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| 1/16/1989 12:00:00 AM

AUTOGOL...PE

Arbitrajes amañados, secuestros, sobornos y amenazas opacaron el que debía ser el mejor año en la historia del fútbol colombiano.

Hasta hace algunas semanas, todo en el fútbol colombiano era ambiente de fiesta. Sobraban los motivos: 1988 había sido, simple y llanamente, el mejor año en la historia del más popular de los deportes del país. En este año, se había consolidado un estilo de juego que por primera vez parecía tener sello propio. Además, la selección nacional de mayores había recorrido algunos estadios europeos -incluído el legendario Wembley, en Londres- despertando la admiración de la crítica del Viejo Continente. Y, como si lo anterior fuera poco, la estrella de ese seleccionado, Carlos Valderrama, había sido contratado por una millónaria suma por un club francés de primera división. Lo único que faltaba para cerrar el año, era un octagonal -final del torneo rentado nacional-, que enloqueciera a las tribunas y, más allá de sus resultados, reafirmara en la memoria del aficionado la imagen de un año inolvidable.
Desafortunadamente, la sombra de la deshonestidad oscureció el horizonte de las finales del campeonato. Penaltis que no eran penaltis, penaltis que sí eran, pero no fueron pitados, goles anulados por offside inexistentes, goles validados a pesar de offside evidentes, expulsiones discutibles y discutidas, y, en la penúltima fecha, equipos que perdían por lesión a tres de sus jugadores prácticamente en el mismo minuto y obligaban al árbitro a dar por terminadas las acciones cuando el equipo contrario necesitaba seguir anotando goles, fueron algunos de los hechos que sorprendieron primero y luego indignaron al aficionado colombiano.
Las dudas sobre la limpieza del fútbol nacional no eran nuevas. Desde cuando a fines de 1983, el entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, denunció la presencia de dineros calientes en este deporte, fue mucho lo que se comenzó a especular. Pero saber de la existencia de dolares de la droga en los equipos profesionales era visto por los aficionados sólo como una anécdota. Si era gracias a esos dineros que el fútbol criollo había dado el gran salto, pues bienvenidos, pensaban muchos. Si era eso lo que había permitido el nuevo Dorado, con lujosas contrataciones de jugadores extranjeros y, aún más con la valorización de un conglomerado de estrellas locales, el fanático -que muchas veces pone por delante del moralismo, su amor al deporte- no iba a ser el que se disgustara.
Y así pasaron el 83, y el 84, y todos los demás años hasta el actual, el fatídico 88 en el que, a todas luces, las cosas desbordaron todos los límites. La convicción del aficionado al terminar el torneo de este año, ya no es solo que los dineros calientes se tomaron el fútbol, sino que tras esa toma, no volvió ni volverá nunca a haber un partido que no esté arreglado de antemano. Cierta o no, esta apreciación se fue imponiendo a medida que cada fecha del octogonal superaba a la anterior en absurdos arbitrales y otras anormalidades.
REINA LA DUDA
El detonante fue el famoso partido entre Santa Fe y Quindío, jugado en Armenia en el mes de octubre en el marco del Torneo Finalización, que casi acaba en tragedia cuando el juez alargó excesivamente el encuentro, en un acto que se consideró como un abierto favoritismo hacia el conjunto visitante. Vino después, a comienzos de noviembre, el extraño secuestro del árbitro Armando Pérez, quien fue encargado de transmitir una amenaza a sus colegas en la que se decía que cualquier árbitro que pitara mal, sería "borrado". Así las cosas, en las fechas inmediatamente siguientes, los pitos se cuidaron mucho en sus actuaciones y los periodistas deportivos evitaron referirse a su trabajo en términos desobligantes. Pero eso no fue más que un oasis transitorio porque especialmente por lo ocurrido en los juegos entre Millonarios y América cuando al cuadro rojo se le anuló un gol legítimo, y Millonarios-Santa Fe en El Campín en Bogotá, el tema volvió a la palestra. Las cosas tomaron tales dimensiones que cualquier decisión de un árbitro despertaba sospechas. América y Santa Fe se sintieron agredidos y perjudicados, y le achacaron la culpa, en buena parte, al mensaje dado por Armando Pérez en el que se acusaba veladamente a esos dos clubes de comprar partidos.
Todas las dudas recayeron sobre Millonarios. Luego del clásico bogotano, en el que se afirmó que el juez había validado un gol en fuera de lugar y sancionado un penalti inexistente, aficionados y periodistas -hinchas del cuadro rojo- la emprendieron contra su rival de campo, al parecer olvidando la historia del partido de Armenia.
Y es que en todo este episodio las posiciones maniqueístas han primado, posiblemente por el amor que despierta la camiseta, y nadie ha ido al fondo del problema. Hasta ese momento, sólo los seguidores del Nacional -que cuenta con simpatías en todo el país por ser la base de la selección nacional- tenían la frente en alto. La dicha les duró hasta la antepenúltima fecha, cuando su equipo se vio favorecido por un dudoso penalti que le dio el triunfo en su campo frente al América. Las últimas jornadas ya no tuvieron gracia para nadie. Cualquiera que fuera el campeón, iba a estar signado por la desconfianza del público en general. La gota que definitivamente rebosó la copa tuvo lugar en la penúltima fecha en Bogotá, cuando los jugadores del Cúcuta, por orden de sus directivos, fingieron estar lesionados para evitar que Millonarios aumentara la cuenta de goles. El árbitro terminó las acciones faltando media hora de juego, cuando Millos ganaba 5-0.
Las reacciones llegaron hasta las páginas editoriales de los grandes periódicos, tradicionalmente dedicadas a temas políticos, con infinidad de columnas y artículos en los que se habló del tema. Reacción lógica si se tiene en cuenta la gran pasión que despierta el deporte, pero exagerada cuando todo el mundo sabe que -así suene duro- desde la política hacia abajo, en prácticamente todas las actividades nacionales hay dineros turbios y son pocos los que tocan el tema con tanta ardentía. El problema con el fútbol, como con el resto de actividades, radica en que se dejó que la enfermedad avanzara hasta un punto de no retorno.

MAL SIN CURA
En medio de semejante despelote, todo el mundo comenzó a pedir la intervención oficial. El ministro de Educación, Manuel Francisco Becerra, se pronunció sobre el asunto y le pidió a la Dimayor que dictara los correctivos del caso. De lo contrario el gobierno procedería a tomar cartas en el asunto e incluso se llegó a pensar en intervenir el fútbol. A medida que pasaban las semanas y luego de una reunión de los representantes de los equipos en la segunda semana de diciembre, en la que se hizo un pacto de caballeros para jugar limpio -un tácito reconocimiento de que no se venía actuando bien-, la marea comenzó a descender. Lo cierto es que el gobierno, que tradicionalmente ha mantenido marginado al fútbol en todos los sentidos, no estaba dispuesto a intervenir directamente a los equipos o a la Dimayor. Bien es sabido que la gran mayoría de los equipos no aguantaría ni la menor auditoría y una intervención del Estado en ellos implicaría el cierre inmediato de éstos, con un costo político que ningún gobierno estaría dispuesto a asumir.
Además, anualmente el Estado recibe grandes sumas de dinero provenientes de los impuestos que pagan los equipos -las taquillas anuales de sólo tres equipos, Nacional, Millonarios y América, superan los 1.500 millones de pesos, que equivalen al presupuesto de Coldeportes. Los equipos de Bogotá, por ejemplo, pagan el 50% de los recaudos por taquillas en impuestos y en alquiler de estadios. Lo que indica que, de este sucio ponqué, el Estado también saca su tajada.
Queda claro que las cosas no son tan fáciles. Al cierre de esta edición y cuando aún no se conocía el nombre del equipo campeón, el gobierno enfilaba sus baterias más hacia la búsqueda de un arreglo al problema arbitral que hacia una intervención directa en el fútbol. De no darse una solución satisfactoria, que incluiría separar el mecanismo de organización de árbitros de la Dimayor y la creación de un ente que los vigile y escalafone, se prometían medidas como el no préstamo de estadios y la negación de visas para jugadores extranjeros.
De todas formas, sean cuales fueren las medidas que se adopten para regular los arbitrajes, estas tendran que ser muy severas. El problema de los arbitrajes en el reciente octogonal tiene un ingrediente adicional, que se ha sumado a los expuestos anteriormente: los apostadores. Las fuertes sumas que se mueven en apuestas ilegales han afectado la honestidad de los árbitros. Por eso, sería muy bueno que una entidad ajena a la Dimayor, fuera de capacitar y escalafonar a los "pitos", les hiciera un seguimiento en todos los campos, incluído el económico, para certificar su honestidad.
De resto, es poco lo que se puede hacer y nadie espera grandes sorpresas de la reunión proyectada para enero próximo por la Dimayor. Claro que, de no cambiar las cosas y de no garantizarse, arbitrajes honestos, los dueños de los equipos pueden estar seguros de que perderán para siempre a los aficionados y, de paso, el negocio.
GOL OLIMPICO
Lo triste de todo esto es que, como nunca antes en su historia, el fútbol colombiano tuvo un año dorado en el 88.
Las divisiones inferiores, creadas en la última década, dieron sus frutos surtiendo de jugadores a buena parte de los equipos profesionales. Y, si lo anterior fuera poco, por primera vez en mucho tiempo, los máximos artilleros del campeonato nacional fueron colombianos: Sergio Angulo y Carlos Enrique Estrada. Ahora, cualquier club que quiera traer un jugador extranjero debe estar seguro de que se trata de una figura de primera línea, pues de lo contrario su inversión se perderá debido al alto nivel de los jugadores criollos. El fenómeno se da también en los técnicos. En el pasado octogonal sólo "el Zurdo" López, del Junior de Barranquilla, era extranjero. De resto, los colombianos marcaron la parada con un nivel competitivo a escala internacional.
En lo que a selecciones se refiere, los dividendos no podían ser mejores. La juvenil de Juan José Peláez dio el palo en el suramericano de Argentina a comienzos del año, y quedó como la segunda mejor del continente. La calidad de las jóvenes figuras que la integraron fue tal, que muchas de ellas están militando en equipos de primera división al lado de los ya consagrados. La excursión de la selección de mayores, dirigida por Francisco Maturana, fue inmejorable.
Las cosas están en un punto crítico. A estas alturas, son pocos los aficionados que siguen creyendo en la honestidad del fútbol colombiano y, si no se hace algo inmediatamente para devolverle la credibilidad perdida, el deporte más popular del país morirá precisamente en el mejor momento de su historia.
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