enero de 2017

| 1997/11/10 00:00

A 1.000 POR HORA

En la mitad del desierto, británicos y estadounidenses protagonizaron un duelo para romper el récord mundial de velocidad sobre tierra y superar los 1.200 kilómetros por hora.

A 1.000 POR HORA

Un Jaguar XJ 220, el automóvil comercial más rápido del mundo, puede llevar la aguja del velocímetro a 349,2 kilómetros por hora. Mientras tanto el tren bala japonés lleva cientos de personas cómodamente sentadas al desplazarse a 350 kilómetros por hora. Y un Boeing 747 surca los cielos a 969 kilómetros por hora, a la vez que sus pasajeros toman tranquilamente una copa de champagne.
Hasta ahora el que estos vehículos pudieran alcanzar tan asombrosas velocidades era algo que no dejaba de causar cierto grado de estupor y admiración en cualquier lado. Sin embargo, hace pocas semanas en el desierto Black Rock en Nevada, Estados Unidos, un 'automóvil' hizo que estas vertiginosas marcas palidecieran.
La descomunal máquina de 10 toneladas de peso, impulsada por dos turbinas Rolls Royce y cuyo costo es de tres millones de dólares (ver recuadro), tan sólo necesitó 2,5 segundos para llegar a los 100 kilómetros por hora. A los seis segundos de haber partido cruzó la barrera de los 360 kilómetros por hora. Y a los 27 segundos de iniciada la prueba registró una velocidad de 1.149,2 kilómetros por hora. Todo en una distancia que escasamente superó los 20 kilómetros.
El Thrust SSC -Supersonic Car- como es llamado el vehículo, propiedad del empresario británico Richard Noble y conducido por Andy Green, piloto de aviones Tornado y Phantom de la Royal Air Force -RAF-, fue el encargado de escribir el pasado 25 de septiembre la más reciente página de una historia que desde hace casi un siglo desvela a los amantes de la velocidad: el récord mundial de velocidad sobre tierra.
Una vieja obsesión
En la última década del siglo pasado, cuando los automóviles eran vistos como un bicho raro, se pensaba que el aire sería sacado de los pulmones de los pasajeros de aquellos novedosos aparatos si viajaban más rápido que un caballo -aproximadamente 50 kilómetros por hora-. Desafiando toda lógica para la época, el 18 de diciembre de 1898 el francés Gaston Chesseloup alcanzó en su auto eléctrico 63,1 kilómetros por hora.
Los supersticiosos de entonces aumentaron los cálculos y afirmaron que el límite de riesgo físico en el que el hombre perdería la vida era al cruzar los 100 kilómetros por hora. El 29 de abril de 1899 el británico Camille Jeatzy llegó a los 105,8 kilómetros por hora y acabó con el mito.
Vencer esa idea, que hoy puede parecer ridícula, y alcanzar velocidades que ningún otro ser humano haya logrado fue la causa para que durante los últimos 99 años más de medio centenar de aventureros invirtieran grandes sumas de dinero con la obsesión de convertir a sus autos en los más veloces del mundo (ver gráfico).
Sin embargo, con el paso de los años y el avance de la tecnología, mientras más rápido quisieron ir los románticos de la velocidad más costoso se volvía el asunto. Pero durante varios años esto no fue un inconveniente, pues siempre hubo patrocinadores interesados en promocionar sus productos en una actividad que constantemente aparecía en las noticias de todo el mundo.
Al no encontrar restricciones de tipo económico las necesidades humanas de ir siempre más rápido no encontraron límite. El asunto, al igual que sucedió con el viaje del hombre a la Luna, llegó a tomar tanta importancia que incluso se convirtió en un problema de nacionalismo en el que cada país buscó el honor de tener el piloto, el equipo y el auto más rápido de la Tierra. De los 81 récords que se han marcado en los últimos 99 años, los británicos lideran las estadísticas con 32 títulos, seguidos por los estadounidenses con 26, los franceses con 16 y los belgas con siete marcas mundiales. Aunque los mejores registros y la mayor rivalidad siempre han sido entre Estados Unidos y Gran Bretaña (ver recuadro).
Durante los años 60 el título del hombre más rápido del mundo llegó a convertirse en algo tan codiciado que en los desiertos de Estados Unidos se desataron tal cantidad de duelos entre pilotos y máquinas impulsadas en su mayoría por motores de jets, que incluso muchos llegaron a afirmar que las condiciones del tráfico en las desérticas planicies norteamericanas se habían vuelto similares a las de un autódromo, pero con menos jueces. Sin embargo, con el paso del tiempo el entusiasmo y los interesados en financiar este tipo de aventuras fueron disminuyendo progresivamente.
Tecnicas de duelo
Luego de que el legendario estadounidense Craig Breedlove -el único hombre que tiene cinco récords mundiales de velocidad- estableciera el 15 de noviembre de 1965 el récord de 966,54 kilómeros por hora, pareció como si de un momento a otro a nadie le importara conocer al hombre más veloz del mundo. Tuvieron que pasar cinco años antes de que el récord fuera roto por el también estadounidense Gary Belich -quien llegó a los 1.001,6 kilómetros- y 13 años más para que el británico Noble dejara el 4 de octubre de 1983 la marca en 1.019,4 kilómetros. Registro que después de 14 años él mismo se encargó de batir hace dos semanas.
Aunque a lo largo de estos casi tres lustros equipos de australianos y norteamericanos intentaron batir la marca de 1983, ninguno logró sobrepasar los 800 kilómetros por hora. En vista de esto y después de años de estar prácticamente retirados de las grandes velocidades, Breedlove y Noble decidieron el año pasado volver al escenario, pero esta vez con motivaciones bastante diferentes.
A los 60 años, Breedlove diseñó la que sería la quinta versión de su famoso Spirit of America con el único objetivo de devolverle a Estados Unidos el récord mundial. Mientras tanto los intereses de Noble no iban dirigidos a romper su propia marca. El británico quería llegar más lejos que cualquier otro y por eso su Thrust SSC fue preparado cuidadosamente para inmortalizarse en las páginas de la historia al intentar convertirse en el primer hombre que lograba superar la mítica barrera del sonido conocida como Mach 1 -aproximadamente 1.250 kilómetros por hora-. Hasta hoy esta velocidad sólo es alcanzada y superada por los ocho aviones supersónicos Concorde de Air France y British Airways. Los demás son militares, pues el resto de las aeronaves comerciales sólo vuelan a unos 900 kilómetros por hora, entre el 75 y el 90 por ciento de la velocidad del sonido.
Breedlove y Noble habían pactado realizar un duelo que tuviera lugar en el mismo sitio y hora con el fin de que ambos estuvieran en igualdad de condiciones. Originalmente el encuentro fue planeado para septiembre del año pasado, pero problemas en las toldas de los dos equipos obligaron a retrasar la competencia hasta hace dos semanas, cuando el estadounidense y el británico se encontraron en el desierto Black Rock.
El Spirit of America de Breedlove tan sólo alcanzó los 631,8 kilómetros por hora y aunque el gigante Thrust SSC de Noble impuso un nuevo récord tampoco logró su cometido de romper la barrera del sonido y sus 1.149,2 kilómetros por hora sólo alcanzaron 0,96 Mach. Para ambos aún hay lugar en la historia. Sólo queda esperar a ver si alguien se vuelve a animar a patrocinar esta aventura.

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