Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 7/13/2014 12:00:00 AM

Crónica: Y la máquina devoró a Messi

Frente a un Lio transparente, Alemania conquistó con juego colectivo, velocidad y toque su cuarta Copa mundo.

Suena el silbato. Bastian Schweinsteiger está en el piso, golpeado, acalambrado, con el maxilar rasguñado, sin un soplo de energía. A menos de cinco metros, Lionel Messi, quien de pronto escucha el árbitro y lo ve levantar los brazos y señalar el mediocampo.

En ese momento, se le cae la cara, su mirada se clava al suelo, se da cuenta de que, definitivamente, después de 120 minutos, sus piernas no lograron agarrar su destino: convertirse una leyenda, entrar al panteón del fútbol, escribir la historia con hache mayúscula. No llora, solo se acongoja, se encierra, como lo ha hecho demasiadas veces en la última temporada.

Pero el destino no solo corrió más rápido que la 'Pulga'. También fue cruel. Mientras Alemania celebraba a rabiar, le tocó treparse a la tribuna de honor, para recoger un inexplicable Balón de Oro por ser el mejor jugador del Mundial. Aunque pareció absurdo, un “robo” para algunos, le tocó mostrarse frente a miles millones de personas tal y como fue: una leyenda que decepcionó, un genio opaco, el gran perdedor de la noche.

En el Maracaná, la hinchada albiceleste, que no paró de brincar, cantar y alentar se cayó al piso. Javier Mascherano veía la escena con lágrimas de rabia, Marcos Rojo lloraba como niño, Alejandro Sabella se puso su máscara de triste gruñón. Y tenían razón de lamentarse.

En Brasil, Argentina no jugó bonito, solo metió ocho goles en siete partidos, su poderoso ataque fue una decepción. Pero, por primera vez en 24 largos, años superaron los cuartos de final. Le ganaron a los Batistutas, a los Zanettis, a los Crespos, a los Riquelmes. Y le pisaron los talones a Maradona, a Kempes, a los campeones del '78 y del '86.

Sabella convirtió su defensa en un búnker. La línea que hace unos meses se supone que iba a hundir la Albiceleste fue la que dio la cara. A lo largo de todo el enfrentamiento por la pesada Copa del Mundo, sacaron de todo con la cabeza, la punta del guayo, la rodilla, trabando el juego, metiendo garra, con un Sergio Romero excepcional. Y arriba, por momentos, fueron letales con contragolpes precisos, de tres pases al área, desbordes por la banda derecha, velocidad y toques explosivos.

¿Qué les faltó? Meterla. Porqué Gonzalo Higuaín tuvo una increíble, solo frente a Manuel Neuer, de esas que no se repiten. Como también Rodrigo Palacios hubiera podido fusilar y escogió tirarla de sombrero. Y claro, la de Messi, desbordando solo por la izquierda, un gol que ha hecho mil veces con el Barcelona.

Pero la 'Pulga' ya no es atómica. Se le fue muy larga, en otras jugadas el balón rebotó en sus guayos y más de una vez no logró conectar la pared con sus colegas. Pero eso fue cuando jugó. Porque la verdad, Lio no aparece desde los octavos contra Suiza, donde le metió un pase gol decisivo a Ángel Di María.

Y es que el Messi modelo 2014 ya no es el 10 omnipresente de hace unos años que encandelillaba 90 minutos. Aparece con unos chispazos que deslumbran, pero por momentos atraviesa la cancha caminando, buscando a su fantasma, paralizado, callado, como si le pesara su cinta de capitán y apabullado por responsabilidades a la altura de su genialidad.

Alemania la buscó mucho, con un bloque compacto, que no siempre sorprendía, pero que manejó la pelota 60 % del tiempo. Tocándola alrededor del área, trataban de colarse, gota a gota, pase a pase, buscando cualquier hueco.

Dispararon siete veces al arco, se toparon con el palo y con los guantes de Romero. En las tribunas, tres países se dividían los cánticos: los teutones, los gauchos y los brazuquen, esos verde amarelos con camisetas del Bayern de Munich, que ‘falan’ portugués y apoyan la Mannschaft.

El partido se alargaba y por momentos pareció que en el Maracaná se iba a repetir la semifinal entre Argentina y Holanda: con una definición cruel, un piedra papel y tijera desde los 12 pasos.

Y en eso llegó Mario Goetze. Entró tarde, a los 88 minutos y ya cuando todo agonizaba, Alemania encontró el único espacio de toda la noche. Andre Schuerrle se descuelga por la izquierda y lanza un centro que aterriza sobre el pecho de Goetze. Mientras cae de espaldas, el delantero del Bayern alcanza a rematar de volea y a cambiarle el palo a Romero. Brazuca besa el arco, corren 113 minutos de juego y se acaba de anotar el mejor gol del Mundial.

Después de cinco semifinales seguidas en Eurocopas y Mundiales, como en la frase trillada de Gary Linecker, al final ganó Alemania. Un premio para un grupo que se conoce desde hace años y que encarna la renovación del fútbol alemán.

En la Eurocopa del 2000, tocaron fondo, incapaces de pasar de la fase de grupos. Ese fue el momento para refundar la patria. Transformaron las relaciones entre clubes y selecciones, invirtieron en más centros de formación, ajustaron el radar para detectar las promesas y buscaron un fútbol nuevo, rápido, con posesión y mucha técnica. Y también le apostaron a la continuidad. Cuando Jürgen Klinsmann abandonó el banco, lo siguió Joachim 'Jogi' Löw, su asistente.

¿Argentina hubiera podido ganar la Copa? Sí, con un poco de suerte, una pizca de Messi, algo de Di María y más definición. ¿Merecían ser campeones los alemanes? Sí, la buscaron más, tuvieron más opciones, nunca se rindieron, no dieron una por perdida. Pero, sobre todo, fueron Die Mannschaft. El equipo.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1842

PORTADA

La voltereta de la Corte con el proceso de Andrade

Los tres delitos por los cuales la Corte Suprema procesaba al senador se esfumaron con la llegada del abogado Gustavo Moreno, hoy ‘ad portas’ de ser extraditado. SEMANA revela la historia secreta de ese reversazo.