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| 2/14/2005 12:00:00 AM

Alto turmequé

El tejo había sido tradicionalmente un deporte campesino y popular. Pero ahora los 'gomelos' también decidieron afinar su puntería.

Son las 3 tarde de un viernes cualquiera y cae sobre Bogotá ese sol estival que hace dar ganas de verse con los amigos. Ha llegado la anhelada hora de salida en las universidades y el júbilo y la atención se concentran en el plan por seguir. Puede ser unas cervezas en la tienda de la esquina, un happy hour en un bar del parque de la 93 o un picadito de fútbol. Sin embargo, desde hace ya varios años, jugar tejo se ha convertido para los universitarios en la mejor forma de empezar el fin de semana.

En pocos minutos las pistas de Doña Rosa en el centro, del Tejo de don Alejo en Cota, de 'Mechas' en La Candelaria, de las Delicias en Chía, del Club 77 en Los Alcázares y de las innumerables canchas que rodean las universidades serán invadidas con personajes que sin duda desentonan con la tradición de este deporte.

Los de ruana y sombrero hace rato comprendieron que tenían que ceder un poco de su espacio a los nuevos jugadores, de la misma manera que con ellos alguna vez lo hicieron los de plumas y taparrabos. Hombres y mujeres con atuendos a la última moda, propios de un viernes de universidad, se bajan de carros lujosos ante la mirada atónita de los jugadores de siempre.

Al verlos Doña Luisa, la administradora de la cancha de tejo de Don Armando en Cota, sabe que tendrá que cambiar las rancheras por algo más contemporáneo, sacar los tejos menos pesados y desempolvar las botellas de ron que sólo le compran ellos.

La pista número seis es la asignada. Doña Luisa también sabe que para evitar accidentes ante la poca habilidad, sobre todo del personal femenino, debe otorgarles la más alejada. Finalmente, entre conversaciones por celular y una nueva explicación de la forma de jugar, empieza la partida. A partir de ese momento poco o nada importa quién reviente una mecha o haga una moñona. Al son de la salsa, el juego se vuelve un pretexto para pasar la tarde al lado de los amigos.

Igual, siempre ha sido así. Aunque desde 1954 es una disciplina incluida en los Juegos Nacionales, y la Federación Colombiana de Tejo agrupa varias ligas y promueve la celebración de certámenes locales, nacionales e internacionales, el tejo desde sus inicios se hizo para pasar el rato. Su principal objetivo es reunir a los compadres. Bueno, ahora también a los llaverías y los partners. "El objetivo del tejo es recrear el compadrazgo. En Cundinamarca y Boyacá ha sido desde siempre el lugar escogido entre hombres y mujeres para las habladurías y el encuentro, afirma el historiador Fabio Zambrano. La competencia ocupa un lugar secundario y su principal objetivo consiste en construir tejido social".

Los orígenes del tejo se remontan a más de 500 años atrás, cuando los habitantes del altiplano cundiboyacense lo inventaron. Nació bajo el dominio de los hipas, donde hoy se encuentra la población de Turmequé, en el departamento de Boyacá. En esa época el príncipe Guatabita jugaba con un tejo de oro que lo hacía invencible antes sus súbditos. El turmequé, nombre original de este juego, consistía en lanzar un disco de oro llamado zepguagoscua. Con los siglos el juego del tejo evolucionó hasta convertirse en el deporte más popular de Colombia, y después se extendió a países vecinos como Ecuador y Venezuela.

Al popularizarse, un disco de piedra sustituyó al zepguagoscua y actualmente se usa uno de metal: el tejo. Era costumbre de los indígenas acompañar los partidos consumiendo chicha. En su evolución la chicha se cambió por cerveza y hoy en día algunos lo acompañan con un whisky en las rocas o un vodka con jugo de naranja.

EL TEJO GOMELO

Es tanta la fanaticada del tejo en las clases altas que en la década de las fusiones ya hubo quien le sacara provecho. El Tejo Gomelo, en la carrera séptima con calle 245, en el nororiente de Bogotá, demuestra en todas sus expresiones que este deporte ya no es sólo popular. Tal vez los mismos Jorge Eliécer Gaitán, Enrique Olaya Herrera y Eduardo Santos, quienes le dedicaban al turmequé sus ratos libres y a quienes se les recuerda como los más asiduos visitantes del Campo Villamil -una de las canchas de tejo más tradicionales de Bogotá, hoy una colchonería-, se revolcarían en su tumba ante tan atípico espectáculo. Y es que mientras en el Villamil sonaban las rancheras y los bambucos, en el Tejo Gomelo se juega al son del techno, las baladas y el reggae.

Los nuevos jugadores no acompañan las partidas con aguardiente y cerveza sino con una botella de whisky Buchanan's que vale 150.000 pesos. Los petacos dejaron de ser los asientos y ahora se descansa en elegantes y modernas sillas de madera. Tampoco se ven los huesos de marrano y la típica fritanga sino un distinguido menú, donde el plato más apetecido es un baby beef gratinado.

Aquellas épocas en las que las mujeres eran mal vistas en estos lugares han quedado atrás. Linis, Chechi, Mapis, Conchi, Nati y Mari son las más frecuentes visitantes, así sus lanzamientos nunca toquen la arcilla y se les tenga que dar permiso para lanzar cuatro metros más adelante. "Lo chistoso de este sitio es que nadie sabe jugar, afirma Hugo Morales, administrador del Tejo Gomelo. Cuando alguno explota una mecha se celebra con gritos y aplausos porque casi nadie lo hace".

Gafas negras, celulares, llaves de carros y relojes reposan en las mesas donde antes se ponían el sombrero y el machete. Las mujeres juegan en tacones y los hombres remangan sus camisas y pantalones de marca para que no se vayan a manchar de arcilla.

Como en todos los tejos, con la noche llega la hora de azotar baldosa. En el Tejo Gomelo el DJ desde su cabina cambia el techno por una salsa de moda, y tejos en mano se arma la parranda.

Luces de colores y bolas de espejos hacen que el lugar ya no tenga nada que envidiarle a alguna discoteca capitalina. A las 12 de la noche sólo unos cuantos continúan tambaleantes en las canchas, tal vez por respeto al declarado deporte nacional.

Su práctica por la alta sociedad respalda el decreto del Congreso de la República, que lo declaró símbolo cultural y patrimonio de la Nación en el exterior. Pero a pesar de la evolución de los lugares y sus practicantes, si hoy se enfrentaran en la misma cancha Guatavita, Gaitán y Nati, no tendrían problema alguno porque las reglas del tejo son y seguirán siendo las mismas. Sólo habrá que cuidarse porque de seguir así, nada de raro tiene que en un futuro en los tejos gomelos se reserve el derecho de admisión y se vuelva requisito practicarlo con vestido completo de paño inglés y corbata.
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